PARTE 2: EL SECRETO QUE LLEVABA EN EL OÍDO

—¿Qué estás diciendo?

Su padre señaló la caja.

—Que Margaret Ashford no dio a luz a Rosalie.

Gideon se quedó inmóvil.

Rosalie apenas pudo formular la pregunta.

—Entonces ¿quién es mi madre?

Su padre miró a Gideon.

—Pregúntale a los Rook.

Gideon negó inmediatamente.

No entendía.

Entonces Rosalie encontró un documento debajo de las escrituras.

ELEANOR ROOK — BENEFICIARIA ORIGINAL.

Gideon dejó caer el cuaderno.

Rosalie lo miró.

—¿Quién es Eleanor?

Sus manos temblaban cuando escribió.

Mi hermana.

Debajo añadió:

Desapareció la noche en que perdí la audición.

Rosalie volvió al documento.

Una
El silencio cayó sobre el sótano como un balde de agua helada. Ni el crujido de las vigas viejas se escuchaba.

Rosalie se quedó helada, con los ojos clavados en ese pedazo de papel amarillento, mientras el eco del balbuceo de Gideon todavía le retumbaba en el pecho. Merrick fue el primero en reaccionar; soltó una maldición entre dientes y aventó la lupa sobre la mesa de madera.

—No puede ser… Abraham nos mintió a todos —soltó Merrick, pasándose una mano temblorosa por la cara—. Nos hizo creer durante más de veinte años que doña Eleanor había muerto en aquel incendio en el rancho. ¡Hasta fuimos al entierro!

—La tumba está vacía —susurró Rosalie, sintiendo un hueco horrible en la boca del estómago—. Siempre estuvo vacía.

Gideon dio un paso torpe hacia el frente. Con sus manos grandes, callosas y manchadas de tierra, señaló con insistencia la última frase escrita por el viejo patriarca: “Encuéntrenla primero”. Su mirada, antes perdida y apagada, ahora brillaba con una desesperación brutal, como si estuviera suplicándoles que entendieran el peligro que se les venía encima.

—Si Abraham escribió eso antes de morir, no lo hizo por pura nostalgia —dijo Merrick, bajando la voz y mirando instintivamente hacia las escaleras que daban a la planta alta—. Si nosotros encontramos este documento, la gente de Julián tampoco debe tardar en dar con él. Y si ellos la encuentran primero…

—La van a callar para siempre —completó Rosalie, cerrando los puños con rabia—. Por eso Julián tenía tanta prisa en que firmáramos la repartición de las tierras. Si mi madre sigue viva, ningún testamento, ninguna venta y ningún fraude que haya armado ese infeliz tiene validez legal. Ella es la única heredera universal.

De repente, Gideon se agachó con dificultad y, de entre los pliegues de su vieja chamarra de mezclilla, sacó un pañuelo deshilachado que envolvía algo pequeño. Con sumo cuidado lo desenvolvió sobre el escritorio: era una llave antigua de latón con una etiqueta de cartón carcomida por el tiempo, donde apenas se alcanzaban a leer dos letras y un número: Est. San Jerónimo – 44.

Rosalie y Merrick se miraron de golpe.

—La vieja estación de tren abandonada en los límites del pueblo —dijo Merrick, con los ojos abiertos de par en par—. Ahí es donde Abraham guardaba las camionetas de carga en los años noventa.

Afuera, en el camino de terracería que llevaba a la casona, el ruido seco de unos neumáticos frenando de golpe sobre la grava rompió la calma de la noche. Segundos después, las luces altas de dos camionetas blindadas iluminaron las ventanas rotas del sótano.

Gideon se tensó al instante, tomó a Rosalie por el brazo con una firmeza protectora y señaló hacia el túnel de desagüe que daba a la huerta trasera.

—Ya están aquí —susurró Merrick, apagando de un soplido la lámpara de aceite—. Rosalie, agarra los papeles y la llave. Ya no hay vuelta atrás. Si queremos salvar a tu madre y desenmascarar a Julián, tenemos que llegar a San Jerónimo antes de que amanezca.

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