Antes de convertirse en dueño de una empresa inmobiliaria, había crecido viendo a su propia madre contar monedas para decidir entre pagar el gas o comprar comida.
Pero hacía años que había conseguido olvidar cómo se sentía.
—¿Tu mamá está enferma?
Lucía patriota.
—Fue a una consulta.
Luego regresó a la máquina.
—Tengo que terminar estas blusas hoy.
—¿Por qué?
—Porque la señora paga $35 pesos por cada una.
Alejandro miró las prendas apiladas.
—¿Y tú las haces?
—Mi mamá hacía más. Ahora se cansa mucho.
Aquella respuesta le cayó peor que cualquier reclamo.
Alejandro había llegado pensando únicamente en los casi $18,000 pesos de renta atrasada.
Ahora estaba mirando a una niña
intentando ganar unas monedas para sostener su casa.
—Mi mamá guardó dinero para usted —dijo Lucía de pronto.
Corrió hacia el colchón.
Metió la mano debajo y sacó un sobre arrugado.
—Me dijo que si venía el dueño se lo entregaría.
Alejandro lo abrió.
Había $720 pesos.
También encontré una hoja doblada.
Era una lista escrita a mano:
“Medicinas: $1,460.”
“Consulta: $600.”
“Despensa: $840.”
“Renta: lo que alcanza.”
Al final había una frase:
“Perdón, señor Cárdenas. No estoy huyendo. Solo necesito un poco más de tiempo”.
Alejandro cerró los ojos.
Sacó varios billetes de su cartera y los dejó sobre la mesa.
Lucía los vio.
—No puedo agarrarlos.
—¿Por qué?
—Mi mamá dice que nunca debemos tomar dinero que no ganamos.
Alejandro se quedó sin respuesta.
Lucía volvió a coser.
La máquina comenzó a sonar otra vez.
Tac, tac, tac.
Sus pequeños pies movían el pedal cada vez más
despacio.
Hasta que su cabeza cayó hacia adelante por el cansancio.
Alejandro sintió que algo le apretaba el pecho.
Roberto no era ningún empleado.
Era su director de operaciones.
Su amigo desde hacía casi quince años.
El hombre que supervisaba personalmente aquel edificio.
—¿Cuándo recibió esto?
—Hace dos meses.
—¿Por qué no llamó a la oficina?
Mariana lo miró fijamente.
—Llamé.
Esa respuesta lo desconcertó.
—¿Con quién habló?
—Con varias personas. Después me comunicaron con el señor Salgado.
Alejandro levantó lentamente la vista.
—¿Y qué le dijo?
—Que usted había decidido remodelar todo el edificio. Que los departamentos con rentas antiguas ya no eran rentables y que tarde o temprano todos tendríamos que salir.
Alejandro sintió un golpe de rabia.
Él había considerado renovar algunas áreas del inmueble, sí.
Pero nunca había autorizado desalojar familias.
Mucho menos de aquella manera.
—Eso es mentira.
—Yo también pensé que podía serlo.
Mariana
caminó hasta un cajón y sacó una carpeta de plástico.
Dentro había recibos, copias y hojas impresas.
—Entonces empezaron las cosas raras.
Puso el primer papel sobre la mesa.
Era un recibo de renta.
—Durante cinco años pagué puntualmente. Siempre.
Sacó otro.
—Después me dijeron que ya no podía depositar en la cuenta habitual.
Otro papel.
—Me dieron una CLABE distinta.
Alejandro tomó el compromiso.
Reconocia el nombre comercial.
Pero la cuenta bancaria no era una de las cuentas que registraba de la empresa.
—¿Cuánto depositó aquí?
—Dos meses completos.
Alejandro levantó la mirada de golpe.
—¿Dos?
-Si.
—Pero en nuestro sistema usted aparece con tres meses vencidos.
Mariana negó con la cabeza.
—Eso es imposible.
Fue por su teléfono.
Buscó entre fotografías y se lo entregó.
Ahí estaban.
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