La historia completa Una enfermera le lee cuentos en secreto a….

El viernes llegó con una tormenta brutal. La lluvia golpeaba los ventanales del hospital y el cielo sobre la ciudad parecía partido por relámpagos.

Cuando Valeria llegó a su turno de las once, Julián no estaba.

En su lugar había un hombre desconocido revisando el celular.

Valeria sintió que el destino ya había abierto la puerta.

A las 2:45 de la madrugada, la luz parpadeó. Durante tres segundos, la habitación quedó completamente oscura. Cuando volvió la electricidad, la manija de la puerta empezó a girar.

Entró un hombre con bata blanca, cubrebocas y gorro quirúrgico. Pero no caminaba como médico. Caminaba como depredador.

Sacó una jeringa del bolsillo.

Valeria se puso de pie.

—¿Qué está haciendo? No hay ninguna indicación nueva.

El hombre la ignoró y fue directo a la vía central de Santiago.

Valeria se lanzó sobre él y le sujetó el brazo.

—¡No puede hacer eso!

El golpe llegó rápido. El dorso de la mano del hombre le estrelló el pómulo y la mandó contra el piso. Valeria sintió un dolor blanco detrás de los ojos. Probó sangre.

Desde el suelo vio cómo el hombre destapaba la jeringa con los dientes y acercaba la aguja al puerto de la vía.

—No… —gimió ella.

La aguja estaba a punto de entrar.

Entonces, una mano salió de debajo de la sábana.

No fue un movimiento débil. Fue preciso, brutal.

La mano de Santiago Alcázar atrapó la muñeca del asesino.

El hombre se quedó paralizado.

Los ojos de Santiago estaban abiertos.

No eran ojos perdidos ni confundidos. Eran ojos oscuros, despiertos, llenos de una furia fría.

Con un giro seco, Santiago le torció la muñeca. Se escuchó un crujido terrible. El asesino gritó y soltó la jeringa, que se rompió contra el piso.

Santiago lo jaló por la bata y le estrelló el rostro contra el barandal metálico de la cama. El hombre cayó inconsciente.

Valeria, temblando, se arrastró hacia la pared.

Santiago se incorporó lentamente. Respiraba con dificultad, pero estaba vivo. Terriblemente vivo.

La miró.

Su voz salió ronca, destruida por meses de silencio.

—Toda la sabiduría humana se resume en dos palabras, Valeria.

Ella dejó de respirar.

Él susurró:

—Esperar y confiar.

Era la última frase del libro.

Valeria comprendió entonces que él no acababa de despertar.

Había estado escuchando.

Parte 3: El hombre que volvió de la oscuridad

—Apaga la alarma —ordenó Santiago—. Y encuentra a Julián.

Valeria, con las manos temblorosas, silenció el monitor. La habitación quedó sumida en un silencio espeso.

—¿Cuánto tiempo lleva despierto? —preguntó ella.

—Dos meses —respondió él—. A veces podía oír. A veces no. Pero tu voz siempre regresaba.

Valeria sintió un nudo en la garganta.

Santiago intentó levantarse, pero sus piernas fallaron. Ella lo sostuvo antes de que cayera.

—No puede caminar.

—Entonces ayúdame a no morir.

Lo sentó en una silla de ruedas y le cubrió las piernas con una manta. Antes de salir, él le tomó la mano.

—Valeria, necesito que sea más valiente de lo que nunca ha sido. Busque a Julián. Deben tenerlo cerca. Dígale una frase: el conde está despierto.

Ella bajó por el elevador de servicio hasta el sótano. El hospital parecía otro mundo allí abajo: paredes de concreto, luces parpadeantes, olor a humedad y desinfectante viejo.

Escuchó golpes detrás de una puerta metálica.

—¿Julián? —susurró.

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