Los primeros dos días en Veracruz sentí culpa.
Me despertaba esperando oír a alguien gritar mi nombre desde la cocina. Me sorprendía comiendo despacio, sin levantarme a servir otra taza de café. Marisol me observaba desde el otro lado de la mesa del hotel, con una sonrisa triste.
—Te cuesta descansar porque te enseñaron que descansar es portarte mal —me dijo.
No respondí. Me quedé mirando el mar.
Mi celular no dejaba de vibrar.
Andrés:
“¿Dónde está el detergente?”
“Mi mamá dice que los niños no comieron bien.”
“Lucía, no encuentro las sábanas.”
“Esto no se hace.”
“Contesta.”
Luego llegaron los audios de Doña Elvira.
“Una mujer no abandona su casa.”
“Mi hijo no merece esto.”
“Te estás dejando meter ideas por tus amigas.”
Apagué el teléfono.
Por primera vez en meses dormí ocho horas seguidas.
El tercer día lo encendí solo para avisar que estaba bien. Tenía cincuenta y siete mensajes. Algunos de Andrés eran de enojo. Otros, de desesperación.
“Gasté mil doscientos pesos en comida en un día.”
“Paola no ayuda.”
“Mi mamá se peleó con los niños.”
“La tía Graciela dijo que se va si no limpio el baño.”
“Ahora entiendo un poco.”
Un poco.
Esa palabra me dolió más que los reclamos.
Marisol leyó mi cara.
—¿Vas a regresar antes?
—No —dije, aunque la voz me tembló—. Si regreso ahora, todo vuelve igual.
El cuarto día recibí un mensaje extraño de mi vecina, la señora Chela.
“Lucía, no quiero meterme, pero ayer escuché muchos gritos. Tu suegra dijo algo horrible. Ojalá Andrés te lo cuente.”
Sentí frío en el estómago.
Le pregunté qué había pasado.
Tardó en responder.
“Dijo que si tú no servías para tener la casa en orden, Andrés debía buscarse una mujer más obediente. Y mencionó a una tal Karina. Paola se rió.”
Karina.
Ese nombre no era desconocido.
Había sido la ex de Andrés, una mujer que Doña Elvira siempre recordaba con demasiada ternura.
“Karina sí era de familia.”
“Karina cocinaba muy rico.”
“Karina nunca contestaba.”
Me quedé mirando la pantalla.
Esa noche no pude dormir.
Al quinto día, regresé a la Ciudad de México. En el taxi, mientras cruzábamos calles llenas de puestos, tráfico y vendedores de elotes, sentía el corazón golpeándome las costillas.
No sabía si iba a encontrar disculpas o reproches. Pero sí sabía que ya no iba a pedir permiso para cansarme.
Subí las escaleras del edificio despacio. Antes de abrir, escuché voces adentro.
—Mi mamá tiene razón —decía Andrés—. Esto se salió de control.
Me quedé inmóvil.
Luego escuché a Doña Elvira:
—Todavía estás a tiempo, hijo. Una mujer que se va así no es confiable. Karina preguntó por ti la otra vez. Esa sí sabe respetar a un hombre.
La mano se me congeló sobre la llave.
Paola soltó una risa baja.
—Además, Lucía ni hijos te ha dado. ¿Para qué tanto aguante?
Sentí como si me hubieran arrancado el aire.
Abrí la puerta.
Todos voltearon al mismo tiempo.
El departamento olía a comida quemada, ropa sucia y resentimiento.
Andrés se puso de pie, pálido.
—Lucía… no es lo que parece.
Miré a su madre. Miré a Paola. Miré la cocina destruida. Y luego vi, sobre la mesa, el celular de Andrés abierto con un chat donde se leía claramente el nombre de Karina.
No grité.
Solo caminé hacia la mesa.
Porque lo que estaba a punto de leer iba a cambiarlo todo…
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