—Hace siete meses descubrí que Diego estaba sacando dinero de una empresa fantasma. Cuando lo enfrenté, me amenazó. Dijo que si te contaba, destruiría nuestro matrimonio.
—¿Con qué?
Mariana me miró.
—Con una prueba de ADN.
El silencio se volvió insoportable.
—Antes de conocerte, tuve una relación con él —confesó—. Duró pocas semanas. Terminó antes de que tú y yo empezáramos. Cuando quedé embarazada, Diego aseguró que Mateo podía ser suyo.
Me levanté de golpe.
—¿Y no me dijiste?
—Tenía miedo.
—¿Miedo de qué? ¿De perder la casa? ¿El apellido? ¿El dinero?
—De perderte.
Di la espalda para no gritar.
Mariana continuó:
—Diego consiguió una muestra durante el embarazo. Después me mostró un resultado que decía que él era el padre. Me obligó a guardar silencio. Prometió no hacerte daño si yo lo ayudaba a convencerte de nombrarlo heredero cuando el bebé muriera.
—¿Sabías que fingirían su muerte?
—No. Juró que solo quería apartarlo temporalmente y obligarte a firmar. Dijo que lo llevarían a una clínica privada y lo devolverían después. Cuando me dijeron que había muerto, pensé que Diego lo había asesinado.
Su voz se quebró.
—Por eso no podía cargarlo. Creí que era una trampa o que estaba soñando.
La policía llegó antes del amanecer. Diego había escapado de la casa durante el caos de la ambulancia. Su automóvil apareció abandonado cerca del Mercado de Jamaica.
Interrogaron a Consuelo y a Sofía.
La niña explicó que había visto al supuesto trabajador de lavandería entrar por la cocina. Lo siguió porque llevaba una bolsa que se movía. Cuando el hombre escuchó voces en el comedor, la arrojó al cuarto de basura y huyó por el patio.
—¿Viste su cara? —preguntó la agente.
Sofía negó.
—Pero olía como el señor Diego.
Consuelo se puso pálida.
—¿Cómo sabes a qué huele?
—Porque usa el perfume que deja en el baño de visitas.
La policía encontró el frasco. En la tapa había huellas de Diego.
También descubrieron que el director administrativo del Hospital Santa Helena, el doctor Octavio Bellán, era primo de la madre de Diego. Había manipulado registros, cambiado pulseras y emitido el certificado de defunción.
Pero faltaba algo.
El ataúd.
Solicité la exhumación inmediata. A media tarde, en el panteón, abrieron la pequeña caja blanca que yo había enterrado.
Dentro no había un cuerpo.
Solo cobijas, arena y una muñeca de plástico.
Me doblé frente a la tumba.
Había llorado tres días sobre una caja vacía mientras mi hijo permanecía sedado en algún cuarto.
El resultado de ADN llegó esa noche.
Mateo era mi hijo.
La prueba que Diego había mostrado a Mariana era falsa.
La agente colocó la hoja frente a ella.
—Su cuñado necesitaba que usted creyera que él era el padre. Así podía controlar sus decisiones y eliminar al verdadero heredero.
Mariana cubrió su rostro.
—Yo lo ayudé.
—Usted fue manipulada —dije, aunque todavía me dolía mirarla.
—También callé.
No supe responder.
A las once, mi teléfono recibió una llamada desde un número desconocido.
—¿Quieres volver a ver vivo a tu hermano? —preguntó el doctor Bellán.
—¿Dónde está Diego?
—Conmigo. Y no está tan tranquilo como aparentaba.
Escuché un golpe y luego la voz de Diego.
—¡Alejandro, no vengas! ¡Él va a matar al niño!
Miré hacia la incubadora de Mateo.
El niño estaba seguro.
Entonces comprendí.
—¿Qué niño?
Bellán guardó silencio.
—El otro bebé —respondió finalmente—. El que nació la misma noche.
La segunda pulsera no era solo una pista antigua.
Correspondía a otro recién nacido registrado con los datos de una mujer muerta.
Bellán había realizado durante años adopciones clandestinas utilizando identidades falsas. Diego descubrió el negocio y lo chantajeó para organizar el robo de Mateo. Pero Bellán había decidido quedarse también con otro bebé nacido aquella noche.
—Tráeme los documentos de herencia firmados y dos millones de dólares —ordenó—. O mañana habrá otro ataúd vacío.
La llamada terminó.
Mariana tomó mi mano.
—No puedes ir solo.
—No voy a firmar nada.
—Entonces matará al bebé.
Miré a Mateo, tan pequeño bajo las luces de la incubadora.
Pensé en unos padres que tal vez lloraban frente a otra caja sellada.
—Precisamente por eso voy a ir.
La policía rastreó la llamada hasta una clínica abandonada en la zona industrial de Naucalpan. Entramos cerca de las cuatro de la mañana.
Encontramos a Diego atado a una silla, golpeado y sangrando.
Bellán sostenía a un recién nacido junto a una ventana rota.
Cuando vio a los agentes, levantó una jeringa.
—Un paso más y le inyecto todo.
El bebé comenzó a llorar.
Diego forcejeó.
—¡Déjalo! ¡Yo te conseguí el dinero!
Bellán se rio.
—Tú ibas a entregarme después de cobrar la herencia.
Mariana apareció detrás de mí.
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