PARTE 1
—Mamá, la señora Valeria guarda su bebé en una caja de zapatos.
Mi hija Renata me lo dijo en voz baja mientras yo acomodaba platos de porcelana en el comedor de la casa Cárdenas, en Zapopan.
Estuve a punto de regañarla.
—No inventes cosas, mi amor.
—No inventé. La vi quitárselo.
Renata tenía 6 años y llevaba abrazado a Chispa, un perro de peluche que conservaba desde que su papá y yo nos separamos. No era una niña mentirosa, pero aquella tarde la casa estaba llena de invitados, flores, meseros y familiares de Andrés Cárdenas, mi patrón. No podía permitirme un problema.
Yo llevaba casi 3 años trabajando como encargada de la casa. Después de mi divorcio, Andrés me había permitido ocupar con Renata un pequeño departamento de servicio mientras yo ahorraba para rentar algo propio.
Esa noche celebraría su compromiso formal con Valeria Montes, una mujer de 32 años que, según todos, tenía casi 4 meses de embarazo.
El anuncio había cambiado por completo a Andrés.
A sus 40 años era un hombre práctico, dueño junto con su hermana de una empresa constructora fundada por su padre. Había perdido a su primera esposa en un accidente años atrás y siempre decía que ya no pensaba formar otra familia.
Hasta que Valeria apareció embarazada.
—¿Dónde viste eso? —le pregunté a Renata.
Señaló hacia el segundo piso.
—Entré porque Chispa se cayó del carrito de las sábanas. La señora estaba con su hermana y con el doctor. Se quitó una cosa de la panza.
Antes de que pudiera responder, Valeria apareció al pie de la escalera.
—Mariana, ¿puedo hablar contigo?
Su sonrisa no llegó a los ojos.
Me llevó hasta la despensa.
—Tu hija entró a mi habitación sin permiso.
—Lo siento. Se le perdió su peluche.
—Entiendo que es una niña, pero aquí hay documentos y objetos caros. Sería muy desagradable que desapareciera algo y después surgieran dudas.
Sentí el mensaje escondido detrás de aquellas palabras.
Dos semanas antes había desaparecido un brazalete que había pertenecido a la madre de Andrés.
—Renata no toma cosas ajenas.
Valeria se acercó.
—Entonces asegúrate de que no vuelva a entrar donde no le corresponde. Tienes una situación bastante cómoda aquí, Mariana. Sería una pena perderla.
Aquello fue la primera cosa que me hizo desconfiar de verdad.
La segunda ocurrió media hora después.
Mientras recogía unas copas del estudio, encontré en el cesto un sobre roto de un laboratorio privado. Alcancé a leer un nombre: Valeria Montes.
Y una línea debajo:
Beta hCG: negativo.
Tenía fecha de 4 días antes.
Tomé una fotografía con mi celular antes de que alguien pudiera entrar.
No sabía exactamente qué significaba en un embarazo tan avanzado, pero sabía que no era normal.
Guardé silencio hasta la cena.
Andrés había reunido a su hermana Claudia, dos tíos, Valeria, su hermana Lorena, el abogado de la familia y el doctor Gerardo Sainz, ginecólogo de Valeria.
Después del postre, el abogado sacó una carpeta.
—Andrés quiere actualizar el protocolo de sucesión de la empresa y algunas disposiciones del fideicomiso familiar.
Yo no entendía todos los detalles, pero había escuchado suficiente durante días para saber que el futuro hijo de Andrés sería incluido como beneficiario.
Valeria acarició su vientre.
—Queremos dejar todo protegido antes de casarnos.
El doctor sonrió.
—Sobre todo porque Andrés ha estado trabajando demasiado. El estrés no es bueno para nadie.
Esa frase también me pareció extraña.
Durante las últimas semanas, el doctor Sainz había comenzado a visitar a Andrés con frecuencia, no solo a Valeria. Le daba suplementos para dormir y le insistía en hacerse estudios por “agotamiento”.
