PARTE 2 Al amanecer, Clara ya estaba caminando hacia el puente.
PARTE 2
Al amanecer, Clara ya estaba caminando hacia el puente.
Llevaba una bolsa con cuatro bolillos, seis huevos cocidos, dos plátanos y una botella de agua.
También cargaba una cobija vieja que había traído desde la casa de sus padres, en Oaxaca de Juárez.
Encontró a los gemelos abrazados detrás de unos costales.
Juan José abrió los ojos primero.
—¿Nos va a llevar con la policía, maestra?
Clara se agachó frente a ellos.
-No.
—¿Entonces por qué volvió?
Ella respiró hondo.
Ni siquiera sabía cómo explicar lo que estaba a punto de hacer.
—Porque no deberían estar viviendo aquí.
José Luis apretó la mano de su hermano.
—No robamos nada.
—Ya sé.
—Los señores del mercado dicen que somos rateros.
—Yo no creo eso.
Clara les mostró la bolsa de comida.
Los niños no se acercaron.
Primero miraron alrededor, como si esperaran que alguien saliera para golpearlos o quitarles los bolillos.
—Pueden comer —dijo ella—. No tienen que pelearse. Hay para los dos.
Juan José tomó un bolillo.
José Luis guardó el suyo debajo de la camisa.
—¿Por qué lo escondes? —preguntó Clara.
El niño bajó la mirada.
—Para la noche.
Ahí fue cuando Clara terminó de decidirlo.
Los llevó al cuarto que rentaba a tres calles del mercado de Ixtlán de Juárez.
Era un espacio pequeño, con techo de lámina, una cama individual, una mesa de madera y una parrilla de dos quemadores. Pagaba $480 pesos al mes.
Su sueldo como maestra apenas llegaba a $2,750 pesos.
Aun así, ese mismo día gastó $630 pesos en dos mudas de ropa, jabón, cepillos de dientes y un par de huaraches para cada uno.
La señora de la tienda la observó mientras medía los zapatos sobre los pies sucios de los niños.
—¿Son familiares suyos?
Clara dudó.
—Todavía no.
Esa palabra se le salió sin pensarlo.
Todavía.
Cuando volvió a la escuela con los gemelos bañados y vestidos, la directora Aurelia Santibáñez la esperaba junto al portón.
Tenía los brazos cruzados.
—Te dije que no te involucraras.
—Solo quiero que entren a clases.
—No tienen acta de nacimiento.
—Podemos conseguirla.
—No tienen tutor.
—Yo puedo hacerme responsable mientras encontramos una solución.
La directora soltó el aire por la nariz.
—Clara, llevas dos días aquí. No conoces este pueblo.
—Conozco lo suficiente para saber que dos niños no deberían comer de la basura.
El patio quedó en silencio.
Algunos alumnos miraban desde las ventanas.
Aurelia se acercó y bajó la voz.
—Yo también fui joven. También pensé que podía salvar a todos. Después aprendes que hay problemas que te comen viva.
—Entonces déjeme cometer mi propio error.
La directora sostuvo su mirada durante varios segundos.
Después abrió el portón.
—Que se sienten al fondo. Pero si causan problemas, será tu responsabilidad.
Ese fue el primer día que Juan José y José Luis entraron a un salón de clases.
No sabían leer.
No podían escribir sus nombres.
Cuando Clara les dio dos cuadernos nuevos, José Luis preguntó si tenían que devolverlos al terminar la clase.
—Son suyos.
—¿Aunque los llenemos?
—Aunque los llenen.
Los niños se miraron.
Luego acariciaron las portadas como si fueran algo demasiado valioso para tocarse.
Durante las primeras semanas, Clara casi no durmió.
Los gemelos escondían tortillas debajo de la almohada.
Se despertaban cuando escuchaban pasos en la calle.
Juan José mojaba la cama y después intentaba lavar las sábanas antes de que Clara se diera cuenta.
José Luis se quedaba sentado junto a la puerta con una escoba en las manos.
—¿Qué haces ahí?
—Estoy cuidando.
—¿Cuidando qué?
—Que no venga nadie a sacarnos.
Clara se sentaba a su lado.
—Nadie va a sacarlos esta noche.
Nunca les prometía más que eso.
Esa noche.
Al día siguiente, volvía a repetirlo.
El trámite ante el DIF fue peor de lo que imaginó.
Tuvo que viajar tres veces hasta Oaxaca de Juárez.
Cada viaje le costaba casi $120 pesos entre camiones y comida.
En una oficina de la colonia Reforma, una trabajadora social revisó sus documentos sin levantar la cabeza.
—Es soltera.
—Sí.
—Tiene veintitrés años.
—Sí.
—Renta un cuarto.
—Sí.
Continua en la siguiente pagina