Parte 2 : No lo corregí. El niño me dijo “Chayito” y yo no le dije “no, mi vida, yo no soy”. Me quedé hincada en…

Parte 2 :
No lo corregí.
El niño me dijo “Chayito” y yo no le dije “no, mi vida, yo no soy”. Me quedé hincada en ese colchón apestoso, con su carita de hueso a un palmo de la mía, y dejé que creyera que su mamá por fin había subido por esa puerta.
Porque sí me parezco a ella. Siempre nos confundían de chicas. Y porque no me salió la voz para quitarle lo único que tenía.
Atrás de mí, en el último escalón, mi mamá lloraba sin hacer ruido. Doña Mati. La mujer más entera que conozco, agarrada del barandal como si se fuera a caer.
—Bájate de ahí —me dijo, pero ya sin fuerza—. Bájate, te lo pido.
El niño me agarró un dedo. Uno solo. Con toda la mano.
Y ahí, te juro, pensé puras tonteras. Pensé en el plato de más. Pensé en el dibujo de Sofi. Pensé “se va a enojar la abuela”, como si yo fuera la niña. Traía el calcetín gris en la bolsa de la bata desde hacía tres días, y hasta ese segundo no até el cabo: era de él.
Iba a preguntarle a mi mamá quién era el papá. De dónde había salido. Por qué arriba de mi casa.
No me dejó.
—Antes de que digas nada —me dijo—, tienes que saber qué pasó con tu hermana. Y por qué a ti nunca te lo conté.
Bajamos al niño cargando. Lo sentamos en la cocina, en una silla, envuelto en una cobija. No hablaba. Nada más miraba el foco del techo como si nunca en su vida hubiera visto una luz prendida. Tomás, se llama. Como mi papá. Chayito le puso el nombre de mi papá y yo ni enterada.
Y mi mamá me contó.
Chayito no se perdió en el norte. Chayito volvió.
Hace seis años. Una madrugada. Tocó la puerta de mi mamá golpeada, panzona de ocho meses, descalza. Venía huyendo del papá del niño. Un hombre de allá. De esos que no se nombran. De los que tienen gente en todos lados.
—Le había roto la cara dos veces —me dijo mi mamá, con una voz plana que me dio más miedo que si hubiera gritado—. La tercera la mataba. Y al niño se lo quedaba él.
Yo no sabía nada. Te lo juro que nada.
Mi mamá la metió. La escondió arriba. El niño nació en el cuarto de la azotea, con una partera que mi mamá le pagó de más para que no preguntara y no dijera.
Y Chayito.
Chayito no aguantó el parto. Se desangró ahí arriba. En ese colchón. El mismo donde yo acababa de encontrar al niño seis años después.
La enterró mi mamá. Sola. Sin velorio, sin esquela, sin avisarle a nadie. Ni a mí. Porque un velorio es un anuncio, me dijo. Y un anuncio es que el papá se entera de que hubo parto. Y que hay un niño.
—Si ese hombre sabe que existe —me dijo—, viene. Y no viene a saludar.
Por eso el cuarto. Por eso la llave en el mandil hasta para dormir. Por eso seis años sin sol, sin kínder, sin un nombre en un solo papel del mundo.
“Ese niño está más seguro en ese cuarto que en cualquier lugar de este país.” Eso me había gritado en las escaleras. Yo creí que era la frase de una loca. Era la cosa más literal que me ha dicho.
Para mi mamá ese cuarto no era una cárcel. Era lo único que lo mantenía vivo.
Y óyeme bien, porque aquí es donde se me empezó a revolver todo: en ese momento yo ya no estaba viendo a una vieja desquiciada que encerró a un niño. Estaba viendo a una abuela que enterró a su hija con sus propias manos, sola, en la noche, y se quedó seis años cargando al nieto en secreto para que no se lo mataran.
Yo la quería condenar. Y no podía.
Todavía no me caía el veinte de lo peor. De la parte que me tocaba a mí.
Te voy a contar una cosa que no le he dicho a nadie. Ni a mi mamá le confesé esa noche que ya me acordaba.
Esa misma madrugada, hace seis años, alguien tocó mi puerta primero.
Yo vivía a ocho cuadras de mi mamá. Sofi tenía dos meses. No dormía, traía a la niña pegada al pecho día y noche, en chinga, sin bañarme a veces.
Tocaron. Despacito. Como con miedo de tocar.
Me asomé por la ventana y era ella. Chayito. Mi hermana. Panzona. Mojada de la lluvia. Con la cara… no me quiero ni acordar cómo traía la cara.
Y atrás, en la esquina, en lo oscuro, había una camioneta parada. Las luces apagadas. Y adentro un cigarro que se prendía y se apagaba. Se prendía y se apagaba.
No abrí.
Eso es lo que no le he dicho a nadie en seis años. No abrí la puerta.
Le hablé por la ventana, bajito, con la cortina de por medio. “Vete con mi mamá, Chayito. Yo no puedo, tengo a la niña. Ahí está la camioneta, ¿la ves? Vete.” Y le corrí la cortina en la cara.
A mi propia hermana. Reventada de ocho meses. Con un hombre esperándola en la esquina.
Le corrí la cortina y me metí a mi cuarto con mi bebé y me tapé los oídos con la almohada para no oírla tocar. Y tocó. Tantito. Y luego ya no.
Y voy a ser todavía más honesta, porque si no, no sirve de nada que te lo cuente y nada más quede yo como la pobrecita.
Cuando dejó de tocar, y oí los pasos irse, y oí la camioneta arrancar despacito atrás de ella… ¿sabes qué sentí?
Alivio.
Sentí alivio de que se llevara su problema a otra puerta. De que la camioneta la siguiera a ella y no a mi niña.
Esa es la parte que de verdad no me perdono. No es que no abrí. Es que me dio gusto cerrar.
Por eso mi mamá ponía el cuarto plato. Yo seis años burlándome de ese plato. “¿Quién va a llegar, má?” Y cada noche le servía a un niño que estaba vivo nada más porque yo, una madrugada, decidí que mi hermana se las arreglara sola.
Esa noche, ya tarde, con el niño por fin dormido en una cama de a de veras, fui a la recámara de mi mamá y la enfrenté.
—¿Tú sabías? —le dije—. ¿Sabías que Chayito fue a mi casa primero?
No me contestó rápido. Y eso ya fue una respuesta.
—Mamá. ¿Lo sabías.
—Ella me lo dijo —contestó—. Antes de irse. Arriba, en el colchón, con el niño ya afuera. Me dijo que fue contigo. Y que no le abriste.
Se me cayó el piso al estómago.
—Me lo dijo llorando —siguió mi mamá—. Y aun así, ¿sabes qué me pidió, agarrándome la mano? Me hizo jurarle dos cosas.
—¿Cuáles dos cosas.
—Que cuidara al niño. Y que a ti nunca te lo dejara cerca.
—¿Qué?
—”No se lo des a mi hermana, mamá.” Eso me dijo. “Ella ya escogió una vez.”

 

Parte 3 :        Continua en la siguiente pagina

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