PARTE 2
Saqué un documento de la carpeta y lo puse frente a Alejandro.
—La venta sí se cerró hoy —dije—, pero el dinero no cayó en nuestra cuenta mancomunada.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Qué quieres decir?
—Que está protegido en un fideicomiso a mi nombre. Solo mío.
La boca de Teresa quedó entreabierta.
—¿Moviste ese dinero sin consultarlo con tu esposo?
—No lo moví. Lo protegí.
Alejandro bajó dos escalones de golpe.
—Mariana, ¿por qué harías algo así?
Lo miré con una frialdad que ni yo sabía que tenía.
—Porque nunca fue tuyo decidir qué hacer con él.
Su mandíbula se tensó.
—Estamos casados.
—Y aun así te sentiste con derecho a repartir una herencia que ni siquiera habías visto depositada.
—Alejandro solo quería hacer lo correcto —espetó Teresa.
—Lo correcto habría sido preguntarme.
Se hizo un silencio pesado. Yo ya no sentía rabia. Sentía claridad. Y la claridad, cuando llega después de una traición, da miedo.
Dos semanas antes había entrado a su estudio y lo vi cerrar de golpe una hoja de cálculo. Me dijo que estaba ayudando a Rodrigo a “organizar sus finanzas”. Esa misma noche me preguntó, con demasiada casualidad, cuánto tardaría el banco en liberar el dinero, cuánto impuesto tendría que pagar y si la notaría podía transferirlo de forma directa. En ese momento me incomodó. Pero todavía quería creer que mi matrimonio era un lugar seguro.
Qué tonta fui.
—Necesito que se vayan de mi casa —dije.
Teresa soltó una risa seca.
—Esta es la casa de mi hijo.
—No. Es nuestra casa. Y si quieres hablar de propiedad, también podemos hablar de todo lo demás.
Alejandro bajó la voz, como si yo fuera una mujer histérica a punto de romper los platos.
—No hagas un drama de esto.
Casi sonreí.
️️ continúa en la página siguiente ️