—Yo no sé nada de eso.
El rey permaneció completamente sereno.
—Entonces seguramente podrá explicarnos por qué la solicitud de acceso salió del ordenador personal de la futura princesa.
El silencio fue absoluto.
Rachel miró a Alejandro.
—Puedo explicarlo.
Pero Alejandro ya no la miraba como a su esposa.
La miraba como a una desconocida.
Entonces uno de los oficiales de seguridad entró apresuradamente.
Susurró algo al oído del rey.
El rostro del monarca cambió.
—Cierren las puertas.
Los guardias obedecieron inmediatamente.
Mi padre avanzó.
—¿Qué está ocurriendo?
El oficial colocó una fotografía sobre la mesa.
La observé.
Y sentí un escalofrío.
Mostraba a Rachel reuniéndose con un hombre frente a un hotel seis semanas atrás.
Yo conocía aquel rostro.
Todos los militares involucrados en aquella misión lo conocíamos.
Se suponía que ese hombre llevaba ocho años muerto.
Alejandro miró a su nueva esposa.
—Rachel…
Su voz apenas fue un susurro.
—¿Quién eres realmente?
Y por primera vez comprendí que quizá mi hermana no me había excluido de su boda porque se avergonzara de mí.
Quizá necesitaba desesperadamente mantenerme lejos porque yo era la única persona presente capaz de reconocer al hombre con quien llevaba meses reuniéndose en secreto
