Gabriel murmuró:
—Entonces quería usar tu muerte para tomar control de algo mucho mayor que el seguro.
—Exacto.
Pero todavía no entendíamos cómo.
A las seis y cuarto, Gabriel encontró la respuesta.
Daniela no era simplemente mi “mejor amiga”.
Había trabajado brevemente en una firma que manejaba documentación corporativa para una subsidiaria de Montemayor.
Tres años antes.
Justo cuando comenzó a acercarse a mí.
Recordé nuestras comidas.
Sus preguntas.
“¿Tú nunca te metes en las empresas de tu familia?”
“¿Quién firma cuando estás fuera?”
“¿Mauricio podría administrar algo si te pasara algo?”
Yo había interpretado esas preguntas como curiosidad.
Ahora parecían interrogatorios.
Lucía cerró la computadora.
—Tenemos suficiente.
A las siete y media fuimos a presentar la denuncia.
Entregué la grabación original.
Mis teléfonos.
La evidencia del accidente.
La ubicación exacta de la camioneta.
La conversación sobre los frenos.
También expliqué lo de los documentos falsificados.
La fiscal que tomó mi declaración se llamaba Mariana Ortega.
Escuchó todo sin interrumpirme.
Cuando terminé, dijo:
—Señora Montemayor, necesito que comprenda algo. A partir de este momento, no vuelva a esa casa sola.
—No pensaba hacerlo.
—No contacte a su esposo.
—Tampoco pensaba hacerlo.
Mariana miró a Lucía.
—Y no congelen nada que pueda destruir evidencia financiera.
Gabriel respondió:
—No destruimos nada. Solo suspendimos nuevas líneas.
—Bien.
La investigación comenzó ese mismo día.
Mientras tanto, Mauricio seguía creyendo que yo estaba muerta.
A las nueve de la mañana llamó a emergencias para reportar mi desaparición.
A las nueve y treinta llegó al lugar del accidente.
A las diez lloraba frente a policías.
Uno de los investigadores llevaba una cámara corporal.
Más tarde vi el video.
Mauricio estaba impecable.
Camisa blanca.
Cabello peinado.
Ojos rojos.
Probablemente se había frotado la cara para parecer devastado.
—Mi esposa iba rumbo a Lerma —decía—. Me llamó gritando. Después se cortó la comunicación.
El oficial le preguntó:
—¿La camioneta tenía problemas?
Mauricio negó inmediatamente.
—Ninguno. Yo mismo la revisé.
Esa mentira terminaría siendo importante.
Los peritos recuperaron restos del vehículo.
La línea de freno había sido cortada limpiamente.
No rota.
Cortada.
Herramienta metálica.
Presión deliberada.
Cuando la policía llegó a nuestra casa esa tarde, Mauricio todavía no sabía que yo estaba viva.
Daniela ya se había ido.
Pero había cometido un error.
Dejó una maleta.
Dentro encontraron ropa, pasaporte y dos boletos de avión a Madrid para la semana siguiente.
A nombre de Mauricio Ortega y Daniela Ruiz.
Mi supuesto cadáver ni siquiera se había enfriado y ya tenían fecha de salida.
A las cuatro de la tarde, la noticia del “accidente” comenzó a circular.
Grupo Montemayor no anunció nada.
Eso confundió a Mauricio.
Llamó a Gabriel.
No obtuvo respuesta.
Llamó al área jurídica.
Nadie respondió.
Finalmente llamó directamente a una oficina que jamás había usado.
—Necesito hablar con alguien sobre la sucesión de Valeria Salazar.
La secretaria preguntó:
—¿Valeria Montemayor Cárdenas?
Hubo silencio.
Mauricio tardó varios segundos en responder.
—¿Cómo dijo?
—La presidenta del grupo.
La llamada terminó menos de un minuto después.
A las cinco y doce, Mauricio llamó diecisiete veces a mi teléfono.
No respondí.
A las cinco y veinte, Daniela llamó nueve veces.
Tampoco respondí.
A las seis, la policía llegó por Mauricio.
Yo no estuve presente.
Pero Lucía me contó después que abrió la puerta con cara de hombre derrotado.
—¿Encontraron a mi esposa?
Uno de los agentes respondió:
—Sí.
Por un instante, Mauricio pareció aliviado.
—¿El cuerpo?
—No.
Entonces me imagino que entendió.
Porque dejó de preguntar.
Lo arrestaron esa noche.
Daniela fue detenida en casa de una prima.
Doña Lupita fue localizada dos días después.
Yo había dado a la fiscal todo lo que sabía de ella.
Una mujer de setenta años.
Chal tejido.
Zapatos negros.
Una pequeña bolsa de mandado.
Parecía imposible encontrarla.
Pero un paramédico recordó haberla atendido esa noche por hipotermia leve cerca de La Marquesa.
Cuando finalmente nos vimos, la abracé.
Ella se sorprendió.
—Ay, hija, yo nomás le dije que se bajara.
—Me salvó la vida.
Negó con la cabeza.
—Usted se salvó porque me hizo caso.
Le pagué todos sus gastos médicos.
Después insistí en algo más.
Su casa tenía problemas de humedad y un techo dañado.
Grupo Montemayor tenía una fundación de vivienda.
Tres meses después, Doña Lupita estrenó techo.
Nunca permití que nadie publicara su nombre.
Ella no quería publicidad.
Solo quería cultivar sus plantas.
Mientras tanto, el caso contra Mauricio crecía.
La fiscalía encontró imágenes de una cámara de seguridad de una gasolinera.
La noche anterior al accidente, Mauricio había estacionado la camioneta detrás del edificio.
La cámara lo mostraba agachado junto a una rueda durante casi siete minutos.
Después encontraron búsquedas en su computadora:
“falla frenos lluvia investigación”
“cuerpo calcinado identificación accidente”
“seguro vida cuánto tarda pagar muerte accidental”
Y una especialmente terrible:
“herencia acciones esposa matrimonio México”
Daniela también había hecho búsquedas.
“cómo cobrar seguro si no encuentran cuerpo”
“tiempo declaración de muerte accidente”
Su defensa intentó decir que eran coincidencias.
Luego apareció el documento falsificado.
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