Parte 1
—Señor, ¿podría ser mi papá solamente hasta que digan mi nombre?
Alejandro Montenegro se detuvo frente a la entrada de una escuela primaria de Guadalajara.
La niña que acababa de hablarle tendría unos 7 años.
Llevaba un vestido blanco, zapatos ligeramente gastados y un moño azul en el cabello.
Entre sus manos sostenía un programa escolar doblado tantas veces que las esquinas estaban arrugadas.
Detrás de Alejandro, 2 guardaespaldas esperaban junto a una camioneta negra.
A sus 46 años, Alejandro dirigía Montenegro Logística, una de las empresas de transporte y almacenamiento más influyentes de Jalisco.
Sus competidores le temían, sus empleados evitaban contradecirlo y algunos empresarios habían aprendido que rechazar sus contratos podía traer consecuencias desagradables.
Pero aquella niña no parecía conocer su reputación.
—Me llamo Sofía Beltrán —explicó—.
No tiene que hacer nada difícil.
Solamente sentarse en una silla y aplaudir cuando me llamen.
Alejandro miró hacia el auditorio.
—¿Dónde están tus papás?
La pequeña apretó el programa contra su pecho.
—Mi mamá murió el invierno pasado.
Mi papá murió antes de que yo naciera.
Alejandro guardó silencio.
—Mi abuelita tenía una cita con el cardiólogo y mi tía tuvo que acompañarla.
Todos mis compañeros van a tener a alguien.
Yo le dije a una niña que mi papá vendría.
Bajó la mirada, avergonzada.
—Sé que mentir está mal, pero ella se burlaba de mí porque nunca vienen mis papás.
Uno de los escoltas se acercó.
—Licenciado, tenemos que irnos.
La reunión empieza en 20 minutos.
Alejandro debía cerrar un contrato de transporte por 32 millones de pesos.
—Lo siento, pequeña.
Tengo un compromiso importante.
Sofía asintió rápidamente, intentando sonreír.
—Está bien.
Gracias por escucharme.
Comenzó a caminar hacia la puerta, pero se volvió una última vez.
—Por si cambia de opinión, guardé una silla en la tercera fila, del lado izquierdo.
Levantó tímidamente el programa.
—Tiene un papelito que dice “Familia”.
Alejandro la observó desaparecer.
Durante unos segundos recordó algo que llevaba casi 30 años intentando olvidar.
Tenía 17 cuando su padre prometió asistir a su ceremonia de graduación.
Alejandro esperó toda la mañana mirando una silla vacía.
Al terminar, descubrió que su padre había enviado al chofer en su lugar.
Aquella tarde decidió que nunca volvería a necesitar a nadie.
Ahora acababa de hacerle sentir lo mismo a una niña.
Su teléfono sonó.
Era Ricardo Salcedo, su director de operaciones y hombre de confianza desde hacía 18 años.
—Tenemos problemas con el proveedor de transporte.
Sigue negándose a firmar las nuevas condiciones.
Ya mandé hablar con su hermano y parece que está cambiando de opinión.
Alejandro conocía perfectamente aquella expresión.
Durante años había permitido que Ricardo utilizara amenazas para cerrar acuerdos.
—Deja tranquila a su familia —ordenó.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬
