LLEVABA MESES MOLESTA PORQUE EL ANCIANO DE AL LADO DEJABA QUE SUS ENORMES PLANTAS LLENARAN MI ENTRADA DE HOJAS SECAS.

—¿Para mí?

Asintió lentamente.

—Ábrelo cuando ya no esté.

Sentí un escalofrío inmediato.

—No diga eso.

Pero él simplemente sonrió.

—Todos tenemos una fecha, vecina.

Prométame que lo leerá.

No me gustó aquella conversación.

Pero terminé prometiéndoselo.

Durante los meses siguientes seguimos compartiendo cafés y conversaciones.

Sin embargo, el invierno fue duro.

Su salud comenzó a deteriorarse.

Cada vez caminaba más despacio.

Se cansaba con facilidad.

Y aunque intentaba ocultarlo, todos sabíamos que algo estaba cambiando.

Una mañana de enero recibí una llamada del hospital.

Mi corazón se hundió antes incluso de contestar.

Cuando llegué, encontré a don Samuel descansando tranquilamente.

Parecía en paz.

Tomé su mano.

La misma mano que meses atrás había apretado la mía mientras esperaba una ambulancia.

Abrió los ojos lentamente.

—Gracias por entrar aquel día.

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.

—Gracias por dejarme entrar.

Sonrió.

Miró hacia la ventana.

Y susurró algo que jamás olvidaré.

—Ahora Elena ya no tendrá que preocuparse por mí.

Horas después falleció tranquilamente.

El barrio entero acudió a despedirlo.

Había maestros.

Mecánicos.

Niños.

Comerciantes.

Familias completas.

Personas que no lo habían visto en años.

Personas que nunca imaginaron cuánto había significado para sus vidas.

Después del funeral regresé a casa y recordé el sobre.
Mis manos temblaban cuando lo abrí.

Dentro había una sola carta.

Decía:

“Querida vecina:

Si estás leyendo esto, significa que por fin volví a encontrarme con Elena.

Quiero pedirte un último favor.

No dejes que las bugambilias desaparezcan.

No porque sean flores.

Sino porque representan algo mucho más importante.

Representan que incluso después de perder a quienes amamos, seguimos teniendo la capacidad de compartir belleza con los demás.

Durante mucho tiempo pensé que estaba completamente solo.

Pero estaba equivocado.

Cada mañana escuchaba tu escoba.

Escuchaba tus pasos.

Y sabía que había alguien cerca.

Luego entraste a mi casa.

Y me devolviste algo que creía perdido para siempre.

La amistad.

Gracias por recordarme que todavía pertenecía a este mundo.

Con cariño,

Samuel.”

Terminé la carta llorando.

Han pasado casi tres años desde entonces.

Las bugambilias siguen creciendo sobre la cerca que compartimos.

Todos los miércoles sigo sentándome en aquel porche con una taza de café.

A veces sola.

A veces acompañada por algún vecino.

Y cada vez que las flores dejan caer algunos pétalos sobre mi entrada, sonrío.

Porque ya no veo hojas secas que limpiar.

Veo el recuerdo de un hombre bueno que me enseñó una lección que jamás olvidaré:

Las mayores tragedias de la vida no siempre son la enfermedad o la muerte.

A veces son la soledad.

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