Una pausa demasiado larga.
Luego Alejandro volvió a hablar.
—Antes de despegar, quiero hacer algo que nunca había hecho durante un vuelo.
Bajé lentamente el teléfono.
—Hay una persona muy especial en este avión —continuó—. Una persona que significa absolutamente todo para mí.
Mateo abrió los ojos.
—¡Nos descubrió!
Empezó a levantarse.
Yo también estuve a punto de hacerlo.
Hasta que Alejandro dijo:
—Valeria… sé que esto no era parte del plan.
Mi cuerpo se quedó helado.
Mateo me miró confundido.
—Mamá… ¿quién es Valeria?
No respondí.
Porque en ese mismo instante, varias filas delante de nosotros, una mujer de unos treinta años se llevó ambas manos al rostro.
La gente comenzó a aplaudir.
Y Alejandro siguió hablando.
—Pero después de todo lo que hemos pasado durante estos últimos meses, ya no quiero esconder lo que siento.
Sentí que el aire de la cabina desaparecía.
Mateo seguía mirándome.
—Mamá…
La mujer llamada Valeria se puso lentamente de pie.
Entonces una sobrecargo caminó hacia ella sosteniendo algo pequeño en la mano.
Y cuando vi lo que era, entendí que nuestra sorpresa acababa de convertirse en algo completamente distinto.
Porque aquello parecía una caja de anillo.
Pero antes de que Alejandro dijera una sola palabra más, el teléfono que yo sostenía vibró.
Había llegado un mensaje deun número desconocido.
Solo decía:
“Antes de creer lo que estás viendo, revisa el asiento 18A. Alejandro no sabe toda la verdad sobre esa mujer.”
Levanté la mirada.
El asiento 18A estaba apenas cuatro filas delante de nosotros.
Y alguien acababa de dejar allí un sobre amarillo con mi nombre escrito a mano.
No recuerdo haber caminado hasta el asiento 18A.
Solo recuerdo la mano de Mateo aferrada a la mía y aquella frase repitiéndose dentro de mi cabeza:
“Alejandro no sabe toda la verdad sobre esa mujer.”
Mientras varios pasajeros aplaudían a Valeria, yo avancé cuatro filas tratando de no mirar hacia el frente.
El sobre amarillo seguía allí.
Mi nombre estaba escrito con tinta negra:
Lucía Hernández.
No “señora de Ramírez”.
No “esposa del capitán”.
Mi nombre completo.
Eso significaba que quien lo había dejado sabía exactamente quién era yo.
—Mamá —susurró Mateo—, ¿qué está pasando?
—Todavía nolo sé, mi amor.
Tomé el sobre.
Pesaba más de lo esperado.
Regresamos a nuestros asientos y lo abrí debajo de mi chamarra.
Dentro había tres fotografías, una copia de una transferencia bancaria y una hoja doblada.
La primera fotografía mostraba a Valeria entrando a un hotel en Polanco.
La segunda, a Alejandro bajando de un automóvil frente al mismo lugar.
Sentí náuseas.
Las fechas coincidían.
Tres meses atrás.
El día en que Alejandro me había dicho que su vuelo a Cancún se había retrasado y tendría que pasar la noche fuera.
Tuve que agarrarme del descansabrazos.
Pero entonces vi la tercera fotografía.
Y todo cambió.
Alejandro no aparecía en ella.
Valeria estaba sentada en una cafetería frente a un hombre de unos sesenta años.
Lo reconocí inmediatamente.
Roberto Ramírez.
Mi suegro.
El hombre que llevaba casi dos años sin hablar con Alejandro después de una pelea familiar que ninguno de los dos quiso explicarme.
Debajo de la fotografía alguien había escrito:
“No es una aventura. Pregunta por los 2.8 millones.”
Abrí la copia bancaria.
Era una transferencia por 2,800,000 pesos.
Ordenante: Roberto Ramírez.
Beneficiaria: Valeria Montes.
Fecha: hacía cuatro meses.
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