MI PADRE ME CORRIÓ A LOS 18 POR MI PASIÓN POR EL MAQUILLAJE – 12 AÑOS DESPUÉS, REGRESÓ A ROGARME
Lo primero que mi padre me dijo después de doce años de absoluto silencio fue que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa si yo aceptaba regresar a la Avenida del Sol. En ese momento yo estaba en la puerta de mi departamento en la Ciudad de México, sosteniendo una esponja de maquillaje húmeda en una mano y una brocha a medio limpiar en la otra. Por unos instantes, realmente llegué a pensar que mi imaginación me estaba jugando una broma pesada. Ricardo Martínez no se parecía en nada al hombre autoritario que me ordenó salir de su casa el mismo día que cumplí dieciocho años. Aquel Ricardo de mi juventud siempre lucía impecable, con camisas perfectamente almidonadas y una voz que obligaba a todos a guardar silencio. El hombre que tenía frente a mí se veía acabado, con el saco lleno de arrugas y el cabello completamente canoso.
Le respondí con frialdad que se había equivocado de domicilio, recordándole que él mismo dejó muy claro hace más de una década que esa dirección ya no me pertenecía. Ricardo bajó la mirada con pesadez y, justo cuando estaba a punto de cerrarle la puerta en la cara, sacó una fotografía vieja de su saco. Mi padre nunca había sido alguien que temiera dar malas noticias, pero esta vez sostenía esa imagen como si tuviera el peso de una montaña sobre sus hombros. Me preguntó si mi hermano Rodrigo no me había llamado para contarme lo sucedido. Rodrigo es mi hermano gemelo, alguien de quien fui inseparable durante los primeros dieciocho años de mi vida, pero que en los siguientes doce años decidió que era mucho más sencillo borrarme de su existencia.
Tomé la fotografía y sentí que el mundo se detenía bajo mis pies. Mi madre, Silvia, aparecía sentada junto a la ventana, pero el lado izquierdo de su rostro estaba marcado por cicatrices profundas y dolorosas. Ricardo me explicó entre suspiros que todo fue a causa de una explosión accidental en la cocina hace cinco meses. Sentí una oleada de furia al darme cuenta de que nadie se dignó a avisarme sobre una tragedia de tal magnitud. Él se limitó a decir que no estaba seguro de si yo atendería el teléfono, pero la cruda realidad era que simplemente había esperado demasiado tiempo para buscarme.
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