Esa noche no durmió.
A las tres de la mañana me despertó.
—¿Vos seguís hablando con Martín?
—¿Cuál de todos?
Casi se cae de la cama.
Los días siguientes fueron maravillosos.
—¿Ese Lucas era el alto?
—Sí.
—¿Y era lindo?
—Depende… en las fotos salía mejor.
Cinco minutos después…
—¿Y por qué terminaron?
—¿Cuál de todos?
Otra vez la misma cara.
Llegó un momento en que empezó a preguntar cosas insólitas.
—¿Alguno toca la guitarra?
—Sí.
—¿Y canta?
—También.
—Qué pesado…
Yo casi lloraba de la risa.
El viernes apareció con una idea.
—Estuve pensando…
—A ver.
—Capaz… no hace falta invitar a mi ex.
—¿No?
—No. Ya cerré el ciclo.
—¡Qué rápido! Hace dos días era indispensable.
—Reflexioné.
—¿Y mis ex?
—Ellos tampoco.
—¿Por qué?
—Porque… porque no corresponde.
Le sonreí.
—Ah, ahora no corresponde.
Suspiró.
—Está bien… entendí.
Entonces le confesé la verdad.
—Tengo una noticia.
—¿Cuál?
—Nunca invité a nadie.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—La mitad de esos nombres eran compañeros del secundario… y dos eran primos de una amiga.
Me miró con la boca abierta.
Después empezó a reírse.
—Me hiciste sufrir toda la semana.
—Exactamente el tiempo que pensabas hacerme sufrir a mí viendo entrar a tu ex por la puerta de nuestra boda.
Levantó las manos.
—Perdón… fui un idiota.
—Un poquito.
Desde ese día jamás volvió a mencionar el famoso “cierre de ciclo”.
Y cuando algún amigo le preguntaba por qué no había invitado a su ex, respondía:
—Porque aprendí que los ciclos se cierran con terapia… no con un salón de fiestas lleno de gente.
Y ustedes, ¿qué habrían hecho en mi lugar: aceptaban que fuera la ex o le daban una cucharada de su propia medicina como hice yo?
Mi prometido quería invitar a su ex novia para cerrar el ciclo. Yo invité a todos mis ex…