Parte 2:
La mujer invisible
La camioneta blindada avanzó por Paseo de la Reforma bajo una lluvia fría que convertía las luces de la ciudad en manchas doradas.
Socorro iba sentada junto a Emiliano, con el abrigo viejo sobre las rodillas y el corazón golpeándole como si quisiera romperle las costillas.
—¿Me va a matar? —preguntó sin rodeos.
Emiliano soltó una risa breve, cansada, casi humana.
—Si quisiera matarte, no estarías sentada aquí.
—Entonces, ¿qué quiere de mí?
Él la miró con una seriedad que la desarmó.
—Quiero tus ojos.
Socorro frunció el ceño.
—Tengo 2, como todo el mundo.
—No. Tú tienes los ojos que nadie vigila. Eres invisible porque esta ciudad es cruel con las mujeres que no caben en su idea de belleza. Te subestiman. Hablan delante de ti. Se burlan de ti y, mientras se burlan, confiesan. Eso no se compra con dinero.
Durante 3 semanas, la vida de Socorro cambió de una forma que parecía mentira. Emiliano la instaló en una casa segura en San Ángel, con biblioteca, jardín y una habitación más grande que todo el departamento donde ella había vivido con su madre antes de morir.
No la tocó sin permiso, no la obligó a nada, no permitió que nadie se burlara de ella. Mandó traer a una modista de Guadalajara que quiso vestirla de negro para “disimular”, pero Emiliano la interrumpió con voz helada.
—Ella no tiene que esconderse. Vístala de verde, de vino, de dorado. Que todos la miren y entiendan que no se disculpa por existir.
Socorro bajó la mirada para que nadie viera que estaba a punto de llorar.
Toda su vida le habían pedido que se hiciera pequeña. Y aquel hombre, con todos sus pecados encima, le estaba enseñando a ocupar el mundo sin vergüenza.
Pero no todos aceptaron su presencia.
Leonardo Mijares, el segundo de Emiliano, la odiaba.
Una tarde, Socorro lo escuchó desde la biblioteca, detrás de un sillón de piel.
—Te estás debilitando por una mesera gorda —escupió Leonardo—. Los socios se ríen de ti. Dicen que cambiaste estrategia por lástima.
La voz de Emiliano cayó como piedra.
—Si vuelves a hablar de Socorro así, vas a aprender que la lengua también se puede perder.
Socorro cerró el libro con suavidad.
Leonardo estaba furioso. Y los hombres furiosos cometían errores.
La oportunidad llegó en la gala benéfica del Gran Hotel de la Ciudad de México, una noche donde empresarios, jueces, artistas y criminales fingían donar dinero para niños mientras negociaban favores entre copas de champaña.
Socorro llegó del brazo de Emiliano con un vestido color vino que abrazaba su cuerpo sin ocultarlo. Por primera vez, no caminó pidiendo perdón con la mirada. Caminó como si el piso también le perteneciera.
Dentro del salón, Emiliano atrajo todas las miradas. Socorro hizo lo que mejor sabía hacer: parecer cansada, buscar una silla junto a unas cortinas pesadas y volverse invisible.
A los 15 minutos escuchó pasos.
Leonardo apareció con el diputado Robles y 2 hombres que Socorro reconoció como antiguos socios de Rogelio.
—Esta noche se acaba Vargas —susurró Leonardo—. Sale por el elevador privado al estacionamiento. Las cámaras del nivel 4 van a estar en repetición. Sus choferes ya fueron cambiados. Cuando suba a la Suburban, cerramos la salida y mañana el negocio será mío.
Socorro sintió un frío brutal en la espalda.
Leonardo era el traidor. Rogelio solo había sido una pieza.
Con calma, se levantó, cruzó el salón y encontró a Emiliano cerca de una escultura de hielo. Le dio la señal que habían acordado: una mano sobre el collar, 2 segundos, luego la mirada al suelo.
Emiliano se apartó de inmediato.
—Leonardo —dijo ella apenas—. Te vendió. Nivel 4. Cámaras falsas. Choferes cambiados.
La mandíbula de Emiliano se endureció. Por un instante, sus ojos parecieron los de un animal herido. Luego volvió la máscara.
—Quédate en el lobby. No te muevas hasta que yo mande por ti.
Socorro obedeció.
Pero 20 minutos después, un hombre con traje negro se acercó.
—Señorita Hernández, don Emiliano me manda.
Ella observó sus zapatos.
No eran del equipo de Emiliano.
También notó el botón dorado en la manga: el mismo que usaban los hombres de Leonardo.
Intentó retroceder, pero otro apareció detrás. Una mano le cubrió la boca. La arrastraron hacia el pasillo de servicio mientras la orquesta seguía tocando como si nada.
Antes de perder de vista el salón, Socorro logró arrancarse un arete y dejarlo caer junto a la puerta.
No era una joya común.
Emiliano se lo había dado esa mañana. Tenía un localizador diminuto.
Y mientras la empujaban a un elevador de carga, Socorro sonrió con rabia.
Por primera vez, los hombres que la creían tonta no sabían que ya estaban perdidos.
Parte 3: Para obtener más información,continúa en la página siguiente