PARTE 2: —¿Qué es esto? —preguntó con la voz temblando de furia—. ¿Vos te creés que podés reemplazarme?
Yo estaba en la cocina, con el delantal puesto.
Me sequé las manos.
—Nadie te reemplaza, Elena. Pero Lucas quería festejar acá. Y yo quise que tuviera empanadas.
Ella soltó la bolsa sobre la mesa.
—Mis empanadas. Las que hice para él toda la vida. Las que comió cuando era chico y no tenía a nadie más. Y vos llegás y las cambiás. Les ponés especias. Las hacés “mejores”. ¿Quién te creés que sos?
Los amigos se quedaron en silencio.
Lucas se acercó.
—Ma, por favor…
—No, Lucas —lo cortó ella—. Esta mujer está tratando de sacarme de tu vida. Primero el departamento. Después el cumpleaños. Después… ¿qué? ¿Los nietos también los va a criar ella?
Yo sentí que el piso se movía.
Pero no me moví.
Di un paso adelante.
—Elena, yo no quiero sacarte de la vida de Lucas. Quiero que él tenga una vida. Completa. Con su mamá. Conmigo. Con sus amigos. Sin que nadie use la comida como chantaje.
Ella se rio con amargura.
—¿Chantaje? Yo lo crié sola. Le di todo. Y ahora vos querés que él festeje sin mí.
—No —dije yo, y mi voz salió firme—. Quiero que festeje conmigo. Y si vos querés estar, la puerta está abierta. Pero no voy a permitir que lo hagas elegir entre tu dolor y su felicidad.
Doña Elena me miró como si me viera por primera vez.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Lágrimas reales.
—Vos no sabés lo que es estar sola —susurró—. No sabés lo que es que tu hijo crezca y de repente ya no te necesite.
Lucas se acercó y la abrazó.
—Ma, yo siempre te voy a necesitar. Pero no así. No usando mis cumpleaños para controlarme.
Ella se quebró.
Lloró contra el pecho de su hijo.
Yo me quedé ahí, con el corazón latiendo fuerte.
No sentí triunfo.
Sentí tristeza.
Y también alivio.
Porque por primera vez no me había callado.
Los amigos empezaron a moverse.