La tía Margaret se volvió hacia Patricia.
—Y tú deberías avergonzarte. Esa mujer ha pagado más de lo que cualquiera de nosotros habría hecho por su propia familia.
Patricia no respondió.
Brittany tomó su bolso.
—Yo me voy.
Antes de salir, se volvió hacia mí.
—¿De verdad vas a dejar que todo termine así?
La miré.
—No fui yo quien empezó esta noche llevándose catorce libras de comida que no le pertenecían.
Brittany bajó la cabeza y se marchó.
Uno a uno, los invitados comenzaron a salir.
En menos de veinte minutos, la casa quedó casi vacía.
Solo permanecíamos Daniel, Patricia y yo.
Mi marido se acercó lentamente.
—Claire, podemos arreglarlo.
Me quité el anillo de matrimonio.
Lo coloqué sobre la carpeta azul.
—No, Daniel. Podemos resolver lo que queda pendiente. Pero arreglarlo significaría volver a ser la mujer que era antes, y ya no soy esa mujer.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Te quiero.
Por primera vez, no sentí nada al escucharlo.
Ni rabia.
Ni esperanza.
Ni siquiera tristeza.
Solo una profunda sensación de agotamiento.
—Ojalá me hubieras querido lo suficiente como para demostrarlo cuando todavía estaba intentando salvar nuestro matrimonio.
Subí las escaleras sin mirar atrás.
Esa noche dormí en una habitación de hotel.
No porque no tuviera casa.
Sino porque necesitaba pasar una noche lejos de todos los recuerdos que había intentado convertir en un hogar.
A las 2:13 de la madrugada, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
«Claire, no sabes toda la verdad sobre Daniel. Si quieres descubrir por qué necesitaba acceder a tu empresa, revisa el archivo que dejó en la caja fuerte de su despacho».
Me incorporé en la cama.
El mensaje contenía una fotografía.
En ella aparecía Daniel entrando en un edificio acompañado de una mujer que yo no conocía.
Pero lo que me hizo temblar no fue su rostro.
Fue el documento que la mujer llevaba en la mano.
En la esquina superior podía leerse el nombre de mi empresa.
Y debajo, una cifra que no podía creer.
4.800.000 dólares.
Miré la hora del mensaje.
Había sido enviado hacía menos de un minuto.
Entonces llegó otro.
«No confíes en Patricia. Pero tampoco creas que Daniel actuó solo».
Me quedé mirando la pantalla mientras una nueva sospecha comenzaba a tomar forma.
Tal vez la cena no había sido el principio del fin.
Tal vez había sido la primera vez que alguien había cometido un error lo bastante grande como para obligarme a mirar donde nunca me había atrevido a mirar.
Y si aquel documento era auténtico, mi marido no solo había estado utilizando mi dinero.
Había estado preparando algo mucho más peligroso.
