Doña Carmen entró como si el hospital fuera suyo. Traía el cabello pintado, uñas largas y una blusa blanca tan limpia que contrastaba con la tierra seca pegada en los pies de Camila.
“Esa niña está exagerando”, dijo sin mirar a su nieta. “Ana siempre quiso hacerse la víctima. Si no podía cuidar tres hijos, no debió tenerlos.”
Camila apretó la cobija con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
Margarita se colocó frente a ella.
“Señora, aquí nadie se lleva a nadie hasta que la trabajadora social termine el reporte.”
Doña Carmen soltó una risa seca.
“¿Reporte? El reporte debería decir que mi nuera abandonó a mis nietos. Yo puedo darles una casa decente. No como ese cuartucho donde los tenía.”
Laura Medina levantó la mirada.
“Curioso que sepa cómo vivían, señora. La niña dice que fue a pedirle ayuda y usted no abrió.”
La cara de Carmen cambió apenas, pero lo suficiente.
“Mentiras de chamacos. Yo no estaba.”
Camila levantó la voz por primera vez.
“Sí estaba. Tenía prendida la tele. Olía a sopa. Usted me dijo: ‘Dile a tu mamá que aprenda a ser mujer’.”
El pasillo se quedó helado.
En ese momento llegó el policía Miguel Reyes. Venía con la camisa manchada de polvo y una expresión dura.
“Encontramos la casa”, dijo. “La señora Ana estaba viva, pero en estado grave. Ya viene en ambulancia.”
Camila se tapó la boca.
“¿Viva?”, susurró.
Miguel asintió.
“Viva gracias a ti.”
Pero no venía solo con esa noticia. Traía una bolsa transparente con un teléfono viejo, una libreta y varios papeles.
“También encontramos esto.”
Laura abrió la libreta. Eran cuentas escritas por Ana: leche, pañales, tortillas, medicina. Todo con tachones. En una hoja había una lista de mensajes enviados a Carmen.
“Doña Carmen, por favor, los niños no tienen fórmula.”
“Doña Carmen, Ana me siento muy mal, ¿puede venir?”
“Doña Carmen, si no quiere verme a mí, ayude a los bebés.”
Debajo de cada mensaje, solo había una palomita. Nunca contestó.
Carmen cruzó los brazos.
“Yo no tengo obligación de mantener vagos.”
Entonces Miguel sacó otro papel.
“Tal vez no. Pero sí tendrá que explicar por qué en el DIF municipal aparece usted recogiendo despensas, leche y pañales a nombre de Ana Ramírez durante los últimos cuatro meses.”
Doña Carmen se quedó sin color.
Margarita abrió los ojos.
Laura tomó el documento. Ahí estaba la firma: Carmen Salgado. Aparecía como “representante familiar” de Ana. Había recibido apoyos que jamás llegaron a la casa azul.
“Eso es un error”, tartamudeó Carmen.
Pero la puerta se abrió de golpe y entró Óscar, el papá de los niños. Camisa vaquera, botas limpias, olor a loción y una seguridad que se le cayó en cuanto vio a Camila.
“¿Dónde están mis hijos?”, exigió.
Camila lo miró como si viera a un desconocido. Porque eso era. Un hombre que se había ido antes de que los gemelos nacieran. Un nombre que Ana evitaba decir para que no doliera más.
“Ahora sí son tus hijos”, soltó Margarita, sin poder contenerse.
Óscar ignoró el comentario.
“Mi mamá me avisó que Ana casi los mata. Yo puedo hacerme cargo.”
Laura le mostró los papeles.
“Su mamá estuvo recogiendo ayuda en nombre de ellos. ¿Usted sabía?”
Óscar miró a Carmen. Ese segundo lo dijo todo.
Sí sabía.
Camila sintió algo caliente subirle al pecho. No era llanto. Era coraje.
“Mi mamá lloraba porque no había leche”, dijo. “Y ustedes la tenían.”
Óscar bajó la mirada, pero Carmen no.
“Esa mujer quería amarrar a mi hijo con hijos. Yo solo protegí a mi familia.”
“¿Y nosotros qué somos?”, preguntó Camila.
Nadie respondió.
Entonces una camilla apareció por el pasillo. Ana venía pálida, conectada a suero, con los labios partidos y el rostro hundido. Camila quiso correr, pero Margarita la sostuvo.
El doctor Ramírez salió minutos después con una expresión seria.
“Está débil, pero despertó unos segundos. Preguntó por sus hijos.”
Laura se acercó.
“Doctor, necesitamos saber si puede declarar.”
Antes de que él respondiera, desde el cuarto se escuchó una voz apenas viva, pero clara:
“Que entre Carmen… quiero que todos escuchen lo que me hizo.”
Y ahí, en la puerta del cuarto, Camila entendió que su mamá no solo estaba enferma: había estado cargando una verdad que podía destruirlos a todos.
¿Qué creen que Ana va a contar ahora: la abuela actuó sola o el papá también fue parte de todo?
PARTE 3 Para obtener más información,continúa en la página siguiente