Quizás el amor siempre había significado tener acceso a él.
“Amaba a la persona que creía que eras”, dijiste. “Ninguno de nosotros recuperará a esa persona”.
Le temblaba la mano mientras dibujaba.
No es tuyo.
Tras el juicio, Teresa te recibió en el pasillo. Daniela se acercó, pero asentiste brevemente para mantenerla a distancia. Teresa tenía un aspecto diferente: menos refinada, menos aguda, menos convencida de que la maternidad la hacía invulnerable.
“Sé que no me debes nada”, dijo ella.
Tienes razón.
Ella lo aceptó.
—He vendido mi apartamento —continuó—. Me voy a vivir con mi hermana en Puebla. Solo vine a despedirme.
No dijiste nada.
Tragó saliva. “Lo crié mal”.
Esa frase te sorprendió más que cualquier disculpa.
Por un instante pareció que toda la tragedia se desarrollaba al revés. Una madre enseñándole a su hijo que la esclavitud le daba dinero. Un hijo aprendiendo que el encanto era más fácil que la integridad. Una mujer pagando el precio hasta que se negó.
—Sí —dijiste en voz baja—. Lo hiciste.
Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero ella protestó.
Era importante.
“Espero que algún día tengas una vida tranquila”, dijo.
Miraste hacia las puertas del juzgado, donde la luz del sol iluminaba el suelo.
“Ya lo hago.”
Y te fuiste.
Un año después, Ruta Norte inauguró su centro de distribución más grande fuera de Monterrey.
El evento de lanzamiento atrajo a clientes, prensa, ejecutivos y empleados de todo el país. Estabas en un pequeño escenario con un vestido azul oscuro; no era de seda, ni delicado, ni elegido para ganarte la aprobación de los demás. Detrás de ti, decenas de camiones estaban alineados bajo el logotipo de la empresa.
Cuando hablaste, no mencionaste a Alejandro.