La puerta principal se abrió antes de que Gabriel alcanzara el viejo rifle guardado detrás del armario.
—Si hubiera venido a matarte, ya estarías muerto, güey —dijo Arturo Barragán mientras entraba con una mochila táctica al hombro—. Muévanse. Esta casa puede vigilarse desde el camino.
Gabriel soltó el aire.
Arturo había trabajado durante 18 años en seguridad privada para empresarios, diplomáticos y familias amenazadas. Sabía identificar seguimientos, rutas intervenidas y teléfonos comprometidos.
Al ver a Nicolás y Mateo, dejó de bromear.
—¿Cuánto tiempo llevan así?
—Varias horas —respondió Gabriel—. El niño recibió golpes y puede tener una conmoción.
Arturo abrió la mochila. Sacó teléfonos desechables, cámaras pequeñas, una computadora cifrada y medicamentos.
—¿Viniste a rescatarnos o a invadir otro país? —preguntó Gabriel.
—La diferencia depende de cuántos hombres mande Salcedo.
Esa misma mañana trasladaron a Nicolás y Mateo hasta la antigua cabaña del abuelo Tomás, escondida entre los pinos de Tapalpa.
Llegaron por caminos secundarios y evitaron retenes.
Un cirujano militar retirado examinó a los heridos.
Nicolás tenía 3 costillas fisuradas, un brazo fracturado y una lesión en la cabeza. Mateo sufría una conmoción severa y múltiples hematomas.
—No golpearon al niño por perder el control —explicó el médico—. Midieron la fuerza. Querían debilitarlo y aterrorizar al padre.
Nicolás apretó los dientes.
—Eduardo quería que yo lo viera sufrir.
Esa noche, Arturo conectó su computadora y comenzó a revisar los archivos que Nicolás había logrado respaldar antes del ataque.
Las irregularidades eran mayores de lo que imaginaban.
El consorcio Salcedo cobraba apoyos federales por 14 ranchos inexistentes. Compraba cosechas a pequeños agricultores por debajo del precio acordado y, cuando alguno protestaba, utilizaba jueces locales para quitarle sus tierras.
También aparecía el nombre de Selena Dorantes, propietaria de varias empresas sin empleados.
Eduardo le había transferido terrenos, departamentos, vehículos y más de 38,000,000 de pesos.
—Es su amante —dijo Arturo—. Lleva por lo menos 6 años sacando dinero del consorcio para ella.
—Podemos publicar todo —propuso Gabriel.
Arturo negó con la cabeza.
—Eduardo controla los periódicos locales y tiene aliados en la policía. Si lo atacamos sin respaldo, nos encuentra antes de que la nota se vuelva viral.
Entonces mostró la fotografía de un hombre de 82 años.
Era Arcadio Salcedo, fundador del consorcio y padre de Eduardo.
Arcadio había construido su fortuna desde abajo. Era duro, autoritario y obsesionado con proteger el apellido.
Pero existía una regla que ni siquiera sus hijos podían romper: nadie robaba dentro de la familia y nadie lastimaba al heredero.
—Eduardo desvió millones, regaló propiedades a su amante e intentó matar a su nieto —dijo Arturo—. Para Arcadio eso no es un pleito familiar. Es traición.
Prepararon 3 carpetas.
La primera contenía fotografías de Nicolás y Mateo en la barranca, radiografías y el informe médico.
La segunda reunía los subsidios falsos, las empresas fantasma y las firmas manipuladas.
La tercera documentaba las transferencias a Selena.
Arturo envió copias mediante un canal seguro y propuso reunirse en un restaurante concurrido de Guadalajara.
La respuesta llegó 4 horas después:
“Iré solo.”
Arcadio apareció al día siguiente en un restaurante de Providencia, vestido con una chamarra oscura y acompañado únicamente por un chofer que esperó afuera.
No saludó.
—Muéstrenme todo.
Gabriel colocó las fotografías de Mateo sobre la mesa.
Arcadio observó el rostro inflamado del niño y las imágenes de Nicolás cubriéndolo con su cuerpo.
Sus manos comenzaron a temblar.
Arturo reprodujo un audio que Nicolás había grabado sin saberlo mientras probaba un sistema nuevo en su teléfono.
En la grabación, Eduardo lo invitaba a la cantera con voz amable.
Después se escuchaban golpes, amenazas y una frase imposible de justificar:
—Voy a borrar a ese niño antes de que herede lo que me pertenece.
Arcadio cerró los ojos.
—¿Qué quieren?
—Que mi nieto llegue vivo a la primaria —respondió Gabriel—. No queremos su dinero. Queremos que Eduardo pierda el poder de acercarse a ellos.
Arturo colocó la segunda carpeta.
Arcadio leyó las cifras, las transferencias y los nombres de funcionarios sobornados.
—Esto salió de mis empresas.
—Su hijo se lo robó —dijo Arturo—. Y lo utilizó para comprar a quienes debían detenerlo.
Al revisar los documentos de Selena, Arcadio perdió el color del rostro.
—Yo crié a ese monstruo.
Gabriel se inclinó hacia él.
—No estamos aquí para escuchar su culpa. Necesitamos saber si puede detenerlo. Si no, estas pruebas llegarán a autoridades federales y medios que usted no controla.
Arcadio pidió 24 horas.
A la mañana siguiente respondió con una palabra:
“Acepto.”
Ordenó congelar las cuentas personales de Eduardo, retiró a sus aliados de puestos clave y contrató una auditoría externa.
Pero antes de que pudieran respirar tranquilos, Arturo encontró otro archivo escondido dentro del sistema contable.
Eran facturas por medicamentos, recetas falsas y pagos mensuales a una empleada doméstica.
Todos estaban vinculados con Mateo.
—Gabriel —dijo Arturo, con el rostro desencajado—. La enfermedad del niño nunca fue natural.
Nicolás se acercó lentamente.
Durante casi 2 años, Mateo había sufrido náuseas, pérdida de peso y una debilidad inexplicable.
Los médicos no encontraban la causa.
Cuando Nicolás se mudó lejos de la residencia de los Salcedo, el niño mejoró en pocas semanas.
—¿Lo envenenaron? —preguntó.
Arturo abrió un grupo de mensajes recuperados de una cuenta antigua.
En ellos, Violeta preguntaba a la empleada:
“¿Mi papá ya puso las gotas en el jugo?”
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