PARTE 1
“Si amaneces viva, Mariana, vas a entender que una esposa no reta al hombre que le dio todo.”
Eso le dijo Alejandro Beltrán antes de cerrar con llave la puerta del sótano.
Mariana quedó tirada sobre el cemento frío de la mansión en Bosques de las Lomas, con el labio abierto, la blusa rota y el cuerpo tan adolorido que ya no distinguía si temblaba por miedo o por la sangre que perdía.lksr
Durante 3 horas, el hombre que la había presumido en bodas, revistas sociales y cenas con empresarios la golpeó como si ella fuera una intrusa en su propia casa.
No llamó a una ambulancia.
No permitió que el personal bajara.
Solo ordenó que dijeran que la señora estaba indispuesta.
Todo había empezado por Renata.
Renata Ibáñez, 28 años, asistente personal de Alejandro, sonrisa dulce frente a todos y veneno en cuanto Mariana volteaba la cara. Había llegado a la casa 6 meses antes con el cuento de que no tenía dónde vivir mientras resolvía “unos problemas familiares”.
Mariana nunca le creyó.
Esa noche, Renata se dejó caer por las escaleras del vestíbulo, rompió un jarrón de Talavera y empezó a gritar que Mariana la había empujado.
Alejandro no revisó cámaras.
No preguntó nada.
Solo la miró con furia y le dijo:
“Ya me cansé de tus celos, vieja loca.”
Luego la arrastró del cabello hasta el sótano.
Renata bajó detrás de ellos, con una mano en el vientre.
“Te metiste con la madre del hijo de tu marido”, le susurró. “Ahora sí te vas a quedar sin casa, sin apellido y sin nadie.”
Cuando Alejandro salió, Mariana escuchó la llave girar.
Después vino el silencio.
Horas más tarde, unos pasos bajaron con cuidado.
Era Julián, el chofer. Un hombre de Oaxaca, serio, discreto, de esos que saludaban con respeto y veían más de lo que decían.
“Señora Mariana”, murmuró con la voz quebrada. “Don Alejandro prohibió llamar a emergencias. Pero le traje agua, gasas y el celular viejo que usted me pidió guardar hace tiempo.”
Mariana apenas pudo abrir los ojos.
“Julián… en mi clóset hay una caja azul, debajo de las cobijas. Tiene un doble fondo.”
Él se inclinó para escucharla.
“Adentro hay una medalla de la Virgen de Guadalupe. Llévala a la sastrería de don Efraín Zamudio, en la calle de República de Chile. Toca 2 veces, espera, y luego toca 3 más.”
Julián tragó saliva.lksr
“¿Qué les digo?”
Mariana respiró con dificultad.
“Diles: Mariana Arriaga ya no puede seguir escondida.”
El chofer palideció.
Ese apellido no lo usaba nadie en la casa.
Alejandro le había dicho a todos que Mariana venía de una familia venida a menos, sin contactos, sin poder, sin nadie que la defendiera.
Pero antes de casarse, Mariana era la heredera sobreviviente de los Arriaga, una familia dueña de constructoras, hoteles y terrenos en media Ciudad de México.
Su padre, su madre y su hermano habían muerto en un accidente de carretera rumbo a Querétaro.
Alejandro apareció entonces como salvador.
La ayudó con papeles, cuentas, abogados.
También la aisló de todos.
Le hizo creer que su abuelo, don Esteban Arriaga, la había abandonado por vergüenza.
Mariana le creyó durante 7 años.
Hasta esa noche.
“Corra, Julián”, susurró. “Antes de que él se dé cuenta.”
Julián apretó el celular contra el pecho.
“No se me muera, señora.”
Subió sin hacer ruido.
Poco después, los tacones de Renata sonaron en la escalera.
Bajó con un vestido beige impecable y una sonrisa cruel.
“Pobrecita”, dijo, agachándose junto a Mariana. “La gran Mariana Arriaga, tirada como perro.”
Mariana la miró con los ojos hinchados.
“Te caíste sola.”
Renata soltó una carcajada.
“Claro. Y Alejandro me creyó porque los hombres como él no quieren esposas. Quieren propiedades con vestido.”
Luego pisó la mano lastimada de Mariana con el tacón.
Mariana gritó.
Renata se inclinó hacia su oído.
“Por cierto, Alejandro ya vio a Julián salir con tu cajita azul. Mandó a 2 hombres tras él. Nadie va a venir por ti, güey.”
Mariana, con la boca llena de sangre, sonrió apenas.
“Los Arriaga nunca necesitaron pedir permiso para volver.”
En ese momento, afuera estallaron sirenas.
Las ventanas altas del sótano se llenaron de luces rojas y azules.
Renata dejó de sonreír.
Arriba, alguien gritó:
“¡Fiscalía! ¡Nadie se mueva!”
Y Mariana entendió que lo imposible acababa de entrar por la puerta principal.
PARTE 2 Para obtener más información,continúa en la página siguiente