—Sebastián, escúchame bien. La novia no es el problema. La muchacha ni siquiera entiende en qué firma se metió. El problema es lo que sabe… y de quién lo sabe.
Me quedé inmóvil en mitad del pasillo de la hacienda.
La voz de mi padre siguió saliendo del teléfono con una claridad obscena, como si el hombre que llevaba cuarenta años construyendo su reputación a fuerza de misa, tratos y sonrisas impecables hubiera olvidado por un momento que hasta las paredes aprenden a guardar rencor.
En el audio se oyó el chasquido de un hielo contra un vaso. Luego otra voz, masculina, grave, que reconocí al instante.
El licenciado Baeza.
Nuestro abogado de toda la vida. El mismo que me bautizó casi como si fuera tío, el mismo que tres horas antes había estrechado la mano de Lucía frente al civil y le había dicho, con falsa ternura, “ya eres familia”.
—Yo se lo advertí, don Ernesto —decía Baeza—. Debió cortar esto desde antes del compromiso.
Mi padre soltó una risa baja.
—¿Y perder la oportunidad de saber hasta dónde había llegado esa muchacha? No. Las mujeres enamoradas hablan más cuando creen que ya ganaron.
Se me heló la sangre.
Volví la vista hacia el salón. Mi padre seguía allá dentro, erguido, impecable, recibiendo palmadas en la espalda y condolencias disfrazadas de felicitación. Mi madre permanecía junto a la mesa de postres, el pañuelo en la mano, representando a la esposa herida. Patricia ya no fingía tranquilidad: caminaba de un lado a otro con el celular en la oreja y la mandíbula apretada.
La voz del audio continuó.
—La contadora ya cuadró todo para que el faltante recaiga sobre ella —dijo Baeza—. Pero si el muchacho se entera de lo del fideicomiso, puede complicarse.
El vaso de mi padre sonó otra vez.
—Sebastián nunca se ha enterado de nada que yo no haya querido. Y si llegara a enterarse, peor para él. La sangre tira, pero el dinero amarra más.
Tragué saliva.
Sentí el corte de la copa en la palma volver a arder. La sangre me corría por la muñeca y se metía debajo del puño de la camisa. No me importó. Lo único que importaba en ese instante era que mi padre no estaba montando una humillación improvisada. La estaba ejecutando como parte de un plan. Uno viejo. Uno pensado. Uno donde Lucía no era el blanco principal.
Yo lo era.
Seguí escuchando.
—¿Y la muchacha sabe que la propiedad de la Cañada está a nombre del primer fideicomiso? —preguntó Baeza.
Mi padre respondió de inmediato.
—No. Lo único que sabe es que la firma de su madre estaba en unos recibos. Y ni siquiera entiende qué significa eso.
Mi respiración se cortó.
La madre de Lucía.
Apreté los ojos.
Hacía tres meses Lucía había encontrado una caja con papeles viejos tras la muerte de su mamá. Me había dicho, nerviosa, que había firmas, cartas, unos contratos antiguos y el nombre de mi padre aparecía varias veces. Yo quise revisarlo con calma, pero ella se asustó. Dijo que quizá no era nada, que tal vez solo eran papeles de cuando su madre trabajó para la familia Salgado siendo joven. Le creí a medias. Insistí en enseñárselos a alguien. Dos días después, la caja desapareció de su departamento.
Lucía juró que había cerrado con llave.
Yo pensé que había sido Patricia.
Ahora ya no pensaba. Sabía.
En el audio, Baeza habló otra vez.
—Debió dejar que yo destruyera esos documentos.
Mi padre soltó un bufido.
—No. La mejor forma de desaparecer algo es desacreditar a quien lo muestra. Si Lucía acaba esposada por robo y falsificación, cualquier papel que saque después parecerá venganza. Nadie le va a creer.
Me quedé sin aire.
Eso era.
No querían solo callarla. Querían volverla increíble. Sucia. Ladrona. Peligrosa. Para que, cuando dijera la verdad, pareciera un delirio de resentida.
El audio siguió.
—¿Y Patricia? —preguntó Baeza.
La respuesta de mi padre me dejó un sabor a metal en la boca.
—Mi hija entendió por fin que el apellido Salgado se defiende o se pierde. Y si quiere seguir viviendo como vive, más le vale no temblarme ahora.
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