Lo miré.
—¿Cuándo?
—Cuando habláramos.
—¿Antes o después de echarme con mi hija?
Teresa intervino.
—Nadie te echó.
Camila, que estaba sentada cerca de Claudia, levantó la cabeza.
—Yo lo escuché.
La sala quedó en silencio.
Mi hija no lloraba.
Simplemente miraba a Sergio.
—Dijiste que cuando nos fuéramos la casa ya no sería de mi mamá.
Sergio abrió la boca, pero no respondió.
Sentí un nudo en la garganta.
No porque dudara de lo que estaba haciendo, sino porque durante años había intentado convencerme de que aquel hombre quería a mi hija como propia.
Jugaba videojuegos con ella.
La llevaba por helado.
Asistía a festivales escolares.
Y mientras tanto estaba diseñando una forma de sacarla de la única casa que había conocido.
Me acerqué a Camila y le acaricié el cabello.
—Gracias, mi amor.
Después volví a mirar a Sergio.
—Continúa. Explícales tu plan.
—No existe ningún plan.
Raúl sacó una carpeta.
—Entonces supongo que tampoco reconoces estos mensajes.
Dejó varias impresiones sobre la mesa.
Sergio quiso agarrarlas.
Adrián le pidió que no tocara nada.
En uno de los mensajes Sergio escribía:
“Mariana estará fuera seis semanas. Para entonces necesito tener el poder firmado.”
En otro:
“Con la renta se paga el departamento nuevo y todavía sobra.”
Y el último decía:
“Si regresa antes, mamá y Lorena ya estarán instaladas. No se va a atrever a sacar a toda la familia.”
Teresa comenzó a leerlos.
Su rostro cambió.
—Tú me dijiste que Mariana estaba de acuerdo.
—Mamá, no empieces.
—Me dijiste que iba a firmar.
—¡Iba a hacerlo!
Lorena abrió los ojos.
—¿Cómo?
Sergio guardó silencio.
Yo saqué otra hoja.
Era un borrador que había encontrado accidentalmente en nuestra impresora días antes.
Entre varias cláusulas complicadas había una autorización para realizar actos de administración relacionados con la propiedad.
—¿Esto era lo que pensabas poner entre los documentos del supuesto seguro?
Sergio me miró con odio.
—Revisaste mis cosas.
—Estabas intentando usar mi firma.
—¡No inventes!
—Entonces dime por qué el archivo estaba guardado en tu computadora como “firma Mariana final”.
No pudo.
Teresa se dejó caer en una silla.
—Sergio, dime dónde están mis novecientos mil pesos.
Él respiró profundamente.
—Una parte está invertida.
—¿Dónde?
—En cosas.
—¿Qué cosas?
—Deudas.
La palabra cayó como una piedra.
Lorena giró hacia él.
—¿Deudas tuyas?
Sergio se frotó la cara.
Raúl ya había descubierto esa parte.
Mi marido debía dinero desde antes de iniciar todo el plan.
Había usado tarjetas de crédito, préstamos personales y adelantos de nómina para cubrir inversiones fallidas que jamás me mencionó.
También le debía dinero a un antiguo compañero.
La casa no era sólo una oportunidad de ayudar a Teresa o Lorena.
Era la solución desesperada de Sergio para sus propios problemas.
Planeaba quedarse con el depósito de los Robles, usar una parte de la renta mensual para mantener a su familia y tapar agujeros financieros con el dinero de su madre.
Después vendría el paso más peligroso: conseguir mi firma.
—¿Cuánto te queda de mi dinero? —preguntó Teresa.
Sergio no respondió.
—¡Te pregunté cuánto!
—Como trescientos mil.
Teresa se llevó una mano al pecho.
—Te di novecientos.
—Tenía compromisos.
—¡Vendí mi departamento!
—Y sabías para qué era.
—¡Me dijiste que íbamos a invertir!
Por primera vez desde que la conocía, vi a Teresa mirarme sin arrogancia.