Andrés abrió la carpeta.
Renata apareció detrás de mí.
—Mamá…
Quise detenerla, pero caminó directo hasta la mesa.
—Señor Andrés, ella no tiene un bebé.
El silencio fue inmediato.
Valeria soltó una risa nerviosa.
—Qué imaginación.
—Renata —dije—, ven conmigo.
Mi hija puso algo sobre la mesa.
Era una pieza pequeña de silicón color piel.
—Se le quedó pegada a Chispa cuando la señora se quitó la panza.
Valeria palideció.
El doctor reaccionó primero.
—Seguramente es parte de una faja abdominal.
Entonces saqué mi teléfono.
—Yo también encontré algo.
Mostré la fotografía del resultado negativo.
Andrés dejó la pluma.
—¿Dónde estaba esto?
—En el bote de basura de tu estudio.
Valeria se levantó.
—Tu empleada está revisando nuestra basura y usando a su hija para acusarme.
El doctor extendió la mano.
—Ese resultado puede explicarse. Valeria tuvo una complicación reciente.
Andrés amplió la fotografía.
—Aquí aparece la fecha.
El médico se quedó quieto.
—Sí, el jueves.
Andrés lo miró lentamente.
—Mariana cubrió la fecha con su dedo cuando te enseñó el teléfono.
Nadie dijo nada.
Yo sentí que se me helaban las manos.
Renata tiró de mi blusa.
—También escuché que dijeron que tenían que usar otra foto porque “esa señora ya tuvo a su bebé”.
Valeria comenzó a llorar.
—Está bien. Basta.
Se abrazó el vientre.
—Sí estuve embarazada. Lo perdí hace unos días y no supe cómo decírtelo.
Andrés cerró la carpeta.
Parecía devastado.
Por un momento incluso yo pensé que todo podía tener una explicación dolorosa.
Hasta que Renata señaló la fotografía del ultrasonido enmarcada sobre una consola.
—Pero esa foto llegó después de que se quitó la barriga.
Andrés levantó la vista.
Y por primera vez aquella noche comprendí que el problema no era únicamente un embarazo falso.
¿Tú habrías creído la explicación de Valeria o también habrías empezado a investigar?
PARTE 2
Después de sacar a Renata del comedor, Andrés me pidió que no regresara al departamento de servicio.
—Quédate cerca de Claudia —me dijo—. Y no dejes sola a tu hija.
No pregunté por qué.
Ya lo había entendido.
Valeria no solo estaba preocupada porque su mentira se descubriera. Había intentado recordarme que podía perder el empleo, la vivienda e incluso ser acusada por el brazalete desaparecido.
Claudia, hermana de Andrés, llamó a Teresa Figueroa, la abogada que manejaba desde hacía años los asuntos personales de la familia. La carpeta que estaba sobre la mesa no había sido preparada por ella.
Ese fue el siguiente problema.
—Yo autoricé una versión de 18 páginas —dijo Teresa después de revisar el documento—. Esta tiene 21.
En 3 hojas nuevas se establecía que, en caso de incapacidad temporal de Andrés, la persona designada por él podría ejercer sus votos en determinadas decisiones de Cárdenas Desarrollos mientras el consejo resolvía su situación.
La persona designada era Valeria.
—Yo nunca aprobé esto —dijo Andrés.
Su firma aparecía escaneada al final de un anexo.
El doctor Sainz intervino.
—Están convirtiendo un error administrativo en una conspiración.
Yo miré a Andrés.
—¿Puedo enseñarte otra cosa?
Saqué de mi bolsa 2 sobres vacíos que había guardado durante la semana.
Eran de una farmacia de medicamentos especializados.
Los dos estaban a nombre del doctor Sainz, pero habían sido entregados en la casa.
—Los encontré al sacar la basura de tu oficina.
Andrés frunció el ceño.
—¿Qué contenían?
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