La limusina negra se detuvo frente al hotel.
David sonrió.
—Por fin llegó.
Pero su sonrisa desapareció cuando el chófer abrió la puerta.
Primero bajaron tres niños de unos seis años.
Dos varones y una niña.
Los tres elegantemente vestidos.
Los tres con los mismos ojos grises de David.
Entonces apareció Emily.
Ya no era la mujer agotada que él había abandonado.
Llevaba un vestido elegante y caminaba con una seguridad que hizo callar a varios invitados.
Olivia miró a David.
—¿Quiénes son esos niños?
Él no respondió.
Emily se acercó tranquilamente.
—Gracias por invitarme, David.
Uno de los pequeños levantó la cabeza.
—Mamá, ¿ese es nuestro papá?
El silencio fue absoluto.
David palideció.
—¿Qué acaba de decir?
Emily sacó un sobre de su bolso.
—Descubrí el embarazo después de nuestro divorcio. Intenté localizarte entonces, pero habías cambiado de número y dejaste instrucciones de que no querías saber nada de mí.
David miró a los trillizos.
De pronto, la boda dejó de importarle.
—¿Son míos?
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