No sentí lástima.
Ella había participado.
Sabía que pretendían sacarme de mi casa.
Quizá desconocía algunos detalles, pero no era inocente.
Lorena tampoco.
—¿Y mi dinero? —preguntó ella.
Sergio cerró los ojos.
—Lorena…
—Te di ciento ochenta mil pesos del acuerdo de mi separación.
—Lo sé.
—¿Dónde están?
—También se usaron.
Lorena se lanzó hacia él furiosa, pero Adrián se interpuso.
—No conviertan esto en algo peor.
El señor Robles habló desde el otro lado de la sala.
—Nosotros sólo queremos nuestro depósito.
—Se los voy a devolver —dijo Sergio.
—Hoy.
—No tengo todo hoy.
La señora Robles se quedó helada.
—¿Entonces nos estafó?
Sergio volteó hacia mí.
—Mariana, préstame el dinero y arreglamos esto.
Durante unos segundos nadie habló.
Pensé que había escuchado mal.
—¿Perdón?
—Tú tienes dinero en el negocio. Devuélveles el depósito y luego yo te pago.
Solté una risa seca.
—Me sacas de mi propia casa, cobras dinero por rentarla sin permiso, gastas el depósito y ahora quieres que yo pague.
—También eres responsable porque estamos casados.
Adrián negó con la cabeza.
—No le aconsejo seguir haciendo afirmaciones de ese tipo.
Sergio se levantó.
—¡Ya estoy harto de este circo! Mi esposa me está humillando frente a desconocidos.
—No —respondí—. Tú hiciste todo esto. Yo sólo puse a las personas correctas en la misma habitación.
Fue entonces cuando Teresa comenzó a llorar.
No era el llanto discreto de alguien arrepentido.
Era rabia.
—Nos arruinaste.
Sergio la miró.
—Tú querías venirte a vivir aquí.
—¡Porque tú dijiste que era seguro!
—Sabías que Mariana no quería.
—Pero dijiste que después se acostumbraría.
La miré.
—Así que sí sabías.
Teresa dejó de llorar.
—Yo pensé que como esposa…
—No termines esa frase.
Mi voz salió más tranquila de lo que esperaba.
—Llevo años escuchándote decir qué debe hacer “una esposa de verdad”. Callarse. Aguantar. Servir. Compartir todo. Ceder su espacio. Poner a la familia de su marido antes que a su propia hija. Y cuando no hice lo que querías, decidiste que podían sacar a Camila y a mí de nuestra casa.
Teresa bajó la mirada.
Lorena intentó justificarse.
—Yo estaba desesperada. Mi separación fue horrible.
—Y eso te dio derecho a venir con tus maletas sabiendo que yo no quería que te mudaras.
No respondió.
Miré las cajas junto a la entrada.
Habían traído ropa para meses.
No era una visita.
Nunca lo había sido.
Finalmente miré a Sergio.
—Quiero que te vayas.
—Yo vivo aquí.
—Y tienes derechos que tendrás que resolver por la vía correspondiente. No voy a sacarte a golpes ni voy a hacer nada ilegal. Pero nuestro matrimonio terminó hoy. Mi abogado ya preparó la solicitud de divorcio y las medidas necesarias para proteger mi patrimonio.
Sergio palideció.
—¿Divorcio?
—¿Qué esperabas?
—Podemos arreglarlo.
—Intentaste convertir la casa de mi abuela en tu negocio.
—Fue un error.
—Un error es olvidar pagar la luz. Esto tomó semanas de llamadas, contratos, depósitos y mentiras.
Los Robles se fueron con copias de la documentación y la información necesaria para reclamar su dinero.
Teresa y Lorena también salieron.
Pero no porque yo las echara.
Se fueron porque acababan de descubrir que Sergio también las había engañado.
Antes de cruzar la puerta, Teresa se volvió.
—Yo no quería que terminara así.
—Entonces no debiste empezar así.
Sergio permaneció unos minutos en la sala.
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