La florista descubrió el secreto oculto en el ramo de compromiso

Gael no gritó. Eso fue peor.

Solo levantó 2 dedos y sus escoltas cerraron las salidas del salón sin hacer escándalo. Los invitados dejaron de fingir que no estaban escuchando. Las copas quedaron suspendidas a medio camino. La música se apagó sola cuando el violinista entendió que nadie estaba para valses.

—Nadie se va hasta que se aclare esto —dijo Gael.

Valeria se acercó a él con los ojos llenos de lágrimas perfectas.

—Mi amor, por favor. No puedes creerle a una desconocida.

Camila sintió rabia. No por la palabra “desconocida”, sino porque Valeria lloraba como lloran las personas que ya ensayaron frente al espejo.

—No soy desconocida para su pedido —dijo—. Tengo facturas, fotos del montaje original y mensajes de su asistente pidiéndome cambios que nunca acepté.

Doña Eugenia se levantó despacio. Era una mujer elegante, con cabello recogido y una voz baja que pretendía ser educación.

—Gael, piensa bien lo que haces. Nuestras familias acaban de anunciar una alianza. Esto puede afectar contratos importantes.

Gael no apartó la mirada de la etiqueta.

—Mi hermana no era un contrato.

El silencio dolió.

Camila notó entonces al hombre que había intentado salir: Bruno Ortega, asesor de Gael desde hacía años. Siempre aparecía en fotos a su lado, con traje azul marino y sonrisa de confianza. Esa noche tenía sudor en la frente.

—Bruno —dijo Gael—. Ven.

Bruno se detuvo.

—Solo iba a revisar algo con seguridad.

—Eso haremos juntos.

Camila no quería caminar junto a ellos. Quería volver a su florería, cerrar la cortina, abrazar a su ayudante Lupita y revisar si todavía tenía clientes después de haber desafiado a una familia poderosa. Pero Gael la miró.

—Usted viene.

—Yo ya dije lo que vi.

—Ahora necesito que diga lo que sabe.

Fueron por el pasillo de servicio hasta el Hotel Victoria, conectado al Imperial por un acceso interno usado para banquetes. Camila reconoció el olor a cloro, pan caliente y flores refrigeradas. En esos pasillos, la gente rica no existía, solo meseros corriendo, cocineros cansados y trabajadores que bajaban la voz cuando veían trajes caros.

La cámara memorial estaba en el sótano.

Al abrirla, Gael se quedó quieto.

El aire frío salió cargado de lirios.

Camila lo miró de reojo. Su mandíbula estaba dura, pero sus ojos se habían ido a otro lugar. Tal vez a la capilla donde despidió a Natalia. Tal vez a una llamada que nunca quiso recibir.

Valeria murmuró:

—No exageres, Gael. Son flores.

Camila giró hacia ella.

—Para usted son flores porque nunca ha tenido que despedir a alguien con las manos vacías.

Gael respiró hondo y entró.

En una repisa había varias órdenes. Camila encontró la suya enseguida, marcada como “compromiso Santamaría-Castañeda”. Junto a esa, estaba la orden memorial de Natalia, reactivada esa misma tarde a las 5:52.

—Esto no debería estar activo —dijo Gael.

Bruno intentó intervenir.

—Quizá el sistema hizo un duplicado.

Camila tomó la hoja.

—Los sistemas no firman con pluma.

La firma decía: B. Ortega.

Bruno se puso rojo.

—Eso está falsificado.

—Puede ser —dijo Camila—. Pero quien lo hizo sabía que usted tenía acceso.

Valeria se abrazó a sí misma.

—Ya basta. Esto parece una novela barata.

—No —dijo Camila—. Las novelas baratas por lo menos explican mejor sus mentiras.

Fueron a la oficina de seguridad. El jefe del hotel temblaba mientras buscaba las grabaciones. Doña Eugenia hizo varias llamadas, pero nadie quiso contestarle. La pantalla mostró primero a un chofer entrando con las cajas de Camila. Después a la asistente de Valeria, una joven llamada Marlene, hablando por teléfono. Luego apareció Bruno.

Gael no se movió.

En el video, Bruno entregaba una tarjeta gris al encargado de banquetes. Después Valeria entraba al pasillo. No parecía confundida. No parecía sorprendida. Señalaba el ramo, daba instrucciones y revisaba su celular mientras Marlene acomodaba los lirios en el centro.

Valeria llevó una mano al pecho.

—Yo no sabía que era la orden de Natalia.

Camila respondió antes que Gael.

—Usted leyó la etiqueta. En el video se ve.

Marlene, que había sido llevada a la oficina por seguridad, comenzó a llorar.

—Yo solo hice lo que me dijeron.

Valeria la fulminó con la mirada.

—Cállate.

Pero Marlene ya no pudo.

—La señora Eugenia dijo que si el señor Gael se quebraba frente a todos, los abogados de la familia Castañeda podrían pedir control conjunto de las decisiones de la alianza. Dijo que él seguía débil por su hermana y que había que demostrarlo.

Gael miró a doña Eugenia.

—¿Tú planeaste esto?

La mujer no negó de inmediato. Y eso fue suficiente.

—Yo protegía el futuro de mi hija —dijo al fin—. Tú eres poderoso, Gael, pero eres inestable. Cualquier enemigo puede hundirte usando el nombre de Natalia. Valeria necesitaba entrar a esa familia con ventaja, no como adorno.

Valeria explotó.

—¡Mamá!

—No te hagas la inocente —dijo Marlene entre lágrimas—. Tú dijiste que si lloraba frente a todos, los Montiel y los Castañeda podrían renegociar todo antes de la boda.

Camila sintió asco. No por las flores. Por la calma con la que habían convertido un duelo en estrategia.

Gael se acercó a Bruno.

—¿Y tú?

Bruno bajó la mirada.

—Me ofrecieron una participación en 2 contratos. Pensé que no pasaría de un susto.

—Usaste a Natalia.

—Yo no la maté, Gael.

Esa frase cayó como una piedra.

Camila levantó la vista. Gael también.

—¿Qué dijiste? —preguntó él.

Bruno se dio cuenta tarde de lo que había soltado.

Valeria empezó a negar con la cabeza, pero su madre cerró los ojos como quien escucha una puerta romperse.

Gael habló muy despacio:

—¿Por qué tendrías que aclarar que no mataste a mi hermana?

En la pantalla, el video seguía pausado sobre el rostro de Bruno, pero la verdadera grabación acababa de empezar en el miedo de todos.

¿Qué creen que escondía Bruno sobre la muerte de Natalia: culpa, miedo o una traición mucho más grande?

PARTE 3                                  Continua en la siguiente pagina

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