—Tu padre anda diciendo que Ezequiel te compró para usar tu cuerpo —dijo el comandante Robles, de pie en la cocina, sin atreverse a levantar demasiado la voz—. Y la gente está empezando a creerle.
Camila sintió que el bebé se le endurecía dentro del vientre.
—Me iré —dijo, con la voz rota—. No quiero traer vergüenza a esta casa.
Ezequiel dejó el sombrero sobre la mesa. Sus ojos, siempre tranquilos, se volvieron de piedra.
—Usted no trajo vergüenza, Camila. La vergüenza la trajo el hombre que la entregó.
Y entonces, por primera vez, la llamó por su nombre como si valiera algo.
Parte 2
Camila no supo qué hacer con esas palabras. Había vivido semanas creyendo que era una carga, una deuda con piernas, una viuda embarazada a la que todos podían mover de un lado a otro sin pedir permiso. Pero Ezequiel se paró frente al comandante Robles con los puños cerrados y la espalda recta, como si detrás de ella no hubiera una mujer rota, sino alguien digno de defenderse.
—Ella ha trabajado honradamente en mi casa —dijo—. Ha cuidado a mis hijas mejor que muchas mujeres que se dicen familia. Si el pueblo quiere hablar, que hable conmigo.
Robles bajó la cabeza.
—Yo solo vine a avisar. Don Aurelio está juntando gente. Dice que usted la mantiene encerrada.
—¿Encerrada? —Ezequiel miró a Camila—. Esta puerta está abierta desde el primer día. Ella se queda porque no tiene adónde ir, no porque yo la obligue.
Camila sintió que la garganta se le cerraba. Renata y Regina escuchaban desde el pasillo. Sus ojos estaban llenos de preguntas y miedo. Cuando el comandante se fue, Camila intentó levantarse de la silla.
—De verdad puedo irme. Buscaré trabajo en Durango, en una casa, en un lavadero…
—No —dijo Ezequiel, y luego corrigió el tono—. No mientras sea por miedo. Si un día se va porque quiere, yo mismo la llevo. Pero no voy a dejar que su padre la eche de otro lugar con mentiras.
Esa noche nadie cenó con tranquilidad. Afuera, el viento golpeaba las ventanas. Las niñas se pegaron a Camila como si temieran que al amanecer ya no estuviera. Regina, que casi nunca pedía nada, se sentó junto a ella y apoyó la cabeza en su brazo.
—No se vaya —susurró.
Camila le acarició el cabello con los dedos temblorosos.
—No quiero irme.
Al día siguiente, los rumores llegaron antes que el sol. Un arriero se negó a venderles maíz. Una vecina dejó de saludar a las niñas en el camino. En la tienda del pueblo, alguien escupió al suelo cuando escuchó el nombre de Ezequiel.
Él aguantó en silencio hasta que don Aurelio cruzó el límite.
Fue una tarde helada. Camila estaba tendiendo ropa cuando vio a su padre aparecer en el camino con 4 hombres detrás. Venían montados, levantando polvo, con esa valentía falsa que dan los testigos. Renata gritó desde el corral. Regina corrió hacia la casa.
Ezequiel salió del granero con el hacha en la mano, no para atacar, sino porque estaba partiendo leña.
—Vengo por mi hija —dijo don Aurelio—. Este trato se acabó.
Camila sintió que las rodillas le fallaban.
—Usted la entregó —respondió Ezequiel—. Ahora no venga a fingir que es padre.
Don Aurelio sonrió con veneno.
—El pueblo ya sabe qué clase de hombre eres. Tal vez convenga revisar esa casa. Ver si la viuda está aquí por gusto o por vergüenza.
Los hombres rieron.
Pero antes de que Ezequiel avanzara, Camila dio un paso al frente. Estaba pálida, pesada, con una mano en el vientre y otra aferrada al rebozo.
—No me voy con usted —dijo.
Su padre la miró como si acabara de morderlo.
—No seas tonta.
—Tonta fui cuando todavía esperaba que me quisiera.
El silencio cayó sobre el rancho. Incluso los caballos parecieron quedarse quietos.
Don Aurelio levantó la mano, furioso. Ezequiel se movió como un rayo y le sujetó la muñeca antes de que pudiera tocarla.
—A ella no la vuelve a golpear nadie.
En ese instante, Camila sintió un dolor agudo que le partió la espalda. Soltó un gemido y se dobló sobre sí misma. Ezequiel la sostuvo antes de que cayera.
—¿Camila?
Ella apretó los dientes. Otro dolor llegó, más profundo, más brutal.
—El bebé… —susurró—. Ya viene.
Parte 3
La tormenta cayó sobre la sierra como si el cielo también hubiera decidido juzgar aquella noche. Ezequiel cargó a Camila hasta el cuarto del fondo mientras Renata lloraba y Regina corría a calentar agua, repitiendo lo que había visto hacer a las mujeres del rancho. Don Aurelio y sus hombres quedaron afuera, empapados por la lluvia, sin saber si marcharse o seguir fingiendo valor.
—Voy por la partera —dijo Ezequiel.
Camila le apretó la manga con fuerza.
—No me deje.
Él miró hacia la ventana, hacia el camino negro que bajaba al pueblo. Luego miró a las niñas. Renata tenía la cara llena de lágrimas. Regina sostenía una olla con ambas manos.
—No la voy a dejar —dijo.
Y no la dejó. Mandó a uno de los hombres de don Aurelio por la partera con una orden tan seca que nadie se atrevió a desobedecer. Después volvió junto a Camila.
Durante horas, la casa se llenó de gritos, rezos y agua caliente. Regina sostuvo la mano de Camila. Renata le limpió la frente con un trapo húmedo. Ezequiel se quedó al otro lado de la puerta, caminando de un lado a otro, con el rostro deshecho por un miedo que no sabía nombrar. Don Aurelio seguía bajo el alero, oyendo los gritos de su hija como quien escucha llegar una sentencia.
La partera, doña Meche, llegó antes del amanecer, cubierta de lodo y con el rebozo pegado al cuerpo. Entró sin saludar a nadie.
—Fuera los cobardes, dentro las mujeres que ayudan —ordenó.
Miró a Regina y Renata.
—Ustedes son valientes. Quédense si ella quiere.
Camila asintió entre lágrimas.
Cuando el sol empezó a teñir de oro los pinos, un llanto pequeño y poderoso rompió la madrugada.
Una niña.
Sana.
Roja de vida.
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