La evidencia había parecido devastadora.
El arma homicida era un antiguo cuchillo de caza que había pertenecido a Daniel, el difunto esposo de Elena.
Sus huellas estaban en el mango porque lo había usado muchas veces durante años.
Una chaqueta de Elena apareció en la cajuela de su automóvil con pequeñas manchas de sangre de Marcus.Un vecino aseguró haber visto su camioneta cerca del edificio aquella noche.
Y, apenas 6 horas antes del asesinato, varias personas habían escuchado a Elena discutir con Marcus por la venta de unas tierras familiares.
El jurado tardó menos de 4 horas en declararla culpable.
La sentencia fue muerte por inyección letal.
Desde entonces Elena había repetido la misma frase:
-Yo discutí con Marcus. Pero no lo maté.
Ya nadie quería escucharla.
Excepto, quizá, Robert Hale, el director de la prisión.
Hale llevaba 29 años trabajando en el sistema penitenciario. Había visto a hombres culpables negar sus delitos hasta el último segundo y a otros derrumbarse mucho antes de llegar a la cámara de ejecución.
Elena era diferente.
Nunca había cambiado una sola parte de su historia.
Cuando la solicitud llegó a su escritorio, Hale leyó el nombre de la niña.
Chloe Mercer.
8 años.
La última vez que Elenaque Chloe recordaba negro ahora estaba atravesado por mechones grises.
Durante unos segundos ninguna de las 2 se movió.
Elena fue la primera en romperse.
-Mi niña.
Chloe caminó hacia ella.
No corrió.
No lloró.
Todavía no.
Un oficial soltó una de las esposas de Elena para permitirle abrazarla.
Elena rodeó a su hija con un brazo y cerró los ojos.
Cinco años.
Cinco cumpleaños.
Cinco Navidades.
Cinco primeros días de escuela.
Todo lo que le habían quitado estaba contenido en aquel pequeño cuerpo que temblaba contra el suyo.
-Perdóname -susurró Elena.
Chloe negó con la cabeza.
-Tú no hiciste nada.
Elena abrió los ojos.
-¿Quién te dijo eso?
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬
