El hombre más poderoso de la región —Don Cástulo— ya había dejado claro que quien ayudara a la viuda… lo pagaría.
Y el miedo, cuando se mete en el pecho, pesa más que la culpa.
La segunda puerta ni siquiera se abrió.
La tercera… un maestro que bajó la mirada y murmuró que tenía familia.
La cuarta, quinta, sexta…
Cada puerta que se cerraba no hacía ruido, pero yo juro que algo dentro de ella se rompía un poco más.
No lloró.
No podía.
Porque su hijo mayor, Mateo, la miraba todo el tiempo.
Con esos ojos que no eran de niño.
Eran ojos que estaban aprendiendo demasiado pronto cómo funciona el mundo.
La niña, Lucía, lloraba sin sonido… con los puños apretados, como si llorar fuerte fuera también un lujo que no podían permitirse.
Al caer la tarde, Severina ya no tenía fuerzas.
Se sentó bajo un árbol seco, partió una tortilla en tres pedazos y les dio los más grandes a sus hijos.
Ella no comió.
—No tengo hambre —mintió.
Mateo no dijo nada.
Pero la miró.
Y esa mirada… dolía más que cualquier palabra.
Pasaron la noche abrazados, temblando de frío.
El bebé dentro de ella no dejaba de moverse, como si también sintiera que el mundo allá afuera no era un lugar seguro.
Al amanecer, Severina miró dos caminos.
Uno llevaba a otro pueblo.
El otro… al cerro.
A la nada.
Y eligió la nada.
No por valentía.
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