Mi marido me obligó a alimentar la casa con 50 pesos diarios y todavía exigió:

PARTE 1

—Con 1,500 pesos tienes de sobra para alimentar la casa todo el mes. Si no te alcanza, es porque no sabes ser esposa.

Mariana dejó la calculadora sobre la mesa y miró a su marido como si acabara de hablar en otro idioma. Frente a ella había recibos de luz, agua, gas y el estado de cuenta del supermercado. Afuera, la mañana de Guadalajara comenzaba con el ruido de los camiones y el pregón del señor que vendía tamales en la esquina.

—¿Mil quinientos para comida, artículos de limpieza y todo lo demás? —preguntó.

Óscar se acomodó el saco frente al espejo del pasillo. Desde que lo ascendieron a supervisor en una agencia de pisos importados, tardaba más en admirarse que en despedirse de ella.

—Es un presupuesto. Aprende a organizarte. Mi mamá crió a 3 hijos con menos.

—Tu mamá tenía gallinas, un huerto y vivía en un pueblo hace 30 años. Nosotros estamos en una ciudad donde un kilo de carne cuesta casi 200 pesos.

Óscar sonrió con superioridad.

—Yo pago la renta y los servicios. Tú eres la encargada de la casa. Además, estoy ahorrando para algo importante para mi imagen profesional.

—¿Y tú qué vas a comer?

—Comida normal. Carne, guisados, sopa. Trabajo todo el día y necesito alimentarme bien.

Mariana comprendió entonces que no se trataba de una broma. Él esperaba cenar como siempre mientras ella hacía magia con 50 pesos diarios.

—No voy a poner dinero extra —dijo.

—Ya veremos.

Óscar cerró la puerta y se fue perfumado, satisfecho, convencido de haber impuesto una nueva regla.

Mariana trabajaba en el archivo de una biblioteca pública. Su sueldo era modesto, pero sabía comparar precios, aprovechar ofertas y evitar gastos innecesarios. Hasta ese mes, ambos aportaban al hogar. Sin embargo, Óscar había decidido reducir su parte sin preguntarle, como si su salario le diera derecho a convertirla en administradora de la pobreza.

Esa tarde compró leche, huevos, tortillas, arroz, frijoles, 1 kilo de papa, jabón y un paquete de pasta. Pagó 438 pesos.

Al ver el recibo, soltó una risa seca.

Aquella noche sirvió sopa aguada con papa y fideos. Óscar revolvió el plato con cara de asco.

—¿Dónde está la carne?

—En tu presupuesto no apareció.

—Busca promociones.

—Las promociones no convierten 1,500 pesos en 6,000.

Óscar se comió la sopa refunfuñando. Luego encontró un pedazo de queso y se lo terminó sin ofrecerle.

Durante los días siguientes, Mariana mantuvo su palabra. Preparó frijoles, arroz, pasta con jitomate y papas con cebolla. Ella comía en la cafetería de la biblioteca, donde el menú para empleados era barato, y guardaba parte de su sueldo. También compraba alimento para Canela, la gata naranja que dormía junto a la ventana.

Óscar llegaba oliendo a tacos al pastor o hamburguesa. Evidentemente comía fuera, pero no dejaba un peso más.

El sábado, mientras limpiaba el clóset, Mariana encontró un recibo doblado dentro del saco de su marido.

Rines deportivos de lujo: 46,000 pesos.

Llantas de perfil bajo: 28,000 pesos.

Fecha de compra: 2 días antes.

Mariana se sentó en la cama con el papel temblándole entre los dedos.

No estaban pasando dificultades.

Óscar la había puesto a contar tortillas para presumir un automóvil viejo con ruedas nuevas.

Y entonces leyó, al pie del recibo, una anotación escrita a mano:

“Anticipo pagado con transferencia de Teresa Cárdenas”.

Teresa era la madre de Óscar.

Mariana levantó la mirada lentamente.

Su suegra llegaría a quedarse con ellos el jueves.

Y Óscar todavía no sabía que ella acababa de descubrir algo mucho peor que unos rines.

PARTE 2

Mariana no enfrentó a Óscar. Guardó el recibo, tomó una fotografía y continuó sirviendo cenas económicas como si nada hubiera ocurrido.

El martes, él anunció que su madre llegaría antes de lo previsto porque repararían las tuberías de su departamento.

—Quiero la casa impecable —ordenó—. Prepara carne en su jugo, ensalada, sopa y algo de postre. Mi mamá no debe pensar que vivimos mal.

—Quedan 180 pesos del presupuesto.

Óscar apartó el teléfono, irritado.

—Pon de tu dinero.

—Mi sueldo cubre mis pasajes, mis comidas y mis gastos. Tú decidiste cuánto valía alimentar esta casa.

Él se levantó y golpeó la mesa con la palma.

—¡Soy el hombre de la casa y yo decido! Quiero una cena decente cuando llegue mi madre. Resuélvelo como puedas.

Canela huyó debajo del sofá. Mariana sostuvo su mirada sin parpadear.

—Está bien. Habrá carne.

Óscar sonrió, creyendo que por fin la había doblegado.

Al día siguiente, Mariana pidió salir temprano de la biblioteca y fue al Mercado de Abastos. Don Rubén, un vecino que trabajaba como vigilante, la llevó a la zona donde algunos carniceros vendían recortes para caldo y alimento animal.

Con los últimos 180 pesos compró 2 kilos de patas y cabezas de pollo, pellejos, cartílagos y un enorme hueso de res sin una sola tira de carne. Lo lavó, lo hirvió con ajo, cebolla y laurel, y dejó que el aroma llenara el departamento.

Teresa llegó a las 6 de la tarde. Era una mujer robusta, de cabello perfectamente acomodado y mirada capaz de detectar polvo a 5 metros.

—El pasillo está más oscuro de lo que recordaba —dijo en lugar de saludar—. Traje chiles en vinagre porque a mi hijo le gustan.

Óscar apareció con una camisa nueva y la acompañó hasta la mesa. El mantel blanco, la vajilla reservada para ocasiones especiales y las servilletas de tela hacían parecer que se celebraría un aniversario.

—Mariana sabe lucirse cuando quiere —presumió él.

Ella puso frente a su suegra una fuente cubierta.

—Preparé exactamente lo que permitió el presupuesto de Óscar.

Al retirar la tapa, Teresa quedó inmóvil.

Sobre la fuente había una montaña de patas de pollo con uñas, cabezas hervidas y cartílagos brillantes. En el centro descansaba el hueso de res, blanco y enorme, como una burla.

—¿Qué porquería es esta? —gritó Óscar.

—La carne que alcanza con 180 pesos después de alimentar la casa 3 semanas.

Teresa miró a su hijo.

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