—Ahora es una escena de emergencia.
La doctora Elena Robles, que había llegado como invitada por parte de una fundación médica, se abrió paso entre la gente. Damián la conocía. Todos los hospitales que él financiaba la conocían.
—Denle espacio —pidió ella.
Leonardo intentó acercarse otra vez, pero Damián se interpuso.
—No te acerques.
—¿Quién demonios cree que es? —dijo Leonardo.
Damián se inclinó apenas hacia él.
—El hombre que va a averiguar por qué una novia se desmaya antes de casarse contigo.
La doctora retiró con cuidado el velo de Valeria. Su madre cayó de rodillas a su lado, temblando.
—Mi niña… por favor, despierta…
Valeria respiraba, pero apenas. La doctora le tomó la presión, revisó sus pupilas y pidió agua. Entonces notó algo extraño: una mancha debajo de la base de maquillaje, cerca del pómulo.
—Necesito limpiar su rostro —dijo Elena.
Leonardo reaccionó demasiado rápido.
—No hace falta. Está maquillada para la boda. No la humillen más.
Damián giró la cabeza hacia él.
—Qué curioso. Una mujer se desmaya y a ti te preocupa el maquillaje.
Elena tomó una gasa húmeda y empezó a pasarla con suavidad por la mejilla de Valeria. La capa de base se desprendió poco a poco.
Primero apareció un tono morado.
Después, una marca oscura.
Luego otra junto a la mandíbula.
La madre de Valeria soltó un sollozo tan profundo que muchos bajaron la mirada.
Debajo de aquella novia perfecta había golpes.
Golpes recientes.
Golpes cubiertos con maquillaje profesional.
El salón entero quedó congelado.
Leonardo apretó los dientes.
—Se cayó hace unos días. Es torpe. Siempre ha sido así.
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