La observó durante unos segundos desde el ot ro extremo del comedor. Después sonrió con arrogancia y caminó lentamente hacia su mesa.
Las conversaciones comenzaron a apagarse.
Muchas ya sabían lo que iba a suceder.
Algunas incluso dejaron de comer.
Cuando Vanessa elegía una nueva víctima, nadie esperaba un final feliz.
Al llegar frente a la mesa, dirigió la vista a la bandeja de la muchacha.
—Oye… dame tu comida.
La joven levantó la mirada con total serenidad.
—Es mi almuerzo. Si tienes hambre, busca el tuyo.
Las internas más cercanas intercambiaron miradas de incredulidad.
Jamás habían escuchado a alguien responderle así a Vanessa.
Pero la desconocida seguía completamente tranquila.
Vanessa entrecerró los ojos.
—Todavía tengo hambre. Entrégamela. Sobrevivirás un día sin comer.
—No.
La respuesta fue firme y serena.
Sin miedo.
Como si delante de ella no estuviera la mujer más peligrosa de toda la prisión.
Durante unos instantes el comedor quedó en un silencio absoluto.
Muchas comprendieron que aquello terminaría muy mal.
El rostro de Vanessa cambió por completo.
Estaba acostumbrada a que todos obedecieran con una sola orden.
Nunca había recibido una negativa tan directa.
Al segundo siguiente agarró la bandeja de metal y la arrancó de un tirón.
El arroz, la carne y las verduras salieron despedidos y quedaron esparcidos por el suelo.
Un murmullo recorrió todo el comedor.
Vanessa sonrió con desprecio mientras miraba fijamente a la joven.
—¿Sabes siquiera quién soy?
La recién llegada no respondió.
—Ponte de rodillas ahora mismo. Vas a pagar por tu insolencia.
Pero la muchacha ni siquiera se movió.
Seguía sentada, observándola con una calma que resultaba desconcertante.
Aquella actitud terminó de hacer estallar a Vanessa.
Sin pronunciar una palabra más, la sujetó con fuerza del hombro e intentó arrancarla del banco.
Varias reclusas apartaron la vista, convencidas de que en cuestión de segundos la nueva estaría en el suelo suplicando clemencia.
Lo que Vanessa ignoraba era que acababa de cometer el peor error de toda su estancia en prisión.
Porque aquella misteriosa mujer tatuada no era quien todos creían.
Y en apenas unos segundos, todo el comedor descubriría la verdadera identidad de la recién llegada… 😱😮
Tras escuchar aquellas palabras, Vanessa permaneció inmóvil durante unos segundos, incapaz de creer lo que acababa de oír.
Nadie se había atrevido jamás a responderle de esa manera.
Sintió cómo la ira empezaba a consumirla por dentro.
Durante años había mantenido el control de la prisión sembrando miedo entre las demás internas.
Si permitía que una recién llegada la desafiara sin recibir un castigo, antes de que terminara el día toda la cárcel hablaría de ello.
Y eso era algo que no pensaba permitir.
—Te lo repetiré una sola vez más… arrodíllate —dijo entre dientes, con la voz cargada de rabia.
La joven permaneció en silencio.
Ni un gesto.
Ni una palabra.
De pronto, Vanessa lanzó un violento puñetazo directo a su rostro.
Un grito ahogado recorrió el comedor.
Algunas reclusas incluso apartaron la vista, convencidas de que estaban a punto de presenciar otra brutal paliza.
Pero ocurrió algo que nadie esperaba.
En el último instante, la desconocida inclinó apenas el cuerpo y el golpe pasó de largo.
Todo sucedió con tanta rapidez que muchas ni siquiera alcanzaron a comprender lo ocurrido.
El puño de Vanessa solo encontró el vacío.
Por primera vez, la expresión de la enorme mujer reflejó desconcierto.
Sin perder un segundo volvió a atacar.
Pero la joven esquivó el segundo golpe con la misma facilidad.
Era como si pudiera anticipar cada uno de sus movimientos.
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