Rok El aplauso regresó lentamente al auditorio, pero Vincent Moretti permaneció inmóvil en su asiento.
A su lado, Sophia Reynolds apretaba con tanta fuerza su bolso que los nudillos se le habían puesto blancos.
—Vincent, tenemos que irnos —susurró.
Él no respondió.
Sus ojos estaban clavados en Noah.
Dieciocho años.
El mismo cabello oscuro.
La misma mandíbula.
Incluso aquella manera de inclinar ligeramente la cabeza cuando escuchaba a alguien.
Vincent sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—Sophia —murmuró finalmente—, ¿cuándo nació exactamente el hijo de Claire?
Ella se quedó rígida.
—No lo sé.
Vincent giró lentamente hacia ella.
—Te he hecho una pregunta.
—¡Han pasado dieciocho años! ¿Cómo quieres que lo recuerde?
Pero Vincent ya no la escuchaba.
Porque acababa de comprender algo terrible.
Durante dieciocho años había criado a Ethan creyendo que era su único hijo.
Y ahora, a pocos metros, estaba otro joven que podía llevarsu sangre.
Un hijo que había crecido sin él.
Cuando bajé del escenario, Noah me abrazó con fuerza.
—Mamá, ¿estás bien?
Sonreí, aunque todavía tenía las manos temblorosas.
—Estoy orgullosa de ti, cariño.
Él me observó detenidamente.
—Parecías triste cuando hablaste de papá.
Sentí una punzada en el pecho.
Durante años le había dicho a Noah que su padre no formaba parte de nuestras vidas.
Nunca le conté todos los detalles.
No quería que creciera odiando a un hombre al que jamás había conocido.
—Solo estaba recordando algunas cosas —respondí.
Noah acarició mi mano.
—No tienes que estar triste hoy. Todo esto también es tuyo.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Eres lo mejor que me ha pasado.
Entonces escuché una voz detrás de nosotros.
—Claire.
Me quedé completamente inmóvil.
Conocía aquella voz.
Aunque hubieran pasado cien años, la habría reconocido.
Me volví lentamente.
Vincent Moretti estaba frente a mí.
Parecíamayor.
Había algunas canas en sus sienes y pequeñas arrugas alrededor de los ojos.
Pero seguía teniendo aquella presencia que hacía que las personas se apartaran cuando entraba en una habitación.
—Vincent —respondí.
Sus ojos se llenaron de una emoción que no pude identificar.
—Han pasado dieciocho años.
—Lo sé.
Noah nos miró con curiosidad.
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