—¿Qué hacemos?
La abogada acercó la carpeta.
—Primero vamos a proteger tu dinero y el departamento. Después vamos a dejar que Rodrigo descubra, de golpe, que la mujer que él creía demasiado agotada para defenderse lleva días preparándose.
Y aquel sábado, cuando Rodrigo anunció que se iría a pescar con sus amigos, Mariana supo que había llegado el momento.
PARTE 3
Rodrigo salió a las siete y media de la mañana.
Antes de cerrar la puerta, besó a Mariana en la frente.
—No me esperes para cenar.
Ella tuvo que contenerse para no apartarse.
—Diviértete.
Cuando escuchó el elevador bajar, Mariana permaneció inmóvil durante varios segundos.
Después llamó a Lucía Hernández, la abogada que había consultado.
—Ya se fue.
—Haz exactamente lo que hablamos —respondió Lucía—. Y no amenaces a nadie con publicar grabaciones íntimas. Guarda todo como evidencia y déjame manejar lo legal.
Mariana respiró profundamente.
—Entendido.
Primero revisó sus cuentas bancarias.
Por recomendación de Lucía había cambiado contraseñas, cancelado accesos compartidos y solicitado alertas para cualquier movimiento importante.
También había localizado los documentos originales de la compra del departamento: transferencias de sus ahorros, comprobantes del enganche y recibos que mostraban de dónde había salido prácticamente todo el dinero.
Nada garantizaba por sí solo que un juez le entregaría automáticamente la propiedad completa, le había explicado Lucía.
Pero sí tenía suficientes elementos para impedir que Rodrigo vendiera algo a escondidas y para disputar cualquier intento de engaño.
Además, el supuesto poder que Rodrigo pensaba hacerle firmar todavía no existía.
Habían llegado a tiempo.
A las nueve, Mariana entró en el dormitorio de Teresa.
Su suegra estaba acostada de lado.
—Buenos días, doña Teresa.
Teresa parpadeó.
Mariana colocó una tableta sobre la cómoda.
—Hoy no le voy a traer el desayuno a la cama.
Teresa frunció apenas el ceño.
Mariana presionó reproducir.
En la pantalla apareció Teresa caminando hacia la cocina.
Después preparando huevos.
Después bailando.
Después haciendo sentadillas.
Finalmente apareció la conversación telefónica.
“Pobrecita, ya parece fantasma. Pero Rodrigo dice que aguante un poco más.”
Teresa abrió los ojos.
Durante unos segundos siguió fingiendo.
Mariana esperó.
—Creo que ya podemos ahorrarnos el teatro.
Teresa se incorporó de golpe.
Sin dificultad.
Sin parálisis.
—¿Desde cuándo me grabas?
Su voz era perfectamente clara.
Mariana sintió una mezcla de rabia y alivio.
—Lo suficiente.
Teresa se puso de pie.
—¡Esto es una invasión a mi privacidad!
—Eso lo decidirá quien tenga que decidirlo. Mi abogada ya tiene copia de todo.
La seguridad desapareció del rostro de Teresa.
—¿Abogada?
—Sí.
Mariana tomó aire.
—Usted tiene su propio departamento. Nunca renunció a él, nunca lo vendió y no depende económicamente de nosotros. Así que quiero que recoja sus cosas y se vaya hoy.
Teresa apretó la mandíbula.
—Rodrigo no va a permitir que me eches.
—Rodrigo tiene problemas más importantes.
La mujer la observó unos segundos.
Entonces comprendió.
—También lo grabaste a él.
Mariana no respondió.
No hacía falta.
Teresa se llevó una mano a la boca.
—Mira, Mariana… las cosas no son como parecen.
Mariana soltó una risa seca.
—Durante semanas le limpié el cuerpo. Le cambié pañales. Dejé de dormir. Pensé que podía morir si no entraba a su cuarto cuando gemía. Usted se levantaba después, preparaba comida y se reía de mí por teléfono.
Teresa bajó la mirada.
—Rodrigo me dijo que…
—No.
Mariana levantó una mano.
—No convierta esto en culpa de su hijo. Usted es una mujer adulta. Eligió hacerlo.
Por primera vez, Teresa no tuvo respuesta.
Una hora después salió con dos maletas.
Antes de cruzar la puerta se volvió.
—Estás destruyendo a tu familia.
Mariana la miró directamente.
—No. Solo descubrí quién la había destruido antes que yo.
Cerró la puerta.
Y entonces lloró.
No mucho.
Cinco minutos, quizá diez.
Lloró por todas las noches sin dormir, por las veces que había dudado de sí misma, por el cuarto de bebé que había convertido en habitación de hospital, por el hombre con quien creyó que tendría hijos.
Después se lavó la cara.
Todavía faltaba Rodrigo.
Regresó alrededor de las ocho de la noche cargando una hielera y dos bolsas.
—¡Mari! Mira lo que trajimos.
Entró sonriendo.
La sonrisa desapareció cuando vio el dormitorio de su madre vacío.
—¿Dónde está mi mamá?
—En su casa, supongo.
Rodrigo palideció.
—¿Qué hiciste?
—Descubrí que camina bastante bien.
El silencio fue inmediato.
Rodrigo no preguntó qué significaba aquello.
Lo entendió.
—Mariana…
—Siéntate.
—Déjame explicar.
—Primero siéntate.
Rodrigo obedeció.
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