La tiraron al Atlántico en medio de la noche. A la mañana siguiente

 

La tiraron al Atlántico en medio de la noche. A la mañana siguiente, un pescador gallego la encontró viva después de once horas a la deriva en aguas heladas — aferrada a un trozo de madera con tanta fuerza que tuvieron que serrarlo para liberar su mandíbula.
El veterinario dijo que nunca había visto nada igual.
Ocurrió frente a la costa norte de Galicia a finales de septiembre. Marcos, pescador de sesenta y dos años con treinta en esas aguas, salió al amanecer entre la niebla a revisar las nasas. A las seis y cuarto vio algo flotando a doscientos metros. Pensó que eran restos de la tormenta. Entonces la forma se movió.
Era una labradora negra. Unos veintidós kilos. El pelo empapado pegado al cuerpo, apenas a flote. Ya no nadaba — se aferraba a una tabla de muelle rota de poco más de un metro. No descansando sobre ella. Aferrándose. Las mandíbulas cerradas alrededor de la madera con tanta fuerza que los dientes se habían hundido en la tabla. Una pata delantera enganchada. El resto del cuerpo arrastrando en el agua helada.
Los ojos abiertos. Distantes. El cuerpo temblando en espasmos continuos.
Marcos maniobró el barco con cuidado. Cuando se inclinó para levantarla descubrió que físicamente no podía soltar la madera — los músculos mandibulares se habían bloqueado completamente. En lugar de forzarla y romperle la mandíbula, usó una sierra para cortar la tabla y la subió al barco con el trozo de madera todavía entre los dientes.
La labradora apenas reaccionó. Simplemente siguió mordiendo.
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