Una esposa salió de casa con una anciana en camilla y sin un peso seguro

PARTE 1

—Te vas de esta casa en una hora… y si tanto quieres a mi mamá, llévatela también.

Lucía sintió que la cubeta con agua tibia se le resbalaba de las manos. Estaba en el pasillo, con el mandil todavía húmedo y el olor a jabón de hospital pegado a la ropa. Acababa de cambiarle las sábanas a doña Mercedes, su suegra, una mujer que un año antes había sufrido un derrame cerebral que la dejó sin habla y con medio cuerpo inmóvil.

Desde entonces, Lucía había dejado casi todo por cuidarla. Era enfermera, sí, pero nunca imaginó que terminaría lavando, alimentando con cuchara, dando masajes y leyendo novelas en voz alta a la madre de su esposo, mientras él apenas se asomaba a la puerta.

—No puedo verla así, Lu —decía Javier—. Me deprime. Huele a medicina, a viejo, a muerte.
Y Lucía callaba. Porque pensaba que el dolor hacía torpes a las personas. Porque todavía creía que su matrimonio de once años valía la pena.

Esa noche, Javier llegó acompañado.

La mujer se llamaba Brenda. Morena, joven, uñas largas, abrigo blanco y una cara de asco que no intentó esconder al entrar al departamento de la colonia Narvarte.

—Ay, Javi, aquí huele horrible —dijo, tapándose la nariz—. ¿De verdad vamos a vivir con esa señora?

Lucía miró a su esposo, esperando una explicación. Javier ni siquiera tuvo la decencia de bajar la mirada.

—Brenda es la mujer que amo —soltó—. Yo ya me cansé, Lucía. Esta casa parece clínica del IMSS. Ya no hay risas, no hay vida, no hay nada. Yo todavía estoy joven. Quiero disfrutar.

—¿Y yo qué soy? —preguntó Lucía con un hilo de voz.

—Tú eres buena persona, pero ya no eres mi mujer. Eres cuidadora. Y la neta, yo no nací para vivir entre pañales, papillas y medicamentos.

Brenda se colgó de su brazo.

—Además, amor, tú prometiste que hoy mismo arreglaríamos esto. Yo no voy a dormir aquí mientras esa señora esté respirando al lado.

Lucía sintió una rabia tan grande que ni siquiera pudo llorar.

—¿Estás hablando de tu mamá, Javier?

Él se encogió de hombros.

—Mi mamá ya ni se entera. Es como una plantita. Da lo mismo dónde esté.

En el cuarto, la puerta estaba entreabierta.

Doña Mercedes, inmóvil sobre la cama, tenía los ojos fijos en el techo. Nadie habría notado que una lágrima le bajaba por la sien.

—El departamento está a mi nombre —continuó Javier—. Bueno, legalmente a nombre de mi mamá, pero yo lo manejo todo. Tú no tienes nada aquí. Te doy para un taxi y te vas.

Lucía tragó saliva.

—¿Y quién le va a poner la insulina a tu madre? ¿Quién le cambia el pañal en la madrugada? ¿Quién la voltea para que no se le hagan heridas?

Brenda hizo una mueca.

—Guácala, Javier. Tú dijiste que contrataríamos a alguien.

—Mañana vemos eso —contestó él, molesto.

—¿Mañana? —Lucía dio un paso hacia él—. Ella necesita atención hoy.

Javier miró hacia el cuarto de su madre como si mirara un mueble viejo.

—Entonces llévatela. Tú sabes cuidarla. Además, ya te encariñaste, ¿no?

Lucía no pudo creerlo.
—¿Me estás dando a tu madre como si fuera un sillón que ya no quieres?

—No exageres. Te voy a depositar algo cada mes para sus medicinas. Pero hoy se van las dos. Brenda y yo necesitamos empezar de cero.

Lucía entró al cuarto. Doña Mercedes seguía inmóvil, pero sus ojos estaban abiertos, brillando de dolor y furia.

Lucía se acercó, le limpió la lágrima con la punta de la sábana.

—Perdóneme, doña Meche —susurró—. Nos están corriendo.

Entonces ocurrió algo que le heló la sangre.

La mano izquierda de doña Mercedes, la única que todavía podía mover, apretó con fuerza los dedos de Lucía. No fue un reflejo. No fue un movimiento perdido. Fue una señal clara, consciente, desesperada.

Sus ojos dijeron lo que su boca ya no podía decir.

“No me dejes con él.”

Lucía respiró hondo.

—No la voy a abandonar. Aunque sea en un cuarto prestado, usted se viene conmigo.

Dos horas después, una ambulancia privada bajaba a doña Mercedes por las escaleras. Javier no salió a despedirlas. Desde la cocina se escuchaba música, copas chocando y la risa chillona de Brenda.

Lucía cerró la puerta sin mirar atrás.

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