Parte 2
Raúl sintió que el golpe no venía del mar, sino de su propia sala. Doña Eulalia no levantó la mirada cuando él tomó los papeles, como si ya todo estuviera decidido. Tomás, en cambio, sonreía con una seguridad sucia, apoyado contra la pared con los brazos cruzados.
—Firma, Raúl —dijo—. Nadie está diciendo que no quieras a Sofía. Solo estamos diciendo que no te alcanza. La niña necesita cama buena, escuela buena, ropa buena. Tú no puedes darle eso.
Sofía empezó a llorar en silencio. Raúl dejó los papeles sobre la mesa.
—Mi hija no es un trámite.
Tomás se acercó un paso.
—Tu hija vive en una casa que se cae, con un hombre que hoy casi se muere por hacerse el héroe. ¿Qué juez va a confiar en ti?
Raúl apretó la mandíbula. Su brazo le ardía donde el metal lo había cortado, pero le dolía más ver a Sofía temblando.
Esa noche no durmió. Sentado junto a la cama de la niña, escuchó la radio vieja repetir la noticia: una empresaria llamada Regina Salvatierra había sobrevivido milagrosamente a la caída de su jet privado frente a Mazatlán.
Raúl apagó el aparato cuando mencionaron que la familia Salvatierra ofrecía una recompensa millonaria a quien hubiera participado en el rescate. No quería dinero. Quería que dejaran en paz a su hija.
Al amanecer, preparó huevos con tortilla y fingió que todo estaba normal. Sofía lo miraba con ojos hinchados.
—Papá, ¿me van a llevar?
—No —respondió él, firme—. Mientras yo respire, nadie te arranca de aquí.
Antes de que pudiera llevarla a la escuela, escucharon motores en la calle. Tres camionetas negras se detuvieron frente a la casa. Los vecinos salieron a mirar.
De la camioneta del centro bajó una mujer con traje azul marino, el cabello recogido y una elegancia que no parecía pertenecer a aquella calle polvorienta. Raúl la reconoció al instante, aunque ya no era la mujer débil que había sacado del agua.
Era Regina Salvatierra.
Caminó hasta la puerta con dos asistentes detrás.
—Señor Mendoza —dijo con voz suave—. Vine a darle las gracias en persona.
Sofía se asomó detrás de su padre. Regina la vio y sonrió con una ternura inesperada.
—Tú debes ser Sofía. Tu papá es muy valiente.
—Yo ya sabía —contestó la niña, limpiándose la nariz con la manga.
Algunos vecinos rieron. Raúl, avergonzado, abrió la reja.
Regina le explicó que los médicos le habían dicho que, si él se hubiera tardado 1 minuto más, ella no habría sobrevivido. Luego uno de sus asistentes le entregó una carpeta de piel.
Dentro había un cheque con tantos ceros que Raúl sintió vértigo.
Cerró la carpeta de inmediato.
—No puedo aceptar esto.
Regina no pareció ofendida.
—¿Por qué?
—Porque no la saqué del mar para cobrar.
Ella lo observó largo rato, como si esa respuesta le confirmara algo que necesitaba creer.
—Precisamente por eso pensé que usted era diferente.
Antes de que pudiera decir más, Tomás apareció en la puerta de la casa, atraído por las camionetas y el murmullo de la calle. Al ver el cheque, sus ojos brillaron.
—Cuñado, no seas bruto —soltó—. Ese dinero puede arreglar muchas cosas.
Regina giró lentamente hacia él.
—¿Y usted es?
—Familia de la niña —respondió Tomás—. La familia que sí piensa en su futuro.
Raúl sintió vergüenza, pero Regina notó la tensión. También notó los papeles sobre la mesa, medio cubiertos por un mantel.
—¿Está todo bien? —preguntó.
Raúl iba a mentir, pero Sofía habló antes.
—Mi tío quiere quitarme de mi papá para quedarse con la casa de mi mamá.
El silencio cayó como una piedra.
Doña Eulalia, que venía entrando detrás de Tomás, palideció. Tomás intentó reír.
—Son cosas de familia, señora. Usted no se meta.
Regina lo miró con una frialdad que hizo callar hasta a los vecinos.
—Cuando alguien amenaza a una niña, deja de ser “cosa de familia”.
Entonces abrió una segunda carpeta. No era un cheque. Era una propuesta formal de la Fundación Salvatierra: un programa nuevo para apoyar a familias de pescadores, viudas y niños en comunidades costeras.
Querían que Raúl fuera coordinador local. Un salario digno, prestaciones, beca escolar para Sofía y capacitación.
Raúl no entendía.
—¿Por qué yo? Usted puede contratar licenciados.
—Puedo contratar títulos —dijo Regina—. Lo que no puedo comprar es carácter.
Tomás soltó una carcajada amarga.
—¿Carácter? Señora, este hombre debe dinero en la tienda, renta hieleras fiadas y vive al día.
Regina no apartó los ojos de Raúl.
—Entonces sabe exactamente cómo vive la gente que mi fundación debe ayudar.
Raúl sintió que algo dentro de él se quebraba, pero no de dolor. De alivio.
Sin embargo, antes de que pudiera responder, una patrulla se detuvo en la esquina. Un comandante bajó con un sobre en la mano. Buscaba a Regina.
Ella leyó el documento y su rostro cambió.
Su hermano Octavio Salvatierra acababa de declarar ante la prensa que el accidente no había sido falla mecánica, sino sabotaje, y que el pescador que la rescató debía ser investigado porque había sido el primero en tocar los restos del avión.
Parte 3 Para obtener más información,continúa en la página siguiente