Julián se acercó más, con el celular a centímetros del rostro de Elena.
—Sonríe, muñeca. Esto vale más que tus propinas de todo el mes.
Algo dentro de ella se congeló.
No lloró.
No gritó.
Solo bajó la mirada hacia el anillo sencillo que llevaba en la mano derecha. No era de matrimonio. Era un anillo de oro opaco que su madre les había dejado a ella y a Martín, uno para cada uno, con las iniciales familiares grabadas por dentro.
S.S.
Sosa Salgado.
La sangre que Elena había intentado negar seguía ahí.
El gerente, un hombre flaco llamado Ramiro, llegó corriendo. Elena pensó, por un instante ingenuo, que iba a defenderla.
Pero Ramiro no fue hacia ella. Fue hacia Julián.
—Señor Bejarano, una disculpa enorme por el inconveniente. Permítame moverlos a un privado mientras limpiamos esto.
Elena levantó la vista.
—¿Inconveniente?
Ramiro le lanzó una mirada dura.
—Elena, ve a cocina. No puedes estar así frente a los clientes. Estás dando mala imagen.
La humillación le dolió más que la Coca-Cola.
Julián sacó un billete de 500 pesos y lo dejó caer sobre el piso mojado.
—Para la lavandería, princesa.
El billete absorbió el refresco. La tinta se oscureció.
Elena no lo recogió.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta de servicio. Sus zapatos hacían un sonido pegajoso contra el mármol. Podía sentir todas las miradas en su espalda. Algunas tenían lástima. La mayoría, curiosidad. Nadie tenía vergüenza.
En el vestidor del personal, el olor a cloro y grasa vieja le golpeó la nariz. Elena cerró la puerta, se apoyó contra un locker metálico y, por primera vez, permitió que sus hombros temblaran.
Se miró en el espejo partido.
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