Mi madre brindó deseando que los novios jamás conocieran una traición. Valeria soltó una risa amarga que casi nadie escuchó.
Una hora después, recibí un mensaje suyo.
«Mamá, ven al pasillo de servicio. Sola. Tengo que enseñarte algo».
Me levanté inmediatamente, pero mi madre me interceptó.
—¿Adónde vas? El animador acaba de anunciar tu discurso.
—Valeria me necesita.
—Esa niña lleva todo el día haciendo berrinches. No permitas que arruine la boda.
Me pusieron un micrófono en la mano.
Mientras hablaba de amor y confianza delante de los invitados, mi hija estaba intentando protegerme de una verdad que yo todavía desconocía.
Cuando finalmente salí al pasillo, encontré a Mariana acomodándose apresuradamente el cabello. Tenía una pequeña mancha en el vestido y un pedazo de encaje roto en la manga.
—¿Has visto a Valeria?
—Seguramente está haciendo alguna travesura.
Detrás de ella apareció Ricardo, ajustándose la corbata.
—¿Qué estaban haciendo aquí los dos? —pregunté.
—Nada, Elena. Deja de imaginar tonterías —contestó él.
Entonces apareció Valeria.
Tenía los ojos enrojecidos, el cabello desordenado y una marca rojiza junto a la mandíbula.
—Mamá, vámonos. Ahora.
Corrí hacia ella.
—¿Quién te hizo eso?
Ricardo avanzó bruscamente.
—Valeria, entrégame tu celular.
Mi hija lo escondió detrás de su espalda.
—¡No te acerques!
—Soy tu padre y tienes que obedecerme.
—¡Entonces deberías haberme protegido!
Me interpuse entre ambos.
—Ricardo, aléjate de ella.
Mariana levantó la voz de repente.
—¡Antes de que se marchen, quiero que tu hija me devuelva mi pulsera!
Regresamos al salón mientras algunos invitados comenzaban a acercarse.
Mariana explicó que había desaparecido una pulsera de oro, supuestamente un regalo de nuestra abuela.
—Valeria estuvo cerca de mis cosas. Quiero revisar su bolso.
—¡Yo no tomé nada! —protestó mi hija.
Sin pedir permiso, Mariana abrió la pequeña bolsa que Valeria había dejado sobre una silla.
Sacó una pulsera dorada.
El murmullo recorrió el salón.
Mi madre se llevó una mano al pecho.
—Valeria, ¡qué vergüenza! Pídele perdón a tu tía.
Mi hija empezó a llorar de rabia.
—¡Ella la puso ahí! ¡Quiere que todos piensen que soy una mentirosa!
—Claro, preciosa —respondió Mariana con desprecio—. Ahora resulta que yo inventé todo.
Valeria levantó el rostro.
—¡Tú llevas dos años acostándote con mi papá! ¡Incluso hoy, el día de tu boda!
El silencio fue absoluto.
Mauricio se levantó lentamente.
—Mariana… ¿qué acaba de decir tu sobrina?
—¡Mentiras! —gritó mi hermana—. ¡Su madre la ha llenado de resentimiento desde el divorcio!
Pero Valeria sacó su celular.
—Los escuché hablando detrás de la cocina. Tengo una grabación. Y también sé lo que hicieron antes de que papá abandonara nuestra casa.
Vi cómo Mariana perdía completamente el color del rostro.
—Dame ese teléfono.
—No.
—Valeria, te lo advierto…
—¡Voy a enseñárselo a todos!
Mi hermana miró a Mauricio, después a Ricardo y finalmente a mi hija.
Sobre una mesa cercana, una mesera acababa de servir varias tazas de té de canela muy caliente.
Mariana tomó una de ellas.
Y antes de que pudiera apartar a mi hija, escuché a mi hermana decir entre dientes:
—Te voy a enseñar a cerrar la boca.
PARTE 3
—¡Valeria, cuidado! —grité mientras intentaba detener a Mariana.
Pero fue demasiado tarde.
Mi hermana lanzó el té directamente contra el rostro de mi hija.
El grito de Valeria atravesó todo el salón.
Se llevó ambas manos a la cara, retrocedió tropezando y cayó contra una silla. La música se detuvo. Alguien gritó que llamaran a una ambulancia.
—¡Mamá, me quema! ¡Me arde muchísimo!
Corrí hacia ella y la abracé sin saber qué hacer primero.
Su mejilla izquierda estaba roja. El líquido caliente había escurrido por su cuello y alcanzado parte del hombro.
Mariana permanecía inmóvil, todavía sosteniendo la taza.
Cuando descubrió que los invitados la observaban horrorizados, comenzó a llorar.
—¡Fue un accidente! ¡Ella me empujó!
Pero yo había visto perfectamente lo ocurrido.
Una mesera se acercó rápidamente.
—Señora, hay que poner la zona bajo agua fresca. Ya pedimos una ambulancia.
Llevé a Valeria al baño y mantuve el agua corriente sobre las quemaduras mientras intentaba tranquilizarla.
—Mamá, ¿me va a quedar así la cara?
—Todavía no lo sabemos, mi amor. Vamos al hospital. Estoy contigo.
Mi hija lloraba mientras trataba de abrir el ojo izquierdo.
Entonces apareció mi madre.
—Elena, tienes que salir. Mariana está destrozada y Mauricio acaba de marcharse.
La miré sin comprender.
—¿Estás preocupada por Mariana?
—Es tu hermana. Tampoco quiso hacerle daño a la niña.
—¡Le arrojó una bebida caliente en la cara!
—Valeria tampoco debió provocar semejante escándalo. Acusarla de acostarse con Ricardo delante de todos fue una barbaridad.
Sentí una rabia que jamás había experimentado.
—Mamá, mi hija está quemada.
—Y Mariana acaba de perder a su marido en el día de su boda.
Aquellas palabras me hicieron comprender algo terrible: mi madre seguía pensando que el sufrimiento de Mariana era más importante que el de cualquier otra persona.
—Sal de aquí —le ordené.
—Elena…
—¡He pasado toda mi vida disculpando a mi hermana! ¡Pero no voy a pedirle perdón porque haya lastimado a mi hija!
Mi madre retrocedió sorprendida. Nunca antes le había hablado de aquella manera.
Cuando llegaron los paramédicos, examinaron a Valeria y recomendaron trasladarla inmediatamente a urgencias.
Al atravesar el jardín, encontramos a Mariana llorando junto a Ricardo.
Mi hermana quiso acercarse.
—Elena, déjame acompañarlas. Quiero ayudar.
Me interpuse entre ella y la camilla.
—No vuelvas a tocar a mi hija.
—Estás exagerando. Fue un accidente.
Valeria levantó ligeramente la cabeza.
—Tía, dijiste que ibas a enseñarme a cerrar la boca. Después me lanzaste la taza.
Mariana dejó de llorar.
—Estás confundida, Valeria.
Ricardo se acercó por el otro lado.
—Hija, dame tu teléfono. Vamos a solucionar este malentendido entre adultos.
Entonces mi hija pronunció unas palabras que nunca olvidaré:
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