Parte 2: La verdad que mi padre se llevó a la tumba

—¿Qué contiene? —pregunté.

—Una grabación de audio y varios documentos digitalizados. Pero hay algo más.

Beatriz sacó una pequeña llave metálica.

—Esto abre una caja de seguridad en un banco de Monterrey. Tu padre dejó allí el documento original que puede demostrar quién tiene derecho a administrar las participaciones de la empresa.

—¿Y Ricardo lo sabe?

—Sabe que existe. Por eso robó la carpeta. Necesita encontrar el documento original antes de que podamos presentarlo.

Me incorporé de golpe.

—Entonces tenemos que ir al banco.

—No todavía. Primero debes escuchar la grabación.

Conectó el dispositivo a su teléfono y me entregó un auricular.

El archivo estaba fechado cinco días antes de la muerte de mi padre.

Escuché un ruido de papeles.

Después, la voz de Ernesto Villarreal llenó mi oído.

—Ricardo, te di mi confianza porque pensé que amabas a mi hija. No porque creyera que eras incapaz de cometer errores.

Hubo un silencio.

Entonces escuché a mi esposo.

—Don Ernesto, esto es un malentendido.

—No. Revisé las cuentas. Sé que utilizaste una de las sociedades para mover dinero sin autorización.

—Lo hice para proteger la inversión.

—¿Protegerla de quién?

Ricardo no respondió inmediatamente.

Mi padre continuó:

—Voy a informar al consejo y a los abogados. Si hay una explicación legítima, tendrás la oportunidad de demostrarlo.

Entonces la voz de Ricardo cambió.

Ya no parecía el yerno educado que yo conocía.

—Si hace eso, va a arruinar mi vida.

—Tú tomaste las decisiones, Ricardo.

—¡Usted me prometió que tendría una participación!

—Te prometí que podrías ganártela. No que te quedarías con lo que pertenece a mi hija.

Escuché un golpe seco.

Después, la voz de Ricardo se volvió más baja.

—Mariana no sabe nada.

—Y seguirá sin saberlo hasta que yo pueda explicárselo con pruebas. Pero si vuelves a acercarte a sus cuentas, no tendrás otra oportunidad.

La grabación terminó abruptamente.

Me quité el auricular con las manos heladas.

—¿Cuándo se grabó esto?

—Cinco días antes de que tu padre muriera.

Miré a Beatriz.

—¿Estás diciendo que Ricardo estaba involucrado en los problemas de la empresa antes de que mi padre falleciera?

—Sí.

—¿Y que después se casó conmigo?

Beatriz no respondió.

No necesitaba hacerlo.

De pronto recordé una conversación que había tenido con Ricardo apenas dos meses después del funeral.

Yo estaba sentada en el suelo de mi antiguo dormitorio, rodeada de cajas con las pertenencias de mi padre. Ricardo se había acercado, me había abrazado y me había dicho:

«No te preocupes por los abogados, mi amor. Yo me encargo de todo. Tu papá confiaba en mí».

Le había entregado documentos sin leerlos.

Había firmado autorizaciones bancarias.

Había permitido que mi esposo participara en reuniones relacionadas con la herencia porque pensé que quería ayudarme.

Quizá había utilizado mi dolor para abrir todas las puertas que mi padre había cerrado.

—¿Qué firmé? —pregunté con un hilo de voz.

Beatriz me tomó de la mano.

—Eso es precisamente lo que tenemos que averiguar.

A las once y media, llegué al despacho de Laura Cárdenas.

Mi abogada me recibió con una expresión tensa.

Sobre su escritorio había un expediente abierto.

—Mariana, antes de que me preguntes nada, necesito explicarte una situación delicada.

Me senté frente a ella.

—¿Conocías la carpeta negra?

Laura cerró los ojos durante un instante.

—Sí.

La respuesta me golpeó más que una bofetada.

—¿Y sabías que Ricardo estaba intentando acceder al fideicomiso?

—Sospechaba que había irregularidades, pero no tenía pruebas suficientes.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace casi un año.

Me levanté.

—¡Un año! ¿Y no me dijiste nada?

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