Mauricio miró la pantalla, luego me miró a mí y soltó una risa seca.
—Estás mintiendo.
Abrí el correo completo. Ahí estaban el folio, el monto, el nombre de su proyecto inmobiliario y la solicitud de prórroga que llevaba seis meses intentando conseguir.
Laura le sujetó el brazo.
—Mauricio, ya basta.
—¿Qué está pasando? —preguntó mi madre.
—Desarrollos Monteverde pidió extender un crédito por 1,180 millones de pesos —expliqué—. El proyecto tiene sobrecostos, proveedores sin pagar y retrasos graves. Sin autorización, el banco puede iniciar la ejecución de las garantías.
Mauricio apretó la mandíbula.
—Esto es una reunión familiar. Los negocios se hablan en otro momento.
—Tú trajiste el tema de las inversiones a la fiesta. Dijiste que mi hijo no valía la pena.
—¡Era una broma!
—Las bromas hacen reír a todos —dijo Adrián detrás de mí—. Eso no fue una broma.
Su voz tembló, pero no bajó la mirada.
Mauricio intentó recuperar el control.
—Está bien. Perdón por el lápiz. Pero no puedes poner en riesgo cientos de empleos por un comentario.
—No voy a decidir por un comentario. Voy a evaluar riesgo, honestidad y capacidad de pago. Es mi trabajo.
Mi teléfono mostró otra llamada: Roberto Cárdenas, socio de Mauricio. La rechacé.
—Él me buscó esta mañana —continué—. Asegura que ocultaste deudas con tres constructoras y usaste preventas de una torre para cubrir gastos de otra.
El rostro de Mauricio se tensó.
—Eso es confidencial.
—También lo era el crédito, hasta que tú decidiste hablar de dinero frente a todos.
Laura se interpuso.
—Por favor. Mauricio no quiso…
—Sí quiso —la interrumpí—. Lleva cuatro años haciéndolo. Cuando Adrián ganó la feria estatal de ciencias, dijo que mezclar bicarbonato no convertía a nadie en inteligente. Cuando obtuvo el mejor promedio, preguntó si regalaban diplomas por asistir. Cuando lo aceptaron en una universidad, repitió que no era suficiente.
Mi madre palideció.
—Yo no sabía que le afectaba tanto.
—Te reíste cada vez.
Nadie sostuvo mi mirada.
El teléfono de Mauricio sonó. Contestó.
—¿Qué quieres, Roberto?… No, ahora no… Te dije que lo resolveré.
Escuchó unos segundos y perdió el color.
—No puedes salirte. Firmaste conmigo.
La llamada terminó.
—Se va de la sociedad, ¿verdad? —pregunté.
Mauricio guardó el teléfono con manos temblorosas.
—¿Qué quieres?
—Una disculpa real. A Adrián.
Se volvió hacia mi hijo.
—Perdón. El regalo fue inapropiado.
Adrián sostuvo el lápiz.
—¿Por qué me odias?
Mauricio abrió la boca, pero Laura respondió:
—Porque te tiene envidia. Tú lograste con esfuerzo lo que él consiguió con dinero de su padre. Y teme que un día seas todo lo que él presume ser.
Mi teléfono vibró.
“Comité reunido. Faltan 10 minutos.”
Entré a la cocina. Adrián me siguió y dejó el lápiz sobre la mesa.
—Mamá, tengo que decirte algo antes de que contestes.
Sacó un sobre del interior de su toga.
—No voy a estudiar en la universidad comunitaria.
Me entregó la carta. En la parte superior aparecía un nombre que me dejó sin aire: Stanford University.
—Me aceptaron con beca completa. No se lo conté a nadie porque sabía que ellos encontrarían la forma de arruinarlo.
En ese instante sonó mi teléfono.
El comité estaba en línea.
Y la decisión que podía destruir a Mauricio ya no podía esperar.
PARTE 3 Continua en la siguiente pagina