La luna de miel en Los Cabos parecía perfecta en las fotos. Diego subía historias abrazando a Marisol frente al mar, con frases como “mi esposa, mi bendición”. Ella sonreía, pero por dentro sentía que algo no encajaba.
Cada madrugada, el celular de Diego vibraba. Él se levantaba, salía al balcón y hablaba bajito.
—Son clientes de Estados Unidos, amor. Diferencia de horario —decía siempre.
Una noche, mientras Diego se bañaba, Marisol vio su maleta abierta. No quería revisar nada, pero recordó los ojos de Bruno. Metió la mano en un bolsillo interior y encontró una bolsa oculta.
Dentro había un pasaporte.
La foto era de Diego.
Pero el nombre decía: Mauricio Herrera Rivas.
Otra fecha de nacimiento. Otra firma. Otra vida.
Marisol tomó una foto con el celular y guardó todo antes de que él saliera del baño.
—¿Pedimos algo de cenar? —preguntó Diego, sonriendo como si nada.
—Sí, mi amor —respondió ella, con el corazón golpeándole las costillas.
Al volver a Guadalajara, Marisol fue directo con Sofía. Le enseñó la foto del pasaporte. Su hermana no dijo “te lo dije”. Solo palideció.
—Yo investigué su empresa —confesó—. Valtierra Capital no tiene oficinas. La dirección fiscal es una paquetería. Y los supuestos papás que llevó a la notaría… no son sus papás. El señor sale en comerciales locales. La señora es actriz de reparto.
Marisol sintió náuseas.
Esa misma tarde recibió una llamada de número desconocido.
—¿Usted es la esposa de Diego Valtierra?
—Sí. ¿Quién habla?
—Me llamo Adriana. Yo también fui su esposa, pero conmigo se llamaba Mauricio. Me quitó mi casa, mis ahorros y casi mi vida. No lo enfrente. Si él sabe que usted sospecha, va a desaparecerla primero emocionalmente… y luego de cualquier otra forma.
La llamada se cortó.
Sofía consiguió una reunión con Adriana en una cafetería de Querétaro. La mujer llegó con lentes oscuros y una carpeta vieja. Les mostró fotos, actas, estados de cuenta. Todo era real.
—Primero te enamora. Luego te separa de tu familia. Después te convence de firmar poderes, vender propiedades o contratar seguros. Cuando ya no le sirves, ocurre una desgracia.
Adriana habló de otras dos mujeres. Una viuda de León. Una empresaria de Puebla. Ambas habían muerto en accidentes extraños después de cambiar beneficiarios.
—Y en los dos casos —dijo Adriana—, desapareció una mascota antes de que todo empeorara.
Marisol sintió que el aire se le iba.
—Bruno…
Sofía contactó a Raúl Medina, un exinvestigador amigo de su papá. Él revisó los documentos, escuchó todo y dijo algo que Marisol jamás olvidó:
—Ese perro fue el único que vio al monstruo sin disfraz.
Dos días después, Raúl consiguió el registro de una veterinaria.
Nombre del solicitante: Diego Valtierra.
Mascota: Bruno.
Procedimiento: eutanasia.
Fecha: un día después de la boda cancelada.
Marisol no gritó. No lloró. Solo se quedó mirando la hoja, como si una parte de ella acabara de morirse.
Bruno nunca estuvo en una ranchería.
Diego lo había mandado matar.
Y en ese instante Marisol entendió que ya no estaba huyendo de su esposo: estaba preparándose para desenmascararlo.
¿Qué creen que debería hacer Marisol ahora: escapar en silencio o quedarse para reunir pruebas y hundirlo para siempre?
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