Mi prima Olivia me pidió que escondiera las manos durante las fotos de su graduación. Yo había pagado su vestido azul, sus arreglos y buena parte de sus estudios, pero frente a sus nuevas amigas le daba vergüenza decir que la modista del pequeño taller era su familia.
—No me toques ahorita, Ruth. Ya quedaron las fotos finas —me dijo, mirando las marcas de agujas en mis dedos.
Estábamos en el jardín de un salón de eventos en León, Guanajuato. Faltaba poco para que comenzara la ceremonia y yo tenía dos alfileres entre los labios, una cinta azul en la mano y el corazón lleno de una alegría que todavía no sabía que iba a convertirse en vergüenza.
Olivia acababa de cumplir veinticuatro años. Yo tenía treinta y nueve y llevaba casi la mitad de mi vida trabajando frente a una máquina de coser. Cuando ella entró a la universidad, cuatro años atrás, fui la primera en ofrecerle ayuda.
Nunca se lo presumí.
Le mandaba dinero para los camiones, los materiales y algunas comidas cuando las cuentas no le alcanzaban. Yo no pude terminar la escuela. Aprendí costura con una tía y después abrí mi taller, en un local donde el techo goteaba cada temporada de lluvias.
Por eso, cuando Olivia me mostró su carta de aceptación, lloré sentada en el banco donde cortaba uniformes. Pensé que verla graduarse sería una forma de celebrar también todo aquello que yo no había podido estudiar.
El vestido azul fue mi regalo.
Olivia lo escogió en el taller de Lucía, una diseñadora de León. Quería un corte especial, con el cuello trabajado a mano y un broche delicado que todavía estaba por llegar. Como yo no dominaba ese diseño, preferí pagarle a una profesional para que mi prima llevara exactamente lo que soñaba.
Trabajé varias noches hasta la madrugada para cubrirlo. También pagué su peinado, maquillaje y otros arreglos de aquel día. No esperaba una medalla. Sólo quería verla feliz.
Pero aquella tarde, cuando la fotógrafa propuso una foto de las dos, Olivia me sujetó de las muñecas y me bajó las manos.
—Es que tus dedos están muy maltratados —murmuró—. No combinan con el vestido. Mejor salimos juntas otro día.
Una de sus amigas, que llevaba un vestido color vino, nos miró con curiosidad.
—Oye, Oli, ¿ella trabaja aquí?
Mi prima tardó un segundo en responder.
—Vino a ayudarme con unos ajustes. Es casi de la familia.
Casi.
Esa palabra me dolió más que cualquier pinchazo de aguja. Mi propia madre, que estaba a unos pasos, escuchó todo y fingió buscar algo en el estacionamiento.
Me quedé inmóvil, sosteniendo la cinta azul que marcaba el lugar donde Lucía colocaría el último broche.
—Soy su prima —aclaré con tranquilidad.
Olivia sonrió de una manera que yo conocía desde que era niña, cuando quería que los demás pensaran que todo estaba bajo control.
—Ay, Ruth, no empieces. Hoy es mi graduación.
La fotógrafa bajó la cámara, incómoda. Le expliqué que faltaba una pieza del vestido y que la diseñadora llegaría en cualquier momento.
Olivia frunció el ceño.
—No hace falta que estés contando todo. Lucía me regaló el vestido porque le encantó mi proyecto de graduación.
Sentí que se me helaban las manos.
—Olivia, tú sabes que eso no es cierto.
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