A las cinco y media de la mañana siguiente, Karla llegó por mí.
No había dormido más de dos horas. Mi muñeca derecha palpitaba dentro de la férula y los dedos de mi mano izquierda estaban adoloridos por tantas horas de práctica.
Sin embargo, cuando bajé las escaleras, descubrí algo que me sorprendió.
Lorena estaba sentada en la cocina, desayunando tranquilamente.
—¿Adónde vas tan temprano? —preguntó.
—A presentar mi examen.
Soltó una carcajada.
—¿Con esa mano? No hagas el ridículo, Mariana.
Mi madre apareció detrás de ella.
—Hija, deberías aceptar que este año no podrás conseguir ese empleo.
Las miré durante unos segundos.
—Ya veremos.
Salí sin decir nada más.
Karla me esperaba afuera con un café y una carpeta que contenía mis documentos médicos.
Antes de llevarme al concurso, habíamos acordado que presentaría ante la Fiscalía las copias del video y mi declaración. Yo ya había iniciado el trámite de denuncia y autorizado que incorporaran esas pruebas.
No quería que el miedo me hiciera cambiar de opinión.
Al llegar al edificio donde se realizarían las evaluaciones, me dirigí directamente al módulo administrativo.
La coordinadora, una abogada llamada Sofía Reyes, revisó mis documentos.
—Mariana, recibimos tu solicitud anoche. Podemos autorizarte tiempo adicional para las pruebas escritas y una mesa adaptada. Tendrás que trabajar con la mano izquierda, pero competirás bajo los mismos criterios jurídicos que los demás aspirantes.
Sentí que se me aflojaban las piernas.
—Muchas gracias, licenciada.
Ella miró mi muñeca.
—No sé qué ocurrió, pero espero que puedas demostrar lo que sabes.
Durante las siguientes dos jornadas hice exactamente eso.
La primera prueba consistía en analizar expedientes y detectar errores procesales. La segunda exigía redactar argumentos para un caso de responsabilidad civil y otro de derecho mercantil.
Mi mano izquierda avanzaba lentamente.
Cada palabra requería concentración.
Mientras otros candidatos llenaban páginas enteras, yo tenía que elegir cuidadosamente cada oración.
El dolor me obligaba a descansar unos segundos entre respuestas.
Pero conocía el material.
Había pasado años estudiándolo.
Y ninguna fractura podía borrar lo que llevaba dentro de mi cabeza.
Cuando entregué mi última hoja, sentí una mezcla de agotamiento y alivio.
No sabía si aprobaría.
Solamente sabía que Lorena no había conseguido impedir que lo intentara.
Dos semanas después, todavía estaba esperando los resultados.
La Fiscalía ya había recibido las imágenes originales de doña Mercedes. Un perito había revisado la grabación y también había quedado documentada mi lesión mediante certificados médicos.
Karla me acompañó a ampliar mi declaración.
Expliqué las amenazas posteriores, los intentos de mi padre por ocultar la evidencia y el miedo que tenía de regresar a aquella casa.
Mientras tanto, mi familia seguía comportándose como si yo fuera la culpable.
Lorena incluso había organizado una fiesta para celebrar un supuesto negocio inmobiliario.
Decía que estaba a punto de cerrar la venta de varios departamentos de lujo.
Mi padre compró botellas caras y contrató comida para quince invitados.
Mi madre decoró la sala con flores blancas.
A mí me ordenaron servir las bebidas.
—Ya que terminaste tus exámenes, por lo menos puedes ayudar en algo —dijo Patricia.
Acepté únicamente porque estaba esperando una llamada importante y tenía preparada mi salida de aquella casa.
Esa noche me puse un vestido negro sencillo y recogí mi cabello.
La férula todavía cubría mi brazo derecho.
Mientras caminaba entre los invitados con una charola ligera, escuchaba las conversaciones sobre la maravillosa carrera de mi hermana.
Lorena estaba encantada.
Vestía un conjunto de seda color esmeralda y llevaba unos aretes que seguramente mi padre había pagado con otra tarjeta de crédito.
En cierto momento levantó su copa.
—Quiero brindar por las mujeres que sí sabemos aprovechar las oportunidades. Porque hay personas que pierden años estudiando para conseguir un puesto que jamás van a obtener.
Todos rieron.
Después me señaló.
—Como mi hermanita. Tanto esfuerzo para terminar sirviendo bebidas.
Sentí las miradas de los invitados sobre mí.
Mi padre sonrió.
Mi madre fingió no escuchar.
Entonces mi celular vibró.
Era un correo del despacho.
Dejé la charola sobre una mesa y caminé hacia el pasillo.
Abrí el mensaje con la mano izquierda.
Leí las primeras líneas.
Después tuve que leerlas nuevamente.
Había aprobado.
No solamente eso.
Había obtenido la calificación más alta entre los 186 participantes del concurso.
El comité había destacado especialmente la precisión de mis argumentos jurídicos y mi capacidad para resolver los casos bajo circunstancias extraordinarias.
También había una carta adjunta.
Me ofrecían oficialmente la plaza de abogada litigante.
Sueldo mensual: 58 mil pesos.
Bono de contratación: 100 mil pesos.
Fecha de incorporación: el primer lunes del mes siguiente.
Me apoyé contra la pared.
Por primera vez en muchos años, lloré de felicidad.
Recordé las noches sin dormir, los trabajos que había aceptado para pagar la universidad y todas las ocasiones en que mi familia me había llamado fracasada.
Mi hermana me había roto la muñeca.
Pero no había conseguido romper mi futuro.
Entonces recibí otra llamada.
Era la abogada que me estaba asesorando en la denuncia.
—Mariana, necesito informarte algo. La Fiscalía reunió suficientes elementos para solicitar una orden de aprehensión contra Lorena. El juez ya la concedió. Los agentes están preparando su cumplimiento.
Guardé silencio.
—¿Estás segura?
—Sí. La investigación también incluye las amenazas que recibiste después de la agresión. Por favor, no confrontes físicamente a nadie. Si todavía estás en esa casa, mantente en un lugar seguro.
Colgué.
Respiré profundamente.
Después envié una captura de mis resultados al grupo familiar.
Regresé a la sala.
Lorena continuaba contando historias sobre sus supuestos clientes millonarios.
—Apaguen un momento la música —pedí.
Mi padre frunció el ceño.
—Mariana, deja de interrumpir.
—Acabo de recibir una noticia. Creo que deberían verla.
Lorena tomó su celular.
—¿Otra de tus tonterías?
Abrió el mensaje.
Su sonrisa desapareció.
Leyó el correo.
Después me miró con los ojos desorbitados.
—No puede ser.
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