—No directamente.
—Violeta.
—Me ofreció dinero.
Sebastián se levantó de golpe.
Varias personas voltearon.
—¿Cuánto?
—Dos millones de pesos.
Él soltó una risa seca.
—¿Y qué quería a cambio?
—Que firmara un acuerdo, renunciara a cualquier reclamación y desapareciera de tu vida.
—¿Firmaste?
—No.
Sebastián se pasó una mano por el rostro.
Toda su vida había pensado que Carolina era la persona que más lo protegía. Había trabajado con él desde el inicio de la empresa. Era directora de estrategia y conocía cada proyecto importante.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque pensé que ella hablaba por ti.
Aquella frase lo destruyó.
Sebastián llamó a Carolina de inmediato.
No contestó.
Regresó a las oficinas de Valdés Biofarma en Santa Fe y pidió revisar registros de seguridad, correos y accesos administrativos de ocho meses atrás.
Su director jurídico, Daniel Ortega, intentó frenarlo.
—¿Qué estás buscando?
—Todo lo relacionado con Violeta Cárdenas.
Daniel guardó silencio.
Sebastián lo notó.
—Tú sabes algo.
—No sé si sea lo que piensas.
—Habla.
Daniel cerró la puerta.
—Tu hermana pidió hace meses que recursos humanos bloqueara cualquier consulta interna relacionada con Violeta.
Sebastián lo miró fijamente.
—¿Por qué nadie me informó?
—Dijo que era un asunto personal tuyo.
—No lo era.
Horas después, encontraron un correo eliminado de Carolina.
“Eviten que Sebastián tenga contacto con cualquier información relacionada con V.C. hasta que termine la operación Mendoza.”
La operación Mendoza era la adquisición más grande que la empresa había intentado.
Sebastián sintió una mezcla de rabia y culpa.
Porque aunque Carolina había interferido, todo había sido posible gracias a algo que él sí había hecho.
Había convertido su obsesión por el trabajo en una excusa perfecta.
Esa noche fue a casa de su hermana en Lomas de Chapultepec.
Carolina abrió la puerta.
—Sabía que vendrías.
—Sabías de Celeste.
Ella respiró.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde el embarazo.
—¿Y me lo ocultaste?
—Intenté protegerte.
Sebastián soltó una carcajada amarga.
—¿De mi hija?
—De perder la empresa.
—No iba a perderla por tener una hija.
—No lo sabes.
Carolina lo dejó entrar.
—Estabas al borde de cerrar Mendoza. Los inversionistas ya cuestionaban si ibas a distraerte con tu boda. Tú mismo repetías que no querías hijos.
—Eso era asunto mío y de Violeta.
—Violeta iba a cambiarlo todo.
—¿Y decidiste comprar su silencio?
Carolina bajó la mirada.
—Le ofrecí una salida.
Sebastián golpeó la mesa con la palma.
—Era mi hija.
—¡Y la empresa era de los dos!
Silencio.
Aquellas palabras mostraron la verdadera herida.
Cuando su padre murió, Sebastián heredó la participación mayoritaria de la compañía.
Carolina recibió menos.
Nunca habló de eso.
Hasta ahora.
—Esto no fue por protegerme —dijo él.
—No entiendes.
—Entonces explícame.
Carolina lloró.
Dijo que durante años había vivido a la sombra de Sebastián. Que ella había negociado contratos, apagado crisis y trabajado noches completas mientras él aparecía en las portadas.
—Si te casabas, si tenías hijos, algún día todo terminaría en manos de ellos.
Sebastián retrocedió.
—¿Todo esto fue por una herencia futura?
—Fue por no desaparecer.
Él la miró como si no la conociera.
Al día siguiente suspendió a Carolina de sus funciones mientras se realizaba una auditoría interna.
Pero el daño ya estaba hecho.
Violeta recibió llamadas de periodistas porque alguien filtró que Sebastián tenía una hija secreta.
Su edificio se llenó de fotógrafos.
Celeste despertaba llorando cada vez que sonaba el timbre.
—Esto es exactamente lo que quería evitar —dijo Violeta cuando Sebastián llegó.
—Voy a solucionarlo.
—No puedes solucionar todo con abogados.
—Puedo protegerlas.
—Yo no necesito que nos encierres en una casa con seguridad.
Sebastián se quedó callado.
Violeta lo señaló.
—Ese es tu problema. Crees que cuidar significa controlar.
Las palabras le dolieron porque eran ciertas.
Durante las semanas siguientes comenzó a ver a Celeste dos veces por semana.
Al principio no sabía ni cómo cargarla.
—Sostén la cabeza —le decía Violeta.
—La estoy sosteniendo.
—Parece que cargas una caja.
—He cargado menos cosas frágiles.
Violeta casi sonrió.
Un sábado, Celeste se quedó dormida sobre su pecho.
Sebastián permaneció inmóvil cuarenta minutos por miedo a despertarla.
Violeta lo observó desde la cocina.
Era la primera vez que veía al hombre que conocía desaparecer por completo detrás de algo más importante que él mismo.
Pero la calma duró poco.
Daniel descubrió que Carolina había movido acciones y creado un fideicomiso años atrás.
Si Sebastián moría sin descendencia reconocida legalmente, una parte considerable de su participación podía terminar bajo control de Carolina.
La existencia de Celeste cambiaba completamente esa estructura.
Sebastián comprendió entonces por qué su hermana había querido mantenerla invisible.
No era solo resentimiento.
Había dinero.
Mucho dinero.
Pero lo peor llegó tres días después.
Violeta llamó llorando.
—Celeste está en urgencias.
Sebastián salió de una reunión y manejó directamente al hospital.
La bebé tenía una infección respiratoria y dificultad para respirar.
Cuando llegó, Violeta estaba sentada afuera del área pediátrica con la cara entre las manos.
Sebastián se arrodilló frente a ella.
—Estoy aquí.
—Tengo miedo.
Él la abrazó.
Esta vez ella no retrocedió.
Dos horas después, un médico salió.
—La hemos estabilizado.
Violeta rompió a llorar.
Sebastián también.
El médico continuó:
—Pero necesitaremos dejarla hospitalizada esta noche.
Sebastián tomó la mano de Violeta.
Y por primera vez ninguno pensó en el pasado.
Solo en la niña detrás de aquella puerta.
Part 3
Celeste mejoró lentamente.
Sebastián durmió dos noches sentado en una silla junto a su incubadora.
Canceló reuniones.
Delegó decisiones.
El consejo de administración sobrevivió.
La empresa no se derrumbó.
Aquello habría parecido obvio para cualquier persona.
Para Sebastián fue una revelación.
Una mañana Violeta despertó y lo encontró dormido con un dedo dentro de la pequeña mano de Celeste.
La bebé lo sujetaba con fuerza.
—Puedes irte a casa a descansar —susurró Violeta.
Sebastián abrió los ojos.
—No quiero.
Ella se quedó mirándolo.
—Antes habrías dicho que tenías trabajo.
—Antes era un idiota.
—También eras muy terco.
—Eso no ha cambiado.
Violeta sonrió.
Fue una sonrisa pequeña.
Pero era la primera que le daba en muchos meses.
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