Ella tenía acceso legal a la contabilidad porque Mauricio le había dado poderes 2 años atrás para firmar pagos ante bancos, proveedores y autoridades. Al revisar el proyecto para adultos mayores, encontró algo terrible.
Casi 500 millones de pesos habían sido captados de clientes que compraron certificados de residencia de por vida. Muchos eran jubilados que habían vendido terrenos, casas o retirado ahorros.
Pero la obra apenas existía.
14 millones habían terminado en una empresa ligada a Teresa.
31 millones habían sido enviados a una compañía de Sergio.
Y decenas de pagos no tenían facturas, contratos válidos ni entregables.
Laura siguió buscando hasta encontrar una cuenta de tránsito con 62 millones de pesos todavía disponibles. El dinero estaba programado para moverse en 48 horas.
Al mismo tiempo, la empresa debía 4 meses de nómina, impuestos, cuotas y pagos al IMSS.
Entonces entendió el plan.
Mauricio necesitaba que ella pareciera culpable de su desaparición justo antes de que el fraude quedara expuesto. Mientras todos hablaran de una esposa asesina, nadie preguntaría dónde estaban los ahorros de cientos de adultos mayores.
Laura respiró hondo y tomó una decisión.
Usando únicamente facultades todavía vigentes, pagó salarios atrasados, obligaciones fiscales y cuotas pendientes. Los 62 millones dejaron la cuenta antes de que alguien pudiera desviarlos.
40 minutos después sonó su teléfono.
Era Mauricio.
—¿Dónde está el dinero?
Laura se quedó inmóvil.
El hombre al que todo el mundo creía desaparecido acababa de llamarla.
Ernesto activó una grabadora.
—Las obligaciones de la empresa fueron pagadas —respondió ella.
Mauricio perdió el control.
—¡Sé dónde estás! ¡Sé exactamente en qué agujero te escondiste con la niña!
Ernesto tomó entonces la mochila verde de la pequeña, abrió el forro interior y sacó una caja plana con una luz intermitente.
Un rastreador.
Laura recordó la insistencia de Mauricio: “Llévala siempre contigo”.
Ernesto miró la señal.
—No lo vamos a quitar. Ahora dejaremos que piense que todavía sabe dónde encontrarte.
Esa noche, la Fiscalía confirmó algo más: Sergio había comprado 2 garrafones de gasolina.
Y nadie en aquella casa volvió a hablar, porque todos entendieron lo que Mauricio estaba dispuesto a hacer antes de que amaneciera.
PARTE 3
Laura no durmió.
La niña fue trasladada discretamente a casa de Carmen, a dos calles de distancia. No quería separarse de su madre.
—Te voy a buscar en cuanto termine esto.
—¿Y tú vas a estar bien?
Laura tragó saliva.
—Sí. Te lo prometo.
En la casa donde habían dejado activo el rastreador, Ernesto y los agentes prepararon una operación para registrar lo que la familia hiciera por voluntad propia. Una cámara quedó oculta bajo el techo del patio y otra apuntaba a la entrada. Dentro dejaron una lámpara encendida y una cobija acomodada sobre la cama para que, desde afuera, pareciera que alguien dormía.
Laura observaba desde la propiedad contigua, detrás de una barda alta, acompañada por una agente.
A las 11:47 de la noche apareció una camioneta.
Mauricio bajó primero.
Laura reconoció de inmediato los hombros que su hija abrazaba cuando él la cargaba en el parque y la chamarra que ella misma le había comprado.
Detrás bajó Sergio con 2 garrafones.
Teresa apareció al final.
Por un segundo, Laura quiso creer que existía otra explicación.
Entonces escuchó a Sergio.
—Esto ya se salió de control. La Fiscalía tiene los papeles. Vámonos.
Mauricio le arrebató uno de los garrafones.
—Tú también estás metido. Si ella habla, nos hunde a todos.
Teresa caminó hacia la puerta y vio colgada una chamarra infantil que los agentes habían dejado como señuelo. Era una prenda que ella misma había regalado a su nieta.
—Mauricio… ¿y si la niña está adentro?
Laura dejó de respirar.
Su esposo ni siquiera volteó.
—Entonces su mamá debió pensar mejor antes de traicionarnos.
Teresa guardó silencio.
No intentó quitarle el combustible. No corrió hacia la casa. Solo miró.
Sergio empezó a temblar.
—Yo no voy a cargar con esto. Una cosa era asustarla y otra…
Mauricio le dio una bofetada que lo hizo caer contra la cerca.
—Ya cargaste con millones. No vengas ahora a hacerte el santo.
Después comenzó a rociar gasolina sobre la madera de la entrada.
Laura sintió que las piernas le fallaban. Durante años había defendido a ese hombre: estaba cansado, tenía presión, su madre lo manipulaba. Siempre había una explicación.
Ahora lo veía cubrir de combustible la casa donde creía que dormían su esposa y su hija.
Mauricio sacó un encendedor.
Las luces del patio se prendieron de golpe.
—¡Fiscalía! ¡Suelte el objeto y ponga las manos donde podamos verlas!
El encendedor cayó sobre el pasto mojado.
Sergio se tiró al piso. Teresa se llevó una mano al pecho.
—¡Me está dando algo!
Un agente señaló la cámara.
—Si necesita atención médica, se la damos. Si está fingiendo, también quedará registrado.
Teresa bajó lentamente la mano.
Mauricio intentó correr hacia la camioneta, pero dos agentes lo interceptaron.
Laura salió de detrás de la barda.
Cuando él la vio, quedó inmóvil.
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