Yo no sabía qué hacer con las manos.
—Te escribí cosas horribles de ti —siguió, sin limpiarse la cara—. Que eras una tonta. Que no salías del cuarto. Que no sospechabas nada. Se las escribí a ella.
—El “puro arroz” —dije yo, bajito.
—Para que ella lo leyera y se durmiera tranquila, creyendo que jamás ibas a enterarte. Que su secreto estaba a salvo conmigo. —Se le quebró—. Le juré que nunca ibas a saber. Y le fallé hoy en la tarde. Se me ponchó la llanta en el periférico y dejé el teléfono en la barra.
Una llanta.
Un año entero de silencio, de hambre, de que yo lo despreciara en mi cama, deshecho por una llanta en el periférico.
—El dinero del mandado —dije, cayéndome el veinte de a poquito—. No alcanzaba de verdad.
—No alcanzaba —dijo—. Entre la renta de aquí y lo que no cubre el Seguro, no me alcanzaba para las dos casas. Y no supe hacerlo mejor. Les quité a ustedes. Les quité a mis hijos. Lo hice mal, lo hice todo mal.
Y ahí estaba mi marido. El descarado que yo había sacado a la banqueta con tres bolsas negras enfrente de todo el edificio. Deshecho, oliendo a hospital, pidiéndome perdón por haberme escondido a mi propia hermana para que no me doliera.
Por la puerta entreabierta la vi.
Un bulto chiquito debajo de una cobija. Respirando despacito, con esfuerzo. Tan flaca que casi no levantaba la sábana.
Mi hermana. A tres metros. Después de cuatro años.
No mandé nada a ninguna abogada. Nunca hubo abogada. Los “papeles del fraude” me los inventé de coraje esa tarde, igual que la alberca, igual que la amante. Todo me lo inventé yo.
El teléfono se me quedó muerto en la bolsa del suéter. Entré al cuarto.
Me arrodillé junto a la cama. De cerca era peor. Era mi hermana y no era, como cuando ves a alguien tuyo y el cuerpo ya está de salida.
Yaretzi abrió los ojos. Tardó en encontrarme, los tenía nublados. Y cuando por fin me halló, no se asustó. No se sorprendió.
Como si me hubiera estado esperando esos cuatro años completos.
—Perdóname —le dije. Fue lo único que me salió de todo lo que traía adentro—. Perdóname, Yaretzi. Perdóname.
Me apretó la mano. Poquito. Lo que le quedaba de fuerza, que era casi nada, me lo dio en ese apretón.
Movió los labios. No le salía voz. Efraín se acercó, porque a él ya le entendía de tanto estar ahí.
—Dice… —me lo repitió con la voz hecha pedazos— dice que si le haces el arroz rojo. El de la mamá. El que haces tú.
El arroz.
El mismo arroz con el que yo maldije un año entero. El “puro arroz” de mi humillación en el súper, el de mis lágrimas de coraje, el que le aventaba yo a mis hijos pensando qué vida tan miserable.
Eso era lo único que mi hermana quería probar antes de irse.
No los cortes de carne de la torre. No los restaurantes del centro. El arroz de la casa de mi mamá. El de mis manos. El de nuestra sangre.
Me paré. Le dije que ahorita volvía, que aguantara tantito, que no se durmiera. Le besé la frente, que la tenía fría.
Manejé a la casa como si me persiguieran. Puse el arroz. El sofrito, el jitomate molido con su ajito, el caldo, el punto de sal, exacto como me enseñó mi mamá, exacto como se lo hacía yo a mis hijos sin saber a quién en el mundo le estaba negando ese plato.
Nunca en mi vida cuidé tanto una olla. Le bajaba la lumbre, la tapaba, la destapaba. No podía quedar mal. No ese. No para ella.
Lo serví en un tupper y salí corriendo con él caliente entre las manos.
Cuando llegué de vuelta a la torre, Efraín estaba sentado en el suelo del pasillo, afuera del cuarto, con la espalda contra la pared.
No me dejó entrar.
Se levantó y me quitó el tupper de las manos despacito, con las dos suyas, con un cuidado que no era para un arroz. Como si adentro trajera yo algo que se pudiera quebrar.
—Se durmió hace como media hora —me dijo, sin verme—. Ya no despertó.
Media hora.
Mientras yo cuidaba que no se me batiera el arroz, que quedara en su punto, que no se pasara de sal, mi hermana se estaba yendo a diez minutos de mi cocina.
No alcancé.
Por media hora, después de cuatro años, no alcancé.
Yo me pasé un año entero llorando de rabia por un plato de arroz.
Y ella se pasó su último año pidiéndome ese mismo plato.
Era el mismo. El de ella y el mío eran el mismo arroz. Y no se tocaron nunca.
Me senté en el suelo de ese pasillo, junto a Efraín, junto al hombre que yo había echado a la calle con sus maletas la tarde anterior. El tupper quedó ahí, sobre sus piernas, calientito, sin dueño.
No se lo di a nadie. Ya no había a quién.
Y ahí, en el piso de mosaico frío de esa torre que yo me imaginé con alberca, abracé a mi marido y le pedí perdón yo a él. Los dos llorando por la misma mujer. El que la escondió por amor y la que la corrió por orgullo, agarrados como náufragos.
Ya pasó medio año.
Los domingos hago el arroz rojo. El de mi mamá, el de mis manos. Toda la casa huele a eso, y mis hijos ya saben lo que significa y se quedan callados.
Sirvo un plato de más. Lo pongo en la orilla de la mesa, del lado de la ventana, que es donde le habría tocado a ella.
Nadie lo toca. Mis niños ya aprendieron que ese no se toca.
Se enfría solito ahí, toda la tarde del domingo, hasta que oscurece.
Es lo único que alcancé a mandarle a mi hermana.
Tarde. Como todo. Siempre tarde.
Parte 2 : “Efraín. Soy Yaretzi.” Eso decía el primer mensaje. De hacía un año. Del día que él volvió blanco de aquella….