PARTE 1
—Vendimos el piano de tu abuela y con ese dinero le compramos una camioneta a Renata.
Valeria creyó haber escuchado mal. Frente a ella, su padre sostenía un vaso de tequila con la tranquilidad de quien comenta el clima. Su madre acomodaba flores sobre la mesa y su hermana menor hacía girar entre los dedos las llaves de una camioneta alemana nueva.
El piano había pertenecido a la bisabuela Amparo desde 1901. Era un Steinway negro, desgastado en las esquinas, que había sobrevivido mudanzas, crisis económicas y cuatro generaciones de mujeres. Para la abuela Elena no era un mueble: era la voz de su madre, el recuerdo de su juventud y el lugar donde había enseñado a Valeria a tocar cuando apenas alcanzaba los pedales.
Desde que Elena sufrió su segundo infarto y entró en cuidados paliativos, Valeria era la única que la visitaba todos los días. Ricardo siempre tenía trabajo, Patricia decía estar ocupada con los trámites y Renata nunca podía cancelar sus compromisos sociales.
—¿La abuela autorizó la venta? —preguntó Valeria.
Nadie respondió.
Su madre, Patricia, se acercó y bajó la voz.
—Tu abuela está muy delicada. Si le cuentas y se altera, tú cargarás con la culpa de lo que le pase.
Valeria sintió que la amenaza le apretaba el pecho. Desde niña había sido la hija responsable: la que acompañaba a los enfermos, resolvía problemas y cedía para evitar escándalos. Renata, en cambio, siempre había sido la favorita. Bonita, sociable y comprometida con Santiago, hijo de una familia adinerada de Guadalajara, era el proyecto del que sus padres presumían.
Según Ricardo, la camioneta ayudaría a Renata a “estar al nivel” de sus futuros suegros. Habían vendido el piano por 1 millón 700 mil pesos a un coleccionista de Monterrey.
—Tú ni siquiera tienes una casa donde ponerlo —dijo Renata—. No entiendo por qué haces tanto drama.
Valeria salió sin contestar. Esa noche sostuvo una fotografía antigua de Elena tocando el piano durante una celebración familiar. Recordó lo que su abuela le había dicho dos semanas antes, en la habitación del hospicio:
—Ese piano será tuyo. Prométeme que no permitirás que lo conviertan en dinero.
Valeria había prometido sin dudar.
A la mañana siguiente regresó al hospicio. Se sentó junto a Elena y le contó todo, sin suavizar la verdad. Esperaba verla llorar o sufrir una crisis. Pero la anciana permaneció inmóvil, con los ojos clavados en la ventana.
Luego extendió la mano.
—Dame mi teléfono.
Buscó un contacto y llamó.
—Licenciado Salgado, ya llegó el momento. Quiero que prepare las carpetas. El domingo, durante el cumpleaños de Patricia, en mi casa.
Colgó y miró a Valeria con una serenidad inquietante.
—Abuela, ¿qué vas a hacer?
Elena sonrió apenas.
—Dejar que mientan delante de todos.
El domingo, Ricardo planeaba presentar la camioneta como “el último regalo de una abuela amorosa”. Lo que ninguno de ellos sabía era que Elena llevaba años esperando una razón para abrir un expediente que podía destruirlos.
¿Qué harías tú: guardar silencio para evitarle dolor a una mujer enferma o contarle la verdad aunque toda la familia te culpara?
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