TRES AÑOS DESPUÉS DEL DIVORCIO, MI EXMARIDO ME ENCONTRÓ BAJO LA LLUVIA… Y DESCUBRIÓ LA CICATRIZ QUE LE HABÍA OCULTADO

Eran las siete y media.

Pensé que se trataba de la señora Zhang, la anciana del primer piso, así que abrí sin mirar.

Liang estaba en el descansillo.

No llevaba traje.

Tenía el cabello desordenado y una expresión que me resultó peligrosamente familiar: la misma que mostraba cuando encontraba un error imposible en sus experimentos.

—Tenemos que hablar.

Intenté cerrar.

Puso la mano sobre el marco, sin llegar a empujar.

—Por favor.

Miré hacia las escaleras.

—¿Tu esposa sabe que estás aquí?

Su mandíbula se tensó.

—Sí.

Aquello me sorprendió.

—Entonces habla.

Liang levantó una carpeta.

—Ayer vi tu cicatriz. He consultado los informes públicos del incendio de hace tres años.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Por qué?

—Porque nunca supe que habías resultado gravemente herida.

—No preguntaste.

Bajó los ojos.

—Tienes razón.

No esperaba aquella respuesta.

Él continuó:

—En el informe se dice que Daniel murió intentando escapar de un incendio causado por un fallo eléctrico. Tú apareces como testigo hospitalizada. Pero faltan páginas del expediente técnico.

Guardé silencio.

—Además —añadió—, el sistema de seguridad del invernadero registró una orden de cierre manual minutos antes de que se declarara el fuego.

Lo miré fijamente.

—¿Cómo has descubierto eso?

—Estoy revisando la documentación histórica de Aurora. Vamos a ampliar el proyecto y, al solicitar los datos originales, encontré inconsistencias.

Me apoyé contra la puerta.

Todo encajaba.

La llamada amenazante.

El sobre.

La aparición de Liang.

Valdés sabía que mi exmarido estaba empezando a investigar.

—Déjalo —dije.

—¿Qué?

—Abandona esa investigación.

Liang frunció el ceño.

—Xia, ¿qué ocurrió aquella noche?

—Nada que puedas arreglar ahora.

—Daniel no murió por un fallo eléctrico, ¿verdad?

No contesté.

Su voz se quebró ligeramente.

—¿Y tú no estabas allí porque tenías una aventura con él?

Lo miré.

Por primera vez en tres años, no vi acusación en sus ojos.

Vi miedo.

Miedo de descubrir que había destruido nuestro matrimonio por una mentira.

—Liang, vuelve con tu esposa.

—Respóndeme.

—Está esperando un hijo tuyo. Tienes una vida. No la destruyas por algo que ocurrió hace tres años.

Me observó largamente.

Después dijo:

—Mi esposa se llama Clara. No necesito que la uses como una razón para evitar esta conversación.

Me aparté de la puerta.

—Entonces escucha bien: si sigues haciendo preguntas, alguien puede salir herido.

Su expresión cambió.

—¿Te están amenazando?

Justo entonces mi teléfono vibró.

Un mensaje.

«El profesor ya ha llegado a tu edificio. Bonita manera de seguir instrucciones».

Liang debió notar el color que desaparecía de mi rostro.

—Xia…

Cerré la puerta de golpe.

Me quedé apoyada contra ella, respirando con dificultad.

Al otro lado escuché su voz.

—No voy a irme hasta saber que estás a salvo.

Aquellas palabras, que tres años atrás habría deseado escuchar más que ninguna otra cosa, me hicieron llorar.

Pero no abrí.

Porque había aprendido que amar a alguien no significa poder confiar en él.

La mujer del ramo de jazmines
Esa tarde recibí otra visita.

Una mujer joven esperaba frente al edificio, protegida por un paraguas azul oscuro.

La reconocí inmediatamente.

Clara Wen.

Había visto fotografías suyas en la página de la universidad: profesora de biología vegetal, treinta y dos años, licenciada con honores y colaboradora de varios proyectos internacionales.

Su embarazo comenzaba a notarse bajo un vestido de punto.

Cuando me acerqué, me sonrió con cierta incomodidad.

—¿Xia?

Asentí.

—Soy Clara. La esposa de Liang.

—Lo sé.

No parecía haber venido a pelear.

Llevaba una bolsa de papel.

—¿Podemos hablar unos minutos?

La invité a un pequeño café de la esquina.

Nos sentamos junto a la ventana.

Clara pidió una infusión.

Yo, agua.

Durante un rato observó las manos que tenía sobre la mesa.

—Liang me contó que vino esta mañana.

—No ocurrió nada entre nosotros.

Levantó la mirada, sorprendida.

—No he venido a preguntarte eso.

No supe qué decir.

Clara suspiró.

—Ayer llegó a casa muy alterado. Me dijo que te había visto, que tenías una lesión antigua y que quizá se había equivocado contigo.

Sentí una punzada de dolor.

—Un poco tarde para eso.

—Sí —respondió ella.

Su sinceridad me desconcertó.

Abrió la bolsa y sacó un pequeño frasco de cristal.

Contenía flores de jazmín secas.

—Estas son de la nueva variedad de Aurora. Liang las cultiva en el invernadero de nuestra casa.

Reconocí su aroma.

Durante un segundo volví a tener veinticinco años, sentada en una mesa de cocina mientras mi marido me explicaba, emocionado, sus últimos resultados.

Clara me observó.

—Siempre me ha dicho que odia las mentiras. Pero anoche, cuando habló de ti, entendí que también lleva tres años contándose una historia que le resulta más fácil creer.

Miré el frasco.

—¿Por qué me lo dices?

—Porque necesito saber si lo que está investigando puede ponerlo en peligro.

Mi silencio fue suficiente.

Clara apoyó una mano sobre su vientre.

—No voy a pedirte que desaparezcas de nuestras vidas, Xia. Él y yo estamos casados. Nos queremos. Vamos a tener una hija.

Asentí.

—Me alegro.

—Pero si hubo una injusticia, también quiero que se conozca. No quiero construir la vida de mi hija sobre el sufrimiento de otra persona.

Por primera vez, la miré de verdad.

No como a la mujer que había ocupado mi lugar.

Sino como a alguien que también podía perder mucho.

—Hay algo que debes saber —murmuré—. El profesor Valdés no es quien aparenta ser.

Clara se quedó inmóvil.

—¿Héctor Valdés?

—Sí.

Bajó lentamente la mirada hacia su taza.

—Es mi director de departamento.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Confías en él?

Tardó demasiado en contestar.

—Hasta hace una semana, sí.

Entonces abrió su bolso.

Sacó una copia de un contrato.

—Me pidió que firmara esto como responsable de la nueva fase de Aurora. Es un acuerdo de colaboración con una empresa llamada Veridian Biosciences.

Reconocí el nombre inmediatamente.

Era la misma empresa que aparecía en los documentos recuperados por Daniel.

Clara señaló una cláusula.

—El contrato permite transferir material vegetal y datos de investigación sin aprobación individual de los investigadores. Cuando le dije que necesitábamos asesoría jurídica, Valdés respondió que Liang ya había autorizado todo.

—¿Y lo había hecho?

—No. Se lo pregunté anoche.

Nos quedamos en silencio.

Tres años después, la misma trampa volvía a cerrarse.

Esta vez alrededor de los dos.

La memoria de Daniel
Aquella noche hice algo que llevaba tres años evitando.

Abrí la caja de metal que escondía en el fondo del armario.

Dentro conservaba mis documentos médicos, algunas fotografías antiguas y una pequeña unidad de almacenamiento negra.

La conecté al ordenador.

Una carpeta apareció en la pantalla.

AURORA_RESPALDO_FINAL.

⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬ 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